Dulzura vertida en mi amargura. La bohemia en México (segunda y última parte)

Ningún momento más fecundo para la transgresión que el de una sociedad con moral firme e irreprochable. Y con el porfiriato y su patriarca inamovible) sus finanzas extranjeramente saneadas y sus ingenuas pretensiones parisinas) México por fin se reconcilia consigo mismo) es un México más México que nunca; sólo es cuestión de fijar reglas pertinentes de buenas maneras y corrección

Dulzura vertida en mi amargura
(segunda y última parte)

Carlos Ramón Morales

Ningún momento más fecundo para la transgresión que el de una sociedad con moral firme e irreprochable. Y con el porfiriato y su patriarca inamovible) sus finanzas extranjeramente saneadas y sus ingenuas pretensiones parisinas) México por fin se reconcilia consigo mismo) es un México más México que nunca; sólo es cuestión de fijar reglas pertinentes de buenas maneras y corrección para ingresar de lleno al concierto mundial, La sociedad se educa para lograr La mejor calidad humana que no es sino la emuladora de la idiosincrasia francesa (¿cuál si no?).

Francia es cúspide, gloria, extravío de la sociedad intelectual porfirista. Manuel Gutiérrez Nájera, en su Revista Azul, por ejemplo, argumenta: Con frecuencia se culpa a esta revista de afrancesamiento y se le tilda, sin razón alguna, de malquerer o menospreciar la literatura española. Hoy toda publicación artística, así como toda publicación divulgarizadora de conocimiento, tiene de hacer en Francia su principal acopio de provisiones, porque en Francia, hoy por hoy, el arte vive más intensa vida que en ningún otro pueblo, y porque es Francia la nación propagandista por excelencia. (...) La literatura contemporánea francesa es ahora la más sugestiva, la más abundante, la más de hoy, y los españoles mismos, a pesar de su apego a la tierruca, trasponen los Pirineos en busca de "moldes nuevos" para sus ideas e inspiraciones.

La cultura francesa que imitan los intelectuales mexicanos contempla, lo mismo al modelo neoclásico del siglo xviii, que a las propuestas de los autores decadentistas como Baudelaire, Rimbaud, Verlaine o Guy de Maupassant. Pero mientras para algunos autores mexicanos su admiración se circunscribirá estrictamente al ámbito de la formalidad literaria (Gutiérrez Nájera, emulando al nicaragüens~ Darío, experimentará exclusivamente con el uso del lenguaje

la métrica y las nuevas posibilidades metafóricas y simbólicas que proponen los franceses), otros harán suyo también el apostolado vital que la bohemia parisina formuló con sus vidas y obras.

"La influencia de lo que en el poeta Baudelaire hay de morboso" --escribe José Juan Tablada-- "fue para la juventud de mi generación el verdadero Mal de las Galias.

"Incapaces de discernir el artificio en la descarriada moral del gran poeta, fuimos más sinceros que él y desastrosamente intentamos normar no solamente nuestra vida literaria, sino también la íntima, por sus máximas disolventes creyendo así asegurar la excelencia de nuestra obra de literatos.(...)

El simple hecho de que Baudelaire hubiera llamado a alcoholes, drogas y estupefacientes: Los Paraísos Artificiales iluminó las vulgares tabernas con esplendores de apoteosis y las transformó, a nuestros ojos, en templos para la misteriosa iniciación artística".

Así como el hippismo es un movimiento amorfo, nebuloso, que poco a poco adquiere un espacio específico y ciertos nombres señeros (la gran comuna de Berkeley, en la ciudad de San Francisco es el espacio; el escritor Ken Kesey, el doctor Thimothy Leary, los grupos Gratefull Dead y Jefferson Air Plane, sus personalidades), la bohemia mexicana nace brumosa y después se concretiza en torno a un proyecto editorial que en su época recibió el rechazo de las facciones más conservadoras (es decir: de toda la sociedad porfirista) y que al paso del tiempo se ha convertido en una de las más importantes publicaciones en la historia de las revistas literarias: se trata de la Revista Moderna, dirigida por Jesús Valenzuela.

La revista nació como una protesta ante el repudio que provocó la publicación del poema de juan José de la Tablada Misa negra en la revista El florilegio. Nte la repulsión, el editor de la revista le pidió al poeta que procurara escribir pensando en la sociedad mexicana y no en la de montmartre; Tablada protesto en una carta donde defendía el derecho de todo poeta a expresarse libremente, aun cuando sus temas no fueran del agrado de las buenas conciencias. A la carta contestó el editor y poeta Jesús Valenzuela, proponiendo la creación de la publicación. Desde sus oficinas en una casa colonial que anteriormente fue el Casino Español, la Revista Moderna difundió literatura poco edificante para la época, pero atenta a las vanguardias de su momento.

