Dulcinea tras la pantalla

El autor de este artículo presenta su opinión y su perspectiva acerca de las relaciones amorosas en la actualidad; el temor y la necesidad de no comprometerse abundan en la época postmoderna y el cibersexo es la muestra más palpable de la despersonalización que esto genera en las relaciones interpersonales y de pareja.

Dulcinea tras la pantalla

Carlos Ramón Morales

A Ana Paula Tóffoli

Ocurrencia de poca monta, pérdida de tiempo, evasión, adicción, anulación, así se considera al amor virtual que se da en chats,foros de discusión y buzones sentimentales: dicen que una relación por internet nunca será tan intensa como una real; la gente en el chat se oculta y reinventa, que nada como ver de frente a la otra persona y hacer balance justo de sus atributos y carencias, como si la palabra "virtualidad" operara en contra de nuestra miserable humanidad. Pero la única novedad radica en los neologismos. El amor virtual existe desde hace siglos y constituye momentos altísimos de nuestra cultura sentimental. ¿O acaso sonaría mejor si le llamáramos amor platónico, amor cortés, láatex, inmortalidad? Porque estas expresiones poseen rasgos comunes, y entonces todo estaba escrito desde los griegos, y nada nuevo ha habido bajo el sol. Claro, salvo la novedosa rutina del amor.

Átomos enamorados
Empédocles de Agrigento era pintoresco: astrólogo, orador, científico, adivinador, amigo de excesos y placeres, siempre vestido con suntuosidad. Instituyó en la filosofía la idea del átomo, si bien de una forma poética, que como nadie la describe en sus Vidas imaginarias el narrador inglés Marcel Schowb:

"Todos los seres, decía, sólo son trozos que se han separado de esa esfera de amor en la que pudo instaurarse el odio. Y lo que llamamos amor es el deseo de unirnos y de fundirnos y confundirnos, como éramos antaño, en el seno del dios globular que la discordia ha roto."

El odio era la ausencia, la carencia; la unión era el amor. Platón adelanta el concepto y hace del amor la forma ideal del conocimiento:

¿No es verdad que el amor es siempre y al mismo tiempo, aspiración y hallazgo, distancia anhelante y realización? Quien ama empieza por carecer de lo que ama, y la realización de amor es la realización de la unidad una vez transcendida la carencia. En este su doble aspecto, estriba la "fuerza dialéctica" del amor. El amor es y no es al mismo tiempo. Su realidad surge de su carencia misma. Sólo si algo me falta puedo querer obtenerlo; y el amor, para ser realización, tiene que ser primero ausencia, falta, deseo, pobreza, "porque ninguno desea las cosas de que se cree provisto" (Banquete). El amor coincide así con la dialéctica en que, como ella, es primero carencia de saber para después realizarse como sabiduría (Xirau, Ramón. Introducción a la historia de la filosofía, UNAM, México, 1964; p. 52).

Esta idea se ha malinterpretado en nuestra concepción actual del amor platónico, que sólo entiende el primer momento del proceso: desear inútilmente a quien carecemos, esperar a quien nunca acabaremos de poseer. Pero a esta fórmula le falta la parte que culmina con la unión y el conocimiento. Amor es carencia, pero también es actividad para llenar esa carencia. Es lanzarse a recorrer los caminos del Quijote y poner en alto el nombre de la amada Dulcinea, quien desde los toldos de su morada acaso no espere la llegada del caballero, pero algún día habrá de hallarlo frente a ella, flaco, malversado, suplicante, urgido por cantarle la gloria que merece su alto nombre.

Árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma
El amor cortés nació con la caballería andante y los trovadores provenzales. Consiste en un código ético de devoción y respeto hacia la dama (noble) por parte del caballero (plebeyo), quienes viven una relación amorosa ideal, pues la diferencia social les impedirá consumarla. Comprende un ascetismo similar al del místico. Así como los santos se educan para alcanzar la contemplación divina, los caballeros siguen complejos rituales para amar en toda plenitud a su dama, aun a sabiendas de que nunca la alcanzarán. Esta adoración se solaza con el fetichismo de conseguir prendas de la amada: pañuelos y cordones de su vestido eran suficiente regocijo para el caballero (así como para nosotros lo serían las fotos o los correos de voz).

