Las drogas en el siglo XX

Este artículo tiene el objetivo de mostrar históricamente, el cambio que a lo largo de la historia ha sufrido el uso de drogas, antes sagrado o excéntrico de pequeñas comunidades, en problema social, de salud y seguridad pública. Se mencionan las drogas utilizadas a principios de siglo (alcohol combinado con ajenjo), el auge de los años 20 del uso de opio y hachis, la repercusión que tuvo la prohibición del alcohol durante los años 30, el uso expandido de sedantes y ansiolíticos en los años 40 y 50, el uso de marihuana, hongos y peyote durante los 60, la utilización de los ácidos y pastas en la década de la psicodelia (años 70), así como las drogas de mayor impacto en épocas recientes (cocaína en los 80, y la heroína y drogas de diseño en los 90).

Las drogas en el siglo XX

Carlos Ramón Morales

Si a este recién concluido siglo xx (no insistan, el xxi empezó en el 2001 y no el 2000) se le ha llamado el siglo de las comunicaciones, la ciencia y la tecnología, también se le podría conocer como el siglo de las drogas. No porque ahora se inventaran las sustancias cuyo consumo provocan estos efectos asombrosos que a la larga deterioran la salud (las sustancias han existido toda la vida), sino porque su uso se ha vulgarizado y expandido para convertirse de consumo sagrado o excéntrico de pequeñas comunidades, en problema social, de salud, seguridad y política.

El uso de las sustancias adictivas en el siglo xx complementa fenómenos poco alentadores para el ser humano: guerras mundiales, cánones estéticos de gran rigidez, acentuadas diferencias económicas y sociales, medios de comunicación que, paradójicamente, ha aislado mucho más a los individuos. Este contexto ha propiciado patrones de conducta --la llamada cultura adictiva-- que buscan en la evasión y el placer inmediato respuestas a inquietudes existenciales que antes implicaban el ejercicio de virtudes poco estimadas en la actualidad, como la paciencia, el esfuerzo o la disciplina. El siglo xx, década a década, ha dado una importancia especial a cada una de las sustancias, que en sí mismas explican los devaneos sociales y culturales por los que transitó el Occidente.

Años 10: el ajenjo
Resabios de la bohemia del siglo xix, el ajenjo encabeza toda una serie de patrones de consumo alcohólico. El ajenjo es una planta de uso medicinal, amarga y aromática que, combinada con el alcohol genera una bebida de efectos poderosos. En grandes cantidades produce delirio y paranoia lindante con la locura. Tan impactantes fueron sus repercusiones, que el gobierno francés la prohibió en 1915. Si bien tal nerviosismo podía provenir de las propiedades del ajenjo, también coincidía con el clima anterior a la guerra, y con los mitos decimonónicos que concebían al individuo como un espíritu libre, ávido de exaltaciones estéticas, que en el uso de sustancias se rebelaba y buscaba una experiencia sensorial límite. Ajenjo, decadencia, sodomía, exaltación poética: el despertar de una sociedad lista para la primera guerra moderna. Y para entrar, con ella, a la plenitud del siglo xx.

Años 20: el haschis y el opio
El mito de Marco Polo en Oriente se actualiza cada siglo, de acuerdo al esquema ideológico occidental del momento. La leyenda oriental de inicios del siglo xx está conformada por la neblina del opio y el hashish. Fumar estas sustancias implica un ritual secreto, que se efectúa en fumaderos clandestinos, donde el consumo se adereza con la prostitución y ciertos actos "contrarios al orden natural", como la homosexualidad o la pedofilia. La evasión cansina, aletargada, del haschis y el opio son producto del terror, ya evidente, de los estragos de la guerra, con un saldo superior a lo previsto. La visita imaginaria a Oriente se acompaña de mitos eróticos y poder místico. Obsesiona la languidez, el erotismo contenido, las sutiles sensibilidades tensadas hacia un límite siempre aletargado. El sueño oriental es un sueño lento y cansado. Las fantasías promueven la autodestrucción como un camino extremo para el autoconocimiento.

