¿Por qué culpar a las hierbas de nuestra estupidez global?

La historia de las drogas está marcada por alusiones que parecen ya un lugar común, es decir, su uso dentro de un ambiente sacerdotal y místico, pero que de algún modo era capaz de mantener ciertas restricciones sobre el consumo. Con la emergencia del capitalismo y el desarrollo de una tendencia cada vez más marcada hacia la posesión casi ilimitada de bienes y cosas, también se trastocó este sentido ritual del consumo. Desde esta perspectiva, el consumo es sólo el reflejo de una sociedad que en su carrera por conseguir el éxito no se detiene a pensar en sí misma; así, la adicción a cualquier sustancia es un símil del afán por alcanzar la cumbre en cualquier contexto.

¿Por qué culpar a las hierbas de nuestra estupidez global?

Carlos Ramón Morales

Cuando el director de LiberAddictus me contó que el presente número trataría de la relación que existe entre las naciones y las sustancias adictivas, de inmediato imaginé una foto de Toscani en la que un güerito, un negrito, un chinito y un latino miran hacia nosotros con los ojos rojos y sonrisas de franca estupidez. Debajo viene el lema: Groovie World. United Colors of Benetton. Después me remordió la conciencia y traté de formular alguna reflexión seria que abarcara las diferentes idiosincrasias relacionadas con el consumo de alcohol, tabaco y demás drogas, pero las imágenes seguían presentándose burlescas: con un fondo musical globalizante (We are the world; Save the planet o El mundo unido por un balón) las distintas razas del planeta se metían con singular alegría su dosis de lo que fuera, y todos, irremediablemente, lo hacían con un anuncio de Mc Donalds detrás. Al tiempo que estas blasfemias me apenaban y divertían, evocaba el modo en que se presenta uno de los personajes de Generación X, la novela de culto del canadiense Douglas Coupland: "yo soy de Portland, Oregón, pero en estos tiempos resulta irrelevante de dónde sea uno porque 'todos los centros comerciales tienen las mismas tiendas'", Del mismo modo, importa poco dónde o cómo se intoxique uno; en todos los casos, siempre habrá el riesgo de la autodestrucción pero, sobre todo, la abulia finisecular que lleva a la soledad, la incomunicación y el honesto deseo de practicarse el harakiri.

Más allá de reflexionar sobre el distinto modo en que las naciones se ponen pachecas, sería más provechoso recordar el uso de las sustancias a lo largo de la historia. Lo primero que se viene a la mente es el lugar común del uso ritual: sacerdotes de las más disímbolas religiones beben vino, cerveza o pulque; comen hongos o fuman hashish para entrar en contacto con la divinidad. Las sustancias tienen un prestigio sagrado, en tanto son la vía para comunicarse con el más allá, y quien las consume debe prepararse de forma especial

para hacer uso de ellas. Quien utilizara sustancias psicoactivas sin ser la persona indicada, o sin someterse al ritual previo al consumo, era severamente castigado. Existía respeto por las sustancias, pero era un respeto que por igual se tenía a muchas otras áreas de la cultura: magia, religión, sacerdocio, enfermedad, divinidad, todo estaba permeado de un halo de respetabilidad que obligaba a tomar con gravedad lo circundante. Ideologías demasiado solemnes y, quizá, demasiado rígidas también.

Más relajado (y más relajiento) es el uso hedonista. Las sustancias como provocadoras del placer lo mismo se sugerían en tratados eróticos que en poemas de amor o de regocijo ante la vida, y acompañaron por igual las decadencias de los grandes imperios de la antigüedad, que sirvieron como vehículo de rebeldía y escarnio ante sistemas opresivos. Con el paso del tiempo, este hedonismo también marcó estratos y jerarquías, de tal modo que, mientras las grandes cortes europeas se daban vuelo con vinos que ganaban prestigio a fuerza de ser consumidos por reyes, condes o militares de alto rango, las clases populares se abocaban a cuasi vinagres de dudosa calidad, o a cervezas y aguardientes, bebidas baratas y sin abolengo que servían para alegrar las pequeñas tabernas. Sin embargo, las sustancias aún no tienen la connotación negativa con que ahora las calificamos; se podía criticar al consumidor ya sus excesos, pero no a las sustancias, las cuales llevaban consigo un aura de distinción y refinamiento que las transformaba, también, en productos de consumo que establecían jerarquías y abolengo.

