Dulzura vertida en mi amargura. La bohemia en México (primera de dos partes)

En 1928, a sus 41 años de edad, el periodista y bardo Guillermo Aguirre y Fierro escribió el poema más famoso y representativo de los mexicanos. No es Piedra de sol, Muerte sin fin ni La suave patria. Memorizada por niños y cuarentones, maestras y peluqueros, coreógrafos y adeptos a la oratoria; todos, en algún momento de la vida, caemos conmovidos

Dulzura vertida en mi amargura
La bohemia en México
(primera de dos partes)

Carlos Ramón Morales

En 1928, a sus 41 años de edad, el periodista y bardo Guillermo Aguirre y Fierro escribió el poema más famoso y representativo de los mexicanos. No es Piedra de sol, Muerte sin fin ni La suave patria. Memorizada por niños y cuarentones, maestras y peluqueros, coreógrafos y adeptos a la oratoria; todos, en algún momento de la vida, caemos conmovidos ante los sensibleros endecasílabos y heptasílabos de El brindis del bohemio.

El brindis del bohemio cuenta la reunión de un grupo de poetas trasnochados que "celebraba entre risa, libaciones,/ chascarrillos y versos/ la agonía de un año que amarguras/ dejó en todos los pechos,/ y la llegada, consecuencia lógica,/ del feliz año nuevo". Al ocurrir el tránsito del año viejo al nuevo, se realizan los brindis pertinentes: Raúl brinda por Europa "ya que su extranjerismo es delicioso" y Juan hace lo propio porque en su mente "brote un torrente/ de inspiración divina y seductora". Arturo, el bohemio puro "de noble corazón y gran cabeza;/ aquel que sin ambages declaraba/ que sólo ambicionaba/ robarle inspiración a la tristeza", rompe con el tono del festejo al brindar "por mi madre, bohemios, que es dulzura vertida en mi amargura, y en esta noche de mi vida, es mi estrella". Tras una perorata edípica de 42 versos, el poeta calla, obliga a que los demás guarden silencio, "y pareció que sobre aquel ambiente/ flotaba intensamente/ un poema de amor y de amargura". Así finaliza el poema, mientras dos o tres docenas de pañuelos limpian las lágrimas de las cabecitas blancas que se lo escucharon declamar a un niñito simplón en el festival del día de las madres.

Poema (recitación, señalan despreciativos los intelectuales) que se debe padecer lo mismo en fechas decembrinas que en los festejos de mayo, El brindis del bohemio se erige como educación sentimental y hagiografía de los mexicanos. Pesa, sobre todo, la desgarrada angustia que Arturo siente por su madre; en este contexto, apenas pasa desapercibido el hecho de que los participantes del brindis sean bohemios. Además, ¿quiénes son los bohemios?

En México se cree que los bohemios son señores tristes de grandes capas y sombreros de copa (así los dibujó Manuel Bernal en la célebre portada del disco donde declama nuestro poema invitado), y que se inventaron para hacerle versos a las madres y tocar la guitarra. Si no, basta conocer la segunda acepción popular de los bohemios: son los que cantan boleros de Lara, se emborrachan, y de vez en cuando escriben décimas que se olvidan desde antes que se atrevan a recitarlas. Término desvirtuado por la sensiblería y la doble moral, la bohemia en realidad es la expresión popular del movimiento romántico que revolucionó el arte y la cultura europea que siguió a la Revolución Francesa.

Sergio González Rodríguez cuenta en su libro Los bajos fondos. El antro, la bohemia y el café (Cal y Arena, 1990) que la bohemia fue una postura cultural que se dio en Francia hacia 1840, como respuesta contestataria a las luchas políticas que derivarían en las revueltas burguesas de 1848. Con el término bohémien se designó a los gitanos, por una creencia errónea que los hacía originarios de la provincia de Bohemia, en la actual Checoslovaquia. Por extensión, todo aquel sujeto que mostrara rasgos de extravagancia y libertinaje recibió el nombre de bohemio. El término se popularizó (y por qué no decirlo: se institucionalizó) con el estreno de la ópera de Puccini, La bohemia.

Un rasgo domina el espíritu bohemio: hacer de la vida una obra de arte. De ahí que no se pudiera vivir como el burgués común y corriente: en vez de familia, respeto, estabilidad económica y buenas costumbres, los bohemios buscan los excesos, la experimentación de lo desconocido, la búsqueda del hedonismo y la especialización en doctrinas ocultistas o exotismos generalmente importados del Misterioso y Lejano Oriente. El interés por intensificar la experiencia con el mundo los lleva a probar diversas sustancias adictivas. Las de mayor importancia serán el opio y el hashish, de origen oriental, y el ajenjo. Una exquisitez hará a De Quincey consumir morfina y heroína, mientras algunos otros preferirán envenenarse lentamente con el láudano.