Años 30: El alcohol y su prohibición
Si ahora se discute la pertinencia de legalizar las drogas, el mejor ejemplo para evidenciar los errores de la prohibición se da en los años treinta, cuando el gobierno norteamericano prohibió el consumo de alcohol. La medida sólo creó un clima de ilegalidad en los hábitos de consumo del pueblo norteamericano, pues éste persistió, con el agravante de generar un comercio criminal de bebidas que trajo consigo la consolidación de mafias, violencia y un clima de tensión que poco ayudó al propósito inicial. La amenaza de la nueva guerra aceleraría el fin de la prohibición, ante realidades más urgentes. Paradójicamente, en esta misma década ocurre la creación de Alcohólicos Anónimos, el programa pionero para los grupos de autoayuda, e incluso para la organización de los ciudadanos en pro de una preocupación cercana y específica.

Años 40 y 50: Sedantes, ansiolíticos
La Segunda Guerra Mundial no sólo genera una industria de la guerra; también estimula la invención de sustancias cuyos fines son aminorar el dolor, provocar ánimos relajados, propiciar estados de euforia necesarios para mantener activas a las tropas. Los sedantes, ansiolíticos y estimulantes pronto trascienden el uso bélico y se convierten en productos de uso cotidiano. Las investigaciones aun no develan sus efectos nocivos, pero las repercusiones se asientan entre sus consumidores. Años de máscaras, de búsqueda hechiza de la felicidad, los años de la posguerra estarán marcados por el intento de crear una sociedad perfecta, con altos valores y bonanza económica; son los años del sueño americano. Debajo de cada familia feliz, sin embargo, se ciernen los errores de la hipocresía, la incomunicación y la rigidez moral (y, en consecuencia, de la rebeldía de la próxima década). Un dato a resaltar: a estas décadas de sustancias adictivas artificiales, de matiz médico-científico, le sucederá otra de sustancias naturales, que en su primitivismo lleva a cuestas su satanización. En la actualidad, la mariguana es ilegal, el Valium no (aunque se prescribe bajo vigilancia médica, por supuesto). Las sustancias reciben su aceptación o rechazo de acuerdo a lo que significan, no a sus efectos. La adicción a los medicamentos es pueril, pues pertenece al progreso. La adicción a las sustancias naturales merece repudio por significar un consumo "anárquico", revelador, contrario a la gloria de la civilización.

Años 60: mariguana, hongos y peyote
Los dorados años sesenta, que tantos recuerdos y dividendos provocan en quienes actualmente lindan el medio siglo de edad, fueron una amalgama de música, filosofías exóticas (orientales, como a principio de siglo), activismo político, conquistas sexuales y, por supuesto, consumo de drogas, pero esta vez para propiciar una búsqueda más intensa del ser, para aguzar la sensibilidad y propiciar diálogos internos que de otra manera hubieras requerido de mayor disciplina y trabajo. Las sustancias, en su mayor parte naturales --hongos, mariguana, peyote-- no eran vistas como material para el evasión, sino como vehículos para la confrontación, el autoconocimiento y la sensibilización en grados superlativos. Nunca el uso de las sustancias había sido tan sagrado y genuino como en esta época; nunca, tampoco, se propiciarían tantos mitos y deformaciones sobre el consumo.

Años 70: ácidos, pastas: la psicodelia
Aparejado con el uso de las sustancias naturales, durante los sesenta y los setenta se genera una incipiente investigación y producción de sustancias artificiales, síntesis y refinamiento de las sustancias en su estado natural. Es así que a partir del cornezuelo de centeno que se consigue producir el ácido lisérgico, mejor conocido como lsd. Sus efectos alucinantes generan una nueva estética, que invade sobre todo la música y la publicidad: la psicodelia deforma realidades y así las renueva, descompone el todo, nos hace conscientes de sus partes, pero la experiencia deviene en abandono total y locura (quedarse en el viaje), éxtasis perpetuo que inmoviliza, y que a cambio de la experiencia mística se cobra con el deterioro de la personalidad.

