Un vistazo psicoanalítico de los comedores compulsivos

Este artículo ofrece un enfoque psicoanalítico de los comedores compulsivos, es decir, de las personas que tienen una acumulación corporal de grasa, no por alteraciones metabólicas u hormonales, sino causada por la ingestión...

Un vistazo psicoanalítico de los comedores compulsivos

María Elena Hernández de Lisac

En esta disertación trataremos de las personas que tienen una acumulación corporal de grasa, no por alteraciones metabólicas u hormonales, sino causada por la ingestión compulsiva de alimentos durante todo el día, en su mayoría azúcares, harinas refinadas, golosinas, refrescos embotellados, comida chatarra o aquellos manjares que obtienen los niños como recompensa.

Los gordos revelan que lejos de estar sanos y fornidos, se encuentran desnutridos, enfermizos y deprimidos. Nos dicen que están satisfaciendo necesidades psicológicas a través de la comida.

El ser humano se encuentra abrumado por el cambio9. Ante estas sensaciones dolorosas se buscan refugios, uno de ellos es la comida.

El refugio en la comida
Analicemos las causas que originan el refugio en la comida.

1. Así como se aprende el lenguaje a través de la imitación, así puede aprenderse el refugio en la comida. Existe un tipo de madre que protege y alimenta en exceso a los niños; ella misma se representa a través de los alimentos. Si sus hijas comen tiene la sensación de ser aceptada; si rechazan la comida, se siente rechazada. Este tipo de madre, por lo regular, no permite los juegos y ejercicios de manera adecuada por temor a que los niños se ensucien, lastimen o peleen. Esta madre ha extendido su función de placenta nutricia más allá de los límites necesarios, porque aparte de la comida se siente incapaz de dar otro tipo de sustento, porque en el fondo existe el deseo de que el hijo se mantenga paralizado como embrión succionador, renunciando y postergando el camino de la separación-individuación que es el proceso normal que sigue todo ser humano4. Es como mantenerlo siempre como bebé, sin que crezca.

Comer compulsivamente es un síntoma que puede darse en casi todas las clasificaciones diagnósticas. Los comedores utilizan azúcares para reanimarse; otros comen por aburrimiento. Cuando el comedor se atraganta de basura se siente tan lleno que cae en estupor o se adormece, y se va a la cama sintiéndose repleto.

2. Privaciones tempranas: Las personas que en etapas tempranas (o sea, la niñez) fueron privadas de alimentos, al llegar a la edad adulta utilizan la comida como compensación a esas privaciones.

La superabundancia de comida puede constituir para algunas personas un símbolo de seguridad. En el caso de los bebés, cuando el lapso entre comidas tiende a aumentarse, reaccionarán con una demanda aumentada de alimentos3. Se considera actualmente que uno de los problemas de los grandes obesos fue el haber sido bebés que padecieron hambre, por eso comen antes de que el hambre aparezca.

3. Perturbación del instinto: La ingestión de alimentos satisface la necesidad más temprana y más urgente del cuerpo del niño, o sea, su hambre, y ésta constituye la primera gratificación del instinto, es decir, darle gusto a la necesidad de comer.

Los niños efectúan sus primeros contactos emocionales con las personas que los alimentan, y estos adultos constituyen los instrumentos que los introducen a la experiencia de satisfacción y de deseo. Se ha comprobado que después de la etapa del destete, los niños tienen una capacidad de autorregulación de su alimentación mucho mayor de la que suele reconocerse. Puede permitírseles que coman las cantidades que ellos mismos elijan, sin insistirles o interferir en su conducta ni limitarla2. Hay que creerle al niño cuando tiene o no hambre.

La identidad temprana del amor por el alimento y el amor por la madre deja su impronta en la reacción ante el alimento, y puede llegar a ser perturbadora para los hábitos alimenticios del niño, como nos dice Anna Freud en sus estudios2.