Quizá el primer momento en que las sustancias psicoactivas representan un peligro para una gran comunidad se da cuando los ingleses someten a los chinos a salvajes intoxicaciones de opio, hecho que culminó en la famosa y degradante Guerra del Opio, de consecuencias funestas para el pueblo oriental. La simbología es sencilla y siniestra: la gran potencia occidental, conocedora de los alcances de manipulación que puede tener la sustancia, realizan una gran campaña para intoxicar a un pueblo entero y después colonizar. La respetable tradición taoísta de buscar un equilibrio y los preceptos de Confucio a favor de la templanza, son derrotados bajo las estrategias abarcadoras y avasallantes del Imperio Inglés. Los orientales pierden el respeto de sí mismos, en la búsqueda de un hedonismo sin límites, cualidad de una potencia que, con la Revolución Industrial, pondrá de moda una actitud que hemos de sufrir hasta la fecha: la falta de límites, la avidez por aumentar cuantitativamente (y no cualitativamente) la producción de bienes, la riqueza económica, el hedonismo. Con el capitalismo inglés (y después norteamericano, y en estos tiempos, mundial) perdieron prestigio valores como la templanza, el respeto hacia lo otro (y lo otro puede ser otra religión, otra raza, otra apetencia sexual, otra sustancia) y la prudencia; en su lugar se establecen como objetivos vitales la osadía, el arriesgue, la exploración más allá de lo conveniente, más allá de lo humanamente posible también.

De ahí a la era hippie y su búsqueda desaforada de sustancias que hicieran más intenso y pleno el encuentro con uno mismo, apenas hay medio paso. Quienes conocieron con María Sabina el uso de la mezcalina, no supieron hacer un uso inteligente y prudente de la sustancia, quienes redescubrieron las propiedades de la mariguana no asumieron con respeto sus cualidades y sus riesgos; el mismo uso del lsd, que con una guía y un control médico podía resultar una experiencia de interés, fue rebasado por aventureros que se arriesgaron hasta los límites de lo que hoy llamamos adicción, de lo que hoy lejos de ser un rito sagrado, se ha convertido en una lenta y constante forma de autodestrucción.

En nuestros tiempos, el uso de las sustancias está marcado por el estigma de la avidez, pero esto es un equivalente a la avidez que se tiene para muchas otras áreas de la vida. Ser un hombre exitoso, tener una empresa exitosa, formarse como un estudiante exitoso, todo lleva al exceso, a la falta de prudencia, a la carrera desaforada por conseguir una perfección total. El actual abuso de las sustancias no es, entonces, más que reflejo de una sociedad que en su precipitada carrera hacia el éxito es incapaz de detenerse por un momento para pensar en sí misma. Desde este punto de vista, ser adicto a la cocaína no es muy distinto de obstinarse en ser la empresa líder, escribir una tesis para graduarse con honores o probar elíxires (pienso en ti, Viagra) que hagan más larga e intensa la relación sexual. El uso de sustancias es la punta del iceberg de una gran podredumbre humana. La parte más visible, pero abajo de ella hay problemas igualmente escalofriantes: vender Mc Donalds en Nepal, usar la American Express en Malasia, ver una película hollywoodense que nos convenza del interés que tienen los gringos en salvar al planeta, y lo peor de todo, creer que todo esto es el punto más alto al que puede llegar la humanidad. Por eso, más que tratar el problema de las naciones y sus drogas, tendría que plantearse un problema más profundo: la globalización capitalista, y la degradante intoxicación que nos provoca el consumo de la misma heroína, la misma cocaína, el mismo Jay Leno, la misma Oprah Winfrey, el mismo Godzilla, el mismo MTV. Si todo esto provoca terribles adicciones y faltas de respeto hacia lo más íntimo de nuestra persona, ¿por qué entonces satanizar algunas hierbas que, en siglos anteriores, fueron tratadas con más respeto y más sapiencia que hoy?

¿Por qué culpar a las hierbas de nuestra estupidez global?

 

 ¡Llámenos!

(55) 5008 1709


Calle Molinos núm. 20 Int. 8

Colonia Mixcoac
Delegación Benito Juárez. CP 03910
Ciudad de México. México

©2016 Liberaddictus AC

Search