Durante el Renacimiento, el amor cortés de los trovadores será retomado por los humanistas, quienes crearán obras fundamentales bordando alrededor de su amor imposible. Dante Alighieri, por ejemplo, sólo miró a Beatriz una vez en su vida, pero fue idealizada a tal grado que en la Divina Comedia Dante la sitúa en el centro del Paraíso, junto a la Virgen María. Mucho más terrenal, Francesco Petrarca conoció a Laura el 6 de abril de 1327, día de Viernes Santo, en la iglesia de Santa Clara. Cuando el poeta la conoció, Laura ya estaba casada con el aristócrata Hugo de Sade, de allí su desdén. Madre de once hijos, murió en 1348, por la peste. Petrarca le dedicó casi la totalidad de su Cancionero: 366 poemas que alaban su hermosura y le otorgan un carácter inalcanzable.

Cervantes hará burla del tópico del amor cortés en el Quijote, cuando el caballero de la Mancha descubre que necesita de una dama a quien dedicar sus fazañas, "porque el caballero andante sin amores era un árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma". Pero la burla trasciende lo inmediato y la idealización se sublima: la dama del caballero de la Mancha, Dulcinea del Toboso, es en realidad Aldonza Lorenzo, labradora sin la estirpe que Don Quijote le adjudica. Pero esto no importa, o ahí es donde todo importa. Porque el amor idealizado del caballero lo obliga a lanzarse al camino, al conocimiento, más apoyado en la riqueza de la imaginación (quién creo que es mi amada) que de la realidad (la labradora). A este amor poco importa quiénes somos, prefiere retarnos a preguntarnos quiénes queremos ser. El amor de Platón es conocimiento; el de Petrarca, Dante y Cervantes también es invención. Y acaso detrás de todo nickname fastuoso se oculta Alonso Quijano, Aldonza Lorenzo, y desde la pantalla movemos (citando a Dante) al sol y a las estrellas.

:P
La modernidad nos enfrenta a conquistas y regresiones: la igualdad sexual, la transformación de la moral, las costumbres, las ideas; la conquista de los cuerpos, ha terminado con la idealización amorosa. El trato elegante pero acartonado del caballero y la dama han devenido en el contacto, más directo, del hombre y la mujer. Pero también, el tránsito del siglo XX al XXI está signado por el temor a la enfermedad. El sida es el ejemplo más claro; representa una puerta a la constante revisión que hacemos de la salud de nuestro espíritu (nuestra psique, le llamamos ahora), como si siempre se encontrara en metástasis. No nos juntamos con los otros porque tememos que nos dañen, lucimos palabrotas como autoestima, asertividad o salud mental para explicar nuestra escuálida ilusión y nuestra mezquindad, entendemos el amor como un proceso estructural de identidad, hacemos terapias bien sufridas y bien sinceras, vigilamos nuestra relación amorosa en espera del mínimo signo que muestre el derrumbe de la historia. El amor es una enfermedad, amar hace daño. "No me toques", le dice Rogue a Gambit, porque sabe que cuando se besen él podría correr el riesgo de morir.

Rogue, personaje del comic X-Men, posee un ingrato poder: roba la energía de las personas que toca. Si éstas no son lo suficientemente fuertes, podría matarlas. Absorbe fuerzas, sueños, deseos, poderes. Con el sólo tacto puede conocer los secretos más íntimos del otro. Aterrada, siempre usa guantes, ropa de cuerpo entero. Está atrapada en sí misma: que su piel nunca roce otra piel. Gambit, francés capaz de transformar naipes en pequeños explosivos, la ronda, la inquieta, asume el riesgo y daría la vida por besarla. Rogue se niega: no quiere hacerle daño. Pero también se niega porque no quiere saber cosas de Gambit, no quiere enfrentar sus aberraciones, tener celos de sus antiguos amores, conocer sus miedos y sus tristezas. Mejor no conocer, mejor no acercarnos, que cada quien se quede en su cuerpo, que de uno a otro no fluya nada que nos desgarre. Bajo el argumento de que ya sabemos bien cómo son las cosas, enfrentamos el amor asumiendo de antemano su fracaso.

