Otro ladrillo en la pared

Hay obras de arte que, independientemente de su calidad, funcionan como contraseñas que le permiten a uno transitar de un estadio a otro de la vida. Una de estas obras es The Wall, tanto el álbum de Pink Floyd (1979) como la película que, basada en el álbum, filmó Alan Parker (1980). The Wall es tan desencantada como el estreno sexual con una prostituta o la primer frustración amorosa.

Otro ladrillo en la pared

Carlos Ramón Morales

Al maestro Gustavo Pastrana,
donde quiera que se encuentre

Hay obras de arte que, independientemente de su calidad, funcionan como contraseñas que le permiten a uno transitar de un estadio a otro de la vida. Una de estas obras es The Wall, tanto el álbum de Pink Floyd (1979) como la película que, basada en el álbum, filmó Alan Parker (1980). The Wall es tan desencantada como el estreno sexual con una prostituta o la primer frustración amorosa. Nos da una certeza plena de nuestra soledad y, paradójicamente, nos hace sentir que en ella está cifrado algo esencial de nuestra existencia. La música de Pink Floyd nos hace más conscientes de nuestra vida al encararnos de lleno con la posibilidad de la muerte.

El momento que más interesa de The Wall para el presente artículo es el de la niñez, y en particular el de la relación del personaje con su maestro. En él Pinky --el personaje principal-- es sorprendido por su maestro escribiendo un poema, cuando debería estar aprendiendo las fórmulas de un problema de física. El maestro se burla de él, y lo hace sentir incompetente para el arte. Esta escena deja entrever la poca sensibilidad que tienen los distintos centros de enseñanza hacia cualquier expresión estética emanada del estudiantado. Porque no hay problema si los estudiantes destacan en matemáticas, en deportes o en biología, pero sí se suele demeritar a aquellos alumnos que muestran aptitudes hacia el arte.

Es lógico: los modelos educativos actuales, más que educar, se dedican a maquilar sujetos que cumplan con las principales funciones económicas de la sociedad. De ahí que no extrañe el marcado interés de las políticas educativas por privilegiar el aprendizaje científico y técnico por encima del aprendizaje humanístico. Las escuelas entrenan administradores de empresa, ingenieros en sistemas, contadores, abogados. Pero el arte, peligroso aparato crítico capaz de dotar a los individuos de una personalidad propia y de una visión poco complaciente del mundo, es mejor tenerlo alejado, constreñirlo al ámbito de las actividades recreativas de segundo plano, talleres de música y teatro que arbitrariamente entran y salen de los programas de estudio para darle prioridad a las ciencias exactas, al entrenamiento administrativo, a las actividades que no exigen a los alumnos un punto de vista personal.

Las ciencias humanísticas quedan, así, relegadas al azar del presupuesto. La única disciplina artística que podría salvarse es la literatura y sin embargo, es tan árido el modo de enseñarla que son pocos quienes logran tenerle aprecio. De hecho, aquellos que con el tiempo nos hicimos adeptos a la escritura, fue más porque leímos, a contracorriente, los libros prohibidos, que las ñoñas selecciones de loas a los héroes que vienen en los manuales de español. Todavía recuerdo la cara de conflicto que tenía la trabajadora social de mi secundaria cuando le enseñé que estaba leyendo "las rosas del pubis/los pechos de la ausencia" de Pablo Neruda. Me advirtió que estaba muy chamaco para leer esas cosas, y en lugar del erotismo nerudiano me sugirió que buscara los Poemas del Hogar de Juan de Dios Pésimo. Fue una suerte no hacerle caso (después leí a Sade y a Henry Miller), pero su sugerencia mostró su terror porque tomara conciencia, porque tuviera una mirada más amplia de lo que se le puede permitir a un escuincle de secundaria.

El arte, pues, es un elemento de segundo nivel en los modelos educativos, poco apreciable, en parte porque ni siquiera los mismos maestros son capaces de aventurarse por los abismos que podría sugerir un buen libro, una película inteligente, una obra pictórica que nos haga asomarnos al erotismo, la muerte, la soledad o cualquier otro valor que no esté considerado dentro de los objetivos de enseñanza de nuestro gobiernito tecnócrata. Por eso es que quienes muestran interés por el arte suelen ser marginados y tachados de sujetos disfuncionales, en tanto prefieren leer a Herman Hesse que aprenderse las fórmulas de cálculo integral. De hecho, casi todos los que después resultamos artistas solemos escuchar como comentarios a nuestros incipientes escritos: "¿De cuál fumaste?, estás bien pacheco", y así se minimiza nuestra búsqueda y nuestros primeros devaneos artísticos. La gente que suma, resta y divide, es tan normal e inofensiva como un rebaño de ovejas. Los que hacen arte están pachecos, fumaron cosas raras, están locos. Estos calificativos son la respuesta a la incapacidad de entender algo que se escape del programa oficial de la SEP.

Es muy curiosa la semejanza --obviamente, peyorativa-- que se hace de quienes muestran inclinaciones artísticas, con quien sufre de un problema de adicción. Los unos y los otros son capaces de ver cosas raras, de evadirse de la realidad y crear un mundo personal, de retar las normas morales y funcionales de la sociedad para establecer un universo de reglas y valores propios. Por eso es que en las escuelas, tan peligroso sea el que fuma mariguana, como el que está promoviendo la producción de una obra de teatro, mucho más si esta obra pretende cuestionar algún valor o institución --léase: religión, familia, la enseñanza misma-- del establishment. Pero en contra de las drogas, el arte es una propuesta mucho más positiva para encarar, cuestionar, o al menos sobrevivir en el mundo deshumanizado que nos rodea. Cierto: los detractores de las actividades artísticas podrán argumentar que el arte también lleva a quien lo transita por caminos mucho menos seguros que el estudio de la contabilidad o el turismo; hasta se podría achacar que el arte, de tan obsesivo, puede arrastrar al individuo a actitudes tan peligrosas como las que sufre un adicto. El arte, siguiendo con el símil, podría tener los mismos riesgos que la adicción. Pero, ¿no es acaso igualmente peligroso someterse a la enajenación de los cantantes de Televisa, sus denigrantes series de cámara escondida, sus telenovelas predecibles y los programas en los que se aplaude a Paco Stanley por humillar a su público? Quizá, en conclusión, habría que aceptarse que la vida es un riesgo en el que por igual podemos destruirnos o construirnos a través de la educación, las drogas o el arte. Finalmente, lo que llevará al individuo a su triunfo o su fracaso será la forma en que se adapte, enfrente y sobrelleve los retos que se le presentan. y de todos los elementos que se le pongan enfrente, el arte será, al menos, una propuesta que le permitirá explorar con mayor profundidad en su personalidad. Es un riesgo, un reto, pero también una riqueza. Es el difícil camino de aprender a ser una persona y no, como cantaría Pink Floyd, otro ladrillo en la pared.

 

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