Pero más que las adicciones, a los bohemios los destruirá el oficio de marginalidad. La Europa Industrial erige un imperio de comercio e intereses económicos en el que no hay espacio para los poetas, sujetos desarrapados que han decidido habitar los bajos mundos y la inconformidad. Lejanos han quedado los tiempos en que escritores como Quevedo, Calderón de la Barca, Racine o Molière eran apreciados por monarquías y aristocracias. Para los nuevos dueños del mundo, la poesía y el arte en general son mercancía de dudosa rentabilidad. Leer a un poeta es tan propio como entender el darwinismo o viajar en ferrocarril, pero no generan capital, no son materia prima de algo que pueda venderse; si acaso dan prestigio, ¿pero qué importa cuando con un dólar hasta un made-myself puede fingir respetabilidad?

Al situarse a la orilla del progreso, el poeta romántico vivirá en la miseria, preso de alucinaciones, renuente a incorporarse al establishment, soberbio e inútil en su mancillada torre de cristal. Del romántico de principios de siglo al decadente de finales de siglo hay un paso. El desgarramiento de los primeros románticos se transformará en el sarcasmo y la ironía de simbolistas y parnasianos: Baudelaire invita a probar paraísos artificiales, Allan Poe sufre delirium tremens a causa de las arduas jornadas de ajenjo, Rimbaud hiela con su actitud de separarse de la poesía antes de llegar a sus veinte años, Verlaine practica la bisexualidad y trata a su esposa con una brutalidad muy poco digna de su prestigio.

Como punto culminante de la bohemia y la decadencia, en la novela Contra natura de J. K. Huymans, el personaje principal --Des Esseintes-- se encierra en su artificiosa casa de campo, donde se dedica al ocio y a la reflexión morosa sobre el mal, el hartazgo del placer, el recogimiento como una forma de perversión. Des Esseintes está más allá del suicida Werther: quitarse la vida ya no es tenebroso; peor resulta decidirse a languidecer en una casa lo más sofisticada posible, dedicándose en cuerpo y alma a extravagancias como adornar la concha de una tortuga viva con piedras preciosas, comprar flores que parecen vísceras humanas, o especular sobre el sadomasoquismo hasta asumirlo como una forma de religiosidad.

De raigambre alemana e inglesa, el romanticismo tuvo magníficas versiones francesas e italianas, pero pobres representaciones españolas. De ahí que la gran manifestación ideológica que significó el romanticismo europeo llegó hasta nosotros vestido de sensiblería y mediatización. España no tuvo un poeta como Goethe, una personalidad extravagante como Lord Byron, y ni siquiera una figura atormentada como Edgar Allan Poe. Su máximo representante fue un tuberculoso que en la actualidad es (injustamente) menospreciado: Gustavo Adolfo Bécquer. De ahí que al cruzar el océano, el gran movimiento romántico apenas sirvió para alimentar el oficio de poetas menores como Efrén Rebolledo, Manuel M. Flores o Juan de Dios Peza. Mención aparte merece el laureado Manuel Acuña, quien además de escribir otro de los poemas más famosos de la lírica nacional --el Nocturno a Rosario--, representó la más fidedigna actitud romántica en el país al suicidarse tras escribir su Nocturno. Para destacarse: en su gran poema, que suplica por el amor de una mujer, se presenta un antecedente del bohemio Arturo, al imaginarse, el poeta y su amada, "los dos una sola alma/ los dos un solo pecho,/ y en medio de nosotros/ mi madre como un Dios!".

Este contexto será el que envuelva a los bohemios mexicanos, jóvenes poetas y artistas de medianos alcances, que imitarán y vivirán una versión mexicana porfirista de la bohemia europea. En la lista de sus nombres se encuentras desconocidos y famosos, aunque estos últimos no precisamente por su etapa bohemia. Junto al vanguardista José Juan Tablada y al místico (y actualmente cursísimo) Amado Nervo se presentan figuras como Bernardo Couto Castillo, Julio Ruelas, Ciro B. Ceballos, Jesús Valenzuela o Jesús Urueta. Ellos serán el germen y la representación más fidedigna de la bohemia mexicana, pandilla licenciosa que habrá de dotar al México porfirista de su primer rasgo de cosmopolitanismo.

 

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