Cuando al niño se le fuerza a comer, éste se transforma en el símbolo de una lucha de poder entre madre e hijo, llegando a encontrar, este último, una salida a sus tendencias sádicas o masoquistas, porque controla y descontrola a la madre.

Cuando la comida pierde su atractivo de satisfactora de deseos y se convierte en una tarea fatigosa, se ha producido una perturbación del instinto. Ya la necesidad no es comer sino luchar.

La ambivalencia hacia la madre puede expresarse como fluc­tuaciones entre una ingestión excesiva y el rechazo del alimento.

La culpa se manifiesta en una incapacidad para gozar el alimento. La hostilidad hacia la madre, en una lucha contra el ser alimentado.

La necesidad de anestesiarse
Hay un impulso acelerador en nuestro tiempo que acarrea angustias en todos nosotros, pues nos obliga a representar nuevos papeles.

Se afirma que la situación actual representa un momento crucial en la historia humana, sólo comparable, en magnitud, a la primera gran interrupción de la continuidad histórica: el paso de la barbarie a la civilización9. De aquí se deriva el uso de la comida como tranquilizante.

La persona que come compulsivamente utiliza los alimentos como un sedante. La comida es un pacificador, así como algunos lo hacen con el alcohol, las drogas o los tranquilizantes.

Los comedores compulsivos tienen una predisposición a reaccionar a la comida para satisfacer el arcaico anhelo oral, que es, al mismo tiempo, anhelo sexual, necesidad de seguridad y de conservar la autoestima. El origen de la adicción se ubica en la estructura psicológica del paciente.

La estructura de la adicción a la comida es, en realidad, igual a la de las perversiones, es decir, representa una condensación de pulsiones erógenas y reaseguramientos contra temores que se les oponen1. Estas personas recurren a la sedación porque no toleran la tensión, la frustración, el dolor, las situaciones de espera; después del atracón, la frustración se hace aún más intolerable, dando lugar a un uso más intenso de la comida. Gradualmente va desapareciendo todo interés por la realidad a excepción de lo que se relacione con el hecho de procurarse comida, como cuando el bebé pide gratificación sin ninguna capacidad de dar ni de consideración alguna hacia la realidad.

El pánico a sentir
En la mujer puede darse una lucha contra la sexualidad, la cual se ha convertido, por efecto de una represión previa, en ávida e insaciable, y cuando llegan los periodos de depresión, estas pacientes se atiborran de comida y se sienten hinchadas.

La evasión de las emociones
A veces el individuo empieza a ser obeso durante la adolescencia porque este periodo es especialmente vulnerable a las presiones psíquicas, los cambios hormonales y el proceso a ejercer una sexualidad completa favorece el refugio en los alimentos.

Muchas mujeres desarrollan sobrepeso durante la gestación, por la angustia que causa la deformación de sus cuerpos y las fantasías hacia el bebé que están gestando.

En cuanto a la sexualidad se ha observado en diversos estudios que las personas comen con el fin expreso de engordar y así no provocar en otros ninguna atracción ni deseo sexual, por otro lado verdaderamente desaparecen en ellos tales deseos sexuales.

El odio concentrado hacia sí mismo
El gordo por lo regular tiende a aislarse y camina en círculos, solo, sintiéndose miserable y cargando grandes paquetes de desesperación.

El comedor se siente encerrado en la prisión de la obsesión, deseando la libertad busca más y más comida. Así se dan el cariño que les hace falta. Los comedores han pasado tanto tiempo desesperados, que los sentimientos de estimación propia y bienestar ya les resultan extraños.

El comer en exceso y una pobre imagen de sí mismos van juntos8. La antipatía hacia uno mismo se genera a rechazar el esquema y la imagen corporal que uno observa en el espejo. ¿Cómo aceptarse cuando diariamente se está odiando esta imagen de uno mismo?

En casos bastante graves, la comida termina por ser el único vínculo de interés que conecta a la persona con la realidad. En todos los casos, la adicción a la comida representa un intento infructuoso de dominar la culpa, la depresión o la angustia mediante la actividad incorporativa.

