La convivencia familiar El adulto maduro

Se aborda la etapa en la que la creación de una nueva unidad, basada en la confianza y la intimidad mutuas, incluye la preparación de un hogar para comenzar un nuevo ciclo de desarrollo, mediante una división del trabajo en la vivienda compartida. La preocupación por esta nueva generación constituye el tema de la segunda fase de desarrollo de la edad adulta: entre los 35 y los 65 años de edad; un sentido de generatividad impulsa a los individuos a luchar en contra de un sentido de estancamiento.

La convivencia familiar
El adulto maduro

Julio E. Hernández Elías1

Continuando con las diferentes etapas de desarrollo, ahora nos toca abordar la etapa en la que la creación de una nueva unidad, basada en la confianza y la intimidad mutuas, incluye la preparación de un hogar para comenzar un nuevo ciclo de desarrollo, mediante una división del trabajo en la vivienda compartida. Una unión de pareja sana es la base que permite asegurar el cuidado y el desarrollo satisfactorio de una nueva generación.

La preocupación por esta nueva generación constituye el tema de la segunda fase de desarrollo de la edad adulta: entre los 35 y los 65 años de edad; un sentido de la generatividad impulsa a los individuos a luchar en contra de un sentido de estancamiento. Debe observarse que las palabras generatividad y estancamiento no se refieren al individuo que procrea, sino al curso que él fija y sigue con su pareja en la sociedad en general, con el fin da garantizar a la generación siguiente las esperanzas, las virtudes y la sabiduría que él ha acumulado.

Un sentido individual de generatividad incluye la responsabilidad como progenitor por los esfuerzos y los intereses de su sociedad en el apoyo a las medidas de atención y educación infantil, a las artes y las ciencias, a las tradiciones que pronto se incorporarán a la vida del individuo que está desarrollándose. La vida de cada individuo implica una carrera que amalgama el amor por sus hijos, por su trabajo y sus ideas. Su vida personal, creadora e ideacional, y su comunidad, tienen que convertirse en una unidad, a menos que la absorción en sí mismo desgaste y aparte sus esfuerzos y a su propia persona de su comunidad. Cada adulto admite o rechaza el desafío de aceptar a la nueva generación como responsabilidad propia, y asegurarle la confianza basada en la primera fase de desarrollo (véase LiberAddictus núms. 57 y 58)

Gradualmente, los adultos en esta etapa que buscan transmitir la vida a la siguiente generación y se preguntan: "¿Qué es lo que tengo que transmitir?", son causantes de descubrimientos personales, al caer en la cuenta de que no sólo no han generado lo que esperaban y encuentran estancamiento.

No haber contribuido a la vida a mi edad, una contribución que pudiera haber sido transmitida a las generaciones futuras, genera crisis de significado que conducen a pensar: "Yo tenía aquellos sueños que nunca se cumplieron. No estoy haciendo lo que en realidad me gustaría hacer. Mantengo el movimiento pero no estoy recibiendo vida ni la estoy generando. No he puesto mi sello en nada interesante. Se me está acabando el tiempo y la energía. Tengo que tomar un curso diferente o mi vida seguirá siendo hueca y vacía. Ya voy para abajo".

La búsqueda de una mejor forma de vida, más profunda y más significativa, generalmente implica la confrontación con los monstruos internos. Entre las condiciones generales que la población adulta comparte en esta etapa, observamos que sufren la pérdida de sus padres ancianos, un cambio de trabajo o el retiro, hijos con problemas o que se van de casa, dificultades conyugales o divorcio, un cuerpo que está envejeciendo o que está enfermo, problemas económicos, etcétera.

Muchas personas llaman "la crisis de la mitad de la vida" a un problema que se presenta de variadas formas y circunstancias, porque puede suceder en cualquier momento y muchas veces cada que nos cuestionemos el significado de nuestras vidas. Las estadísticas conservadoras refieren que 20% de los adultos nunca tendrán estas crisis, mientras que el resto de la población sufrirá estas crisis cada seis u ocho años.

Es importante hacer notar que las crisis están asociadas al número de transiciones que cada individuo ha enfrentado, como el cambio de trabajo, problemas económicos, hijos problema que han abandonado el hogar, extirpación de un seno, intervenciones quirúrgicas de cuidado y la muerte de algún ser querido. De tal manera, las crisis pueden ocurrir en cualquier etapa de la vida, pero comúnmente es en la etapa de los cuarenta cuando la gente se pregunta: "¿Qué es lo que quiero hacer antes de morirme?". Un hombre maduro me decía: "Siento que ya no estoy creciendo, estoy haciéndome viejo, y cuento no sólo los cumpleaños, sino los años que me quedan. Todas mis curvas están en lugares equivocados, detesto mis lentes bifocales, y no cuento mis proyectos en términos de horas sino en términos de la energía que necesitaré para terminarlos; me voy acostumbrando a pensar que las crisis son normales y que tengo muchas etapas normales".

Las crisis del adulto de edad media pueden adoptar formas diferentes para hombres y para mujeres. Éstas, por ejemplo, tienden a desarrollarse, a cuidar de las necesidades de otros; las menos también tenderán a cuidar sus propias necesidades pero hasta haber terminado los deberes, como las que estudian una carrera cuando los hijos han crecido, Los hombres, al contrario, tienden al cuidado de sus propias necesidades, sacrificando relaciones personales para avanzar en su carrera