Sin embargo, lo que más importa para esta columna es comentar sobre la actitud de sus miembros. trasnochados que emulan a los franceses, consumidores abusivos de alcohol y demás sustancias tóxicas del momento (opio, láudano, ajenjo, hashish). El grupo decadentista de la Revista Moderna hubo de mostrarle a la sociedad porfirista que no todo el esplendor de la metrópoli mexicana se circunscribía a la calle Plateros. En un juego de doble moral, en el día recurren a sus pétreas máscaras de paz porfiriana, pero en la noche se transforman en experimentadores de la noche, sus placeres y sus aversiones. Los decadentistas vagan por la parte oscura de la ciudad: las calles traseras al Palacio Nacional, cercanas a la Merced, donde discretos negocios de licores y prostitución vienen a dar salida a las represiones morales de la época. Los abuelos dirían que aquello no fue libertad, sino libertinaje. Los decadentistas no tienen tablas de "valores morales, sino ansias de exploración. De esta manera, en los burdeles y las cantinas encuentran la extensión de su labor literaria en las oficinas de la revista; el mundo demuestra su rostro más verdadero en las enfermedades venéreas, las prostitutas envilecidas, los paraísos artificiales baudelarianos y la sutileza de las emociones excesivas. Las personalidades son múltiples y disímbolas: Jesús Valenzuela agrupa y consolida desde su posición de director del grupo; José Juan de la Tablada, desde una respetuosa distancia, se une al grupo sin estar en él, pues su ánimo vanguardista también lo hacen mirar hacia el Oriente y el siglo xx; Ciro B. Cevallos defiende con vehemencia prostitutas, mendigos y criminales de baja ralea, su furor (que anuncia, de manera muy vaga, el heroísmo también inútil del activista político de izquierda de algunas décadas más adelante) lo hace vivir entre el antro, la cárcel y la cantina. Pero los verdaderos representantes del grupo, gracias a la intensidad con la que encarnaron el sueño bohemio, serían el joven Bernardo Couto Castillo y el pintor Julio Ruelas.

El primero, siendo niño, vivió en París por los cargos políticos de su padre. Listo para emular a Rimbaud, Radiguet o cualquier otro enfant terrible del momento, Bernardo Couto debe, sin embargo, regresar a la Ciudad de México, junto con su familia. La diferencia entre la metrópoli europea y la modesta ciudad porfirista será el inicio de su vida trágica. Ante el ambiente, que se le haría provinciano y poco interesante, Bernardo Couto se dedica a la exploración de los tugurios mexicanos, emprendiendo jornadas de vicio y derroche de gran escándalo, sobre todo por tratarse de un junior emanado de la misma crema y nata de la sociedad. A los diecisiete años publica su único libro de cuentos, Asfódelos, agrupación de terribles retratos de seres dementes y acabados, quienes deambularán por los bajos mundos con la única consigna de la autodestrucción. La misma consigna del exceso como forma de vida terminará tempranamente con Couto: a los veintiún años muere, en brazos de una prostituta, en un hotel de mala muerte, por una enfermedad venérea que se vino a unir con sus excesos con el alcohol.

El segundo, de mejor fortuna, se ha convertido en uno de los artistas plásticos más inquietantes del periodo porfirista. Seres demoníacos, semejantes a los monstruos goyescos, las ilustraciones de Ruelas le dieron un gran diseño a la Revista Moderna, al dotar a la publicación de la locura y el extravío que los escritores transmitían en sus obras. Al contrario de Couto Castillo, Julio Ruelas vivió la mayor parte de su vida en México, pero hacia los treinta años viajó a París, donde culminó su camino de excesos. Se cuenta que su casa estaba invadida de adictos, prostitutas y esas almas de fin de siglo que vivían con la zozobra por presentir el fin de una época. El hedonismo exacerbado no era sino una actitud ante la zozobra por el fin de siglo. Así como los perros aúllan cuando presienten un terremoto, los artistas de este cambio de siglo explotaban y practicaban la autodestrucción por el presentimiento de los horrores que habrían de ilustrar al presente siglo.

La bohemia mexicana se fue difuminando entre los nuevos grupos culturales, con preocupaciones más eruditas (como el Ateneo de la Juventud) o más inmediatas a los tiempos que les tocaría vivir (Flores Magón, Vasconcelos y demás presencias que vendrían a nutrir ideológicamente a la Revolución Mexicana). La mayoría de sus principales representantes se inscribieron en las nuevas corrientes, o murieron solitarios, presas de los fantasmas que alguna vez hubieron de fascinarles tanto. La caricatura demasiado anacrónica, y sin embargo nostálgica de aquellos hombres de paso entre los siglos, vendría a darse después de la Revolución, en la presencia del músico Agustín Lara, figura desgarbada que hizo su primera fama escribiendo canciones sobre prostitución y soledad. A pesar del carácter prostibulario de sus temas, el México postrrevolucionario cobijaría sus canciones como una permisiva acometida de la fascinación hacia lo desconocido, en medio de un país que (de nuevo) pretendía erigirse cosmopolita, incapaz de asustarse por outsiders e historias de personajes límite. Las canciones prostibularias de Lara se escuchan ahora lo mismo en el cabaret que en la sala de las familias respetables, ha pasado a formar parte de las simbologías contemporáneas del país y es, quizá, el más fuerte representante de la doble moral en la que se mueve la población mexicana.

De la bohemia original quedan rezagos dulcificados, un trío que canta boleros de soledad y despecho, poetas rimadores que hacen del soneto su principal arma contra los tiempos y la modernidad de las letras; prostitutas y jornadas de alcohol más cercanas a la lascivia acrobática del table dance, que a la añeja tradición de matronas y pupilas sabias y viles. Pero la actitud contestataria lo mismo ha tomado la estafeta en los poetas beat que en los jipis o en las actuales culturas nocturnas del país. Lo importante, finalmente, no es el nombre que tengan, sino el anhelo que unifica a los distintos nombres: buscar una nueva forma de vida, más intensa, más honesta, en medio de la inmovilidad moral de una época poco flexible, poco lúdica ante las necesidades más inmediatas de la imaginación y el delirio.

 

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