Azúcar y mal humor
Existe una relación definitiva entre las fluctuaciones de ánimo y el tipo de alimentos que se consumen; los azúcares, féculas y almidones están en relación directa con la irritabilidad y el mal humor, la depresión y la apatía6.

Un aspecto llamativo es que estudiosos en la materia han encontrado que las personas que consumen más azúcares tienden a tener descensos en el nivel de la glucosa sanguínea y esto repercute estimulando las depresiones y los altibajos emocionales. Obesidad y mal humor van de la mano.

Kilos de más: muerte de cerca
Actualmente, la obesidad es uno de los mayores enemigos de la humanidad. El sobrepeso disminuye la libertad de acción física; además, opaca y obstaculiza el aspecto amoroso y sexual, fertiliza el terreno para que germinen las enfermedades y aumenta significativamente las probabilidades de fallecer en forma prematura. Por ello se considera que el comedor compulsivo intenta suicidarse lentamente. Por cada kilogramo de más en la anatomía el riesgo de morir joven aumenta en un 2%. Los individuos obesos entre veinte y treinta años de edad tienen un índice de mor­talidad 80% superior al de sus contemporáneos de peso normal6.

Para una persona gorda el riesgo de sufrir un infarto se eleva de dos a seis veces. El riesgo de desarrollar diabetes para los gordos se quintuplica y si tienen que someterse a una intervención quirúrgica su riesgo de morir se cuadruplica.

Los doctores Tannenbaum y el doctor Silver Stone de Chicago fueron los primeros en estudiar la relación existente entre la ingestión de carbohidratos refinados y el cáncer. Utilizando ratones, después de un tiempo razonable a los sobrealimentados con azúcares refinados se les encontraron tumoraciones y crecimientos cancerosos en la piel, pecho, hígado, pulmones y tejidos fibrosos6.

Trampas del comedor compulsivo
Casi todos los comedores se repiten y tratan de probarse a sí mismos que pueden comer de una manera controlada. Pero en cuanto aparece la angustia, el coraje, la tristeza o simplemente se sobrecargan de emociones empieza el atracón; comen todo lo que ven, algunos tratan de guardar las apariencias y de pellizco en pellizco, se comen un dinosaurio completo; otros comen a escondidas, porque temen las miradas y el qué dirán.

Hay quienes comen raciones medidas durante el día y a medianoche devoran cuanto pueden. Otros comen y desesperados se provocan el vómito a escondidas. Los hay que utilizan laxantes y anorexígenos del tipo de las anfetaminas que quitan el hambre. Logran controlar el apetito por algún tiempo y, al suspenderlas, el rebote los lleva a regresar adonde estaban aumentando algunos kilos extras, de manera que retroceden varios pasos. Cada día el comedor se dice a sí mismo que mañana hará algo para adelgazar.

Ejemplos clínicos
Los comedores compulsivos responden favorablemente a la psicoterapia psicoanalítica.

Como viñeta presentaré dos casos de mujeres: Déborah-Dora y Oralia. (Los nombres son ficticios para proteger su anonimato.)

Al ir sintetizando sus datos me percaté de la similitud de sus historias. De ahí parte la modalidad de presentar lo semejante en ambas.

Las dos acudieron a terapia pasados los treinta años, cuando se encontraban en el límite de romper con la realidad y caer en una descompensación grave, la comida representaba la forma de fugarse, su único refugio y compañía.

Vivían desesperadas, odiándose, con niveles de sufrimiento bastante altos. El sobrepeso en ambas era de más de veinte kilos.

Fueron hijas de madres comedoras compulsivas con múltiples abortos anteriores, deprimidas, permanentemente enfermas y achacosas, con relaciones de pareja distantes (los maridos viajaban o casi no las veían); estas madres sostenían relaciones extramaritales que las hijas Déborah y Oralia conocían.