Años 80: cocaína
El experimento del gringo perfecto sigue en juego. Ahora, el gringo perfecto se compone de una educación rigurosa, un cuidado meticuloso del cuerpo, un esmero profesional en las relaciones sociales y laborales, que devienen en riquezas precoces y presiones profesionales a corta edad también. La imagen del young urban professional people (yuppie) renueva el glamour neoyorkino y el american dream. El ritmo frenético de vida obliga a mantener la vigilia y la tensión las 24 horas; el mejor aliado es la cocaína, síntesis de la hoja de coca, de uso medicinal y terapéutico entre los indígenas bolivianos. La dificultad de su transporte y distribución eleva sus costos, por lo que sólo pueden consumirla los niños de Harvard y Yale, incipientes modelos del neoliberalismo actual. El yuppie inhala un pericazo, recibe estímulos de energía, lucidez, espontaneidad, que reiteradamente se trastocan en paranoia, nerviosismo, transpiración, violencia, irritación. La perfección de las formas deviene en el hostigamiento de las formas. El yuppie, como lo imagina Breat Easton Ellis en American psycho, contiene a un sociópata y su escrupulosa disciplina corre el riesgo de reventar y expandir la anarquía de la desesperación.

Años 90: La heroína
El yuppie es fugaz; la tensión de las formas obligan a reventar pronto y de acuerdo con la ley del péndulo, el tránsito va de la exaltación al anticlímax, del culto a la personalidad al desvanecimiento total, del código del esfuerzo y la superación al de la abulia y el rechazo a la responsabilidad. El yuppie nervioso se transforma, entonces, en el cansino, desgarbado, "equis". Generación apolítica, individualista, evanescente, la Generación X encuentra en la heroína la compañía perfecta para una evasión sin delirio ni alucinaciones ni sentimientos de grandeza o poder. Todo lo que se necesita es dormir, desconectarse, perder la conciencia y transitar por un agradable estadio de sopor. También es necesario un alto grado de dependencia, el cual implica de inmediato un deseo automático de autodestrucción. Si la mariguana, el alcohol o la cocaína disfrazan su proceso destructivo bajo atributos de conocimiento, sociabilidad o fortalecimiento físico, la heroína sólo contempla el placer del vacío. Vacío necesario en un fin de siglo sin doctrinas, con valores reformulados, con experiencias políticas y sociales fatigadas, con un deterioro irreversible de muchos de los mitos del siglo xx.

El año 2000: El éxtasis, las drogas de diseño, el internet: adicciones de procesos
Tal vez contagiados por los ambientes futuristas, las drogas se sofistican y adquieren rasgos artificiales en el éxtasis, los smart drinks y demás drogas de diseño. Hijas adulteradas de sedantes y estimulantes, las drogas de diseño propician un clima de constante euforia y agilidad física que de pronto se acerca a la imaginería de la mariguana o a la hiperactividad de la cocaína, o a la evasión completa de la heroína. Su uso, igualmente, condensa las aspiraciones de las últimas décadas y aspira a ideales hippies con los avances de las nuevas tecnologías. Las mismas tecnologías generan nuevas sintomatologías, que aún se discute si debieran considerarse adicciones o "síndromes obsesivo-compulsivos". Adicción al trabajo, adicción a comprar, adicción a comer o a dejar de comer; adicción al juego; adicción a internet. A las sustancias las está sucediendo el comportamiento, en un área de conocimiento médico y psicológico que se está conociendo como "adicciones de proceso". Según esta tendencia, se cree que la relación del individuo con su entorno implica una actitud de riesgo (adictiva) o de asertividad. Se llame o no adicción, lo cierto es que las investigaciones ya permiten distinguir el influjo de las sustancias y las condicionantes que alientan y generan esta "cultura adictiva". Se dice que el nuevo siglo se desangrará entre las búsquedas espirituales y la marcha obsesiva de la tecnología; las tendencias se polarizarán hasta crear bandos como los de liberales contra conservadores, comunistas contra capitalistas, monárquicos contra republicanos.

Entre ambas esferas, la adicción a sustancias o a procesos seguirá siendo, por desgracia, un importante fenómeno de socialización, evasión y enfrentamiento con la realidad. Captar el signo de los tiempos nos permitirá, acaso, estar preparados para enfrentar estas nuevas acometidas. Y oponer al proceso adictivo el estímulo, la curiosidad, la sorpresa de lo que depara el nuevo siglo.

 

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