El contexto resulta ideal para la aparición de las relaciones virtuales del internet. Obviemos el poco riesgo de contagio por las prácticas sexuales de dos sujetos fantaseando gestas eróticas, cada uno desde su teclado: el principal atractivo es el anonimato, la oportunidad de expresar "secretos aberrantes" (homosexualidad, zoofilia, sadomasoquismo) y solazarnos con ellos. Pero sobre todo se habla del riesgo de evadir la realidad por enajenarnos con la fugacidad de lo que vemos en la pantalla. ¿Así como Dante se enajenaba con Beatriz? ¿Petrarca con Laura? ¿Don Quijote con Dulcinea? Siempre se podría argumentar que ellos fueron grandes humanistas (o caballeros andantes), que su obra justifica sus insólitas historias, que el hombre común y corriente debe aspirar a una vida más sencilla, al confort de su estufa y su refrigerador. Claro que también sería hermoso que toda persona tuviera la oportunidad de sentirse Dulcinea en la pantalla por una vez en la vida. Ser una campesina, coger su máscara de fermosa dama y dejar que la adore un falso caballero también.

La gente le teme a las máscaras, se les toma como ocultadoras de cierta verdad. Pero también podrían asumirse como un juego que devela, de otra manera, la misma verdad. La máscara nos oculta, pero la máscara también nos inventa. Cuando un sujeto ostenta el nick de Penetrator se ufana de una habilidad que probablemente no tenga, nos cuenta sus carencias, se permite la fantasía. Basta hablar media hora con él para descubrir que el pobre necesita hablar de su sexualidad, recuperar la seguridad perdida en algún momento de su vida; que su parquedad, su entusiasmo o su soberbia está siendo un modo de comunicar su identidad. La relación virtual implica, entonces, otro modo de experimentar la identidad.

Cierto, todo tiene riesgos, y no faltará quien termine mostrando serias dosis de esquizofrenia y todos los males que los estudiosos de las adicciones a las nuevas tecnologías ya están descubriendo. Pero tampoco estigmaticemos: la virtualidad no es mala per se, el mal radica en el uso irreflexivo de una posibilidad de comunicación. Y el fenómeno es tan cercano, que quienes ahora nos conectamos resultamos pioneros. Como exploradores de territorios ignotos, corremos riesgos (riesgo de perdernos, de enloquecer, de quedar ciegos, de malas experiencias) pero también estamos propensos a la fortuna: sostener relaciones valiosas con personas que de otra forma no conoceríamos, hacer negocios, explorarnos a nosotros mismos a través de charlas que en la mesa de un café no nos atreveríamos a tener. ¿Cómo evitar los riesgos? ¿Cómo hacer de la virtualidad una experiencia de vida y no una vía destructiva? El prudente aconsejará mesura; el conservador exigirá abstinencia; el fatalista creerá que toda actividad humana lleva sin remedio al mal. No sé de consejos, pero me gusta Petrarca, escribiendo sonetos para que su desamor valga la pena, y me gusta Dante y la entronización de su amada en el centro del Universo. Y por supuesto, honra eterna al Quijote: que la realidad, cierta o imaginaria, se lanza a la aventura. Y sospecho que lo mejor sería aprovechar las ventajas de las nuevas tecnologías para crecer y movernos aún más. Que la Dulcinea que nos espera en la pantalla encuentre en nosotros a vencedores de gigantes, desfacedores de entuertos, defensores de agravios. Y que entonces estemos a la altura de los sueños que nos atrevemos a teclear.

 

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