Las dos pacientes fueron bebés con privaciones tempranas, no alimentadas al pecho materno, las dejaban llorar durante largo tiempo; crecieron enfermas y débiles hasta los tres años. Ambas se sintieron abandonadas por sus madres quienes tuvieron otros hijos como preferidos.

Pasados los primeros tres años de enfermedades empezaron a acumular grasa corporal, de manera que se sintieron gordas y grotescas desde niñas.

Durante la latencia fueron seducidas por adultos y vivieron varios años de sexualidad exhuberante que, al llegar a la adolescencia, bruscamente reprimieron y transformaron en lo contrario, anestesiándose de tal manera que ni siquiera recurrían a la masturbación, como expresión de dicha sexualidad.

Durante esta época se sintieron alejadas de sus padres en tal forma que no se interesaban por ellas; de ahí que pudieran vivir tantos años de sexualidad voraz a hurtadillas.

Durante la juventud se mantuvieron aisladas, deprimidas y obesas, suicidándose lentamente. Los intentos de formar pareja fueron un fracaso. Cada día el refugio en la comida era mayor, el pánico a sentir la sexualidad aumentaba, y el odio concentrado hacia ellas mismas las hundía. Ambas eran anorgásmicas.

Déborah-Dora se propiciaba múltiples cirugías y Oralia accidentes automovilísticos, entre muchas otras formas disfrazadas que usaban para matarse.

Evolución
Durante el primer año de tratamiento, el síntoma de la obesidad no fue tocado. Las dos repetían que no podrían abandonar la comida. Sin embargo, al ir progresando y llenando sus vidas con otros alicientes, el atiborrarse de comida se hizo innecesario.

Déborah-Dora, manejada en terapia individual, actualmente con veintitrés kilos menos, dirige predominantemente su agresión hacia afuera y ha aprendido a defender lo suyo. Las cirugías han desaparecido. Se independizó de su madre, tiene pareja y una sexualidad plena.

A Oralia, manejada en terapia grupal --ya había tenido tratamiento individual con anterioridad--, le recomendé la ayuda simultánea de Comedores Compulsivos Anónimos. Tiene veinte kilos menos en el presente.

Vive sola, en su trabajo ha conseguido progresos importantes, ha retomado sus estudios, puede ya darse cosas valiosas a sí misma. Cuenta con un grupo de amigos y se siente querida. Sale con pretendientes y permite ser agasajada.

Ha aprendido a poner límites. Los accidentes automovilís­ticos no han vuelto a presentarse y está logrando más estabilidad en lo emocional y con ello mayor bienestar.

Nota
La doctora María Elena Hernández de Lisac tiene Doctorado en Psicología Clínica y Doctorado en Psicoterapia psicoanalítica. Es psicoterapeuta psicoanalítica de la AMPP, AC. Directora de la Clínica de la AMPP. Presenta trabajos científicos en foros nacionales e internacionales.

Biografía
1. Fenichel, Otto, Teoría psicoanalítica de las neurosis, Paidós, Buenos Aires, 1964.
2. Freud, Anna, El psicoanális y la crianza del niño, Paidós (Biblioteca de Psicología Profunda), Buenos Aires, 1980.
3. Harlow, Ainsworth/Lebovici Andry et al., "Privación de los cuidados paternos. Revisión de sus consecuencias", Cuadernos de Salud Pública n. 14, Organización Mundial de la Salud, Ginebra, 1963.
4. Kaplan, Louise J., Oneness and Separateness: From Infant to Individual, Simon and Schuster, Nueva York, 1978.
5. Menninger, Karl A., Man Against Himself. Harcourt, Brace & World, Nueva York, 1966.
6. Moller, Erwin, Adelgace naturalmente, Posada, México, 4a. edición, 1984.
7. Mossé, Arlette, 101 Respuestas acerca de las dietas, Diana, México, 1983.
8. Schilder, Paul, The Image and Appearance of The Human Body, International Universities Press, Nueva York, 1970.
9. Toffler, Alvin, El shock del futuro, Fondo de Cultura Económica, México, 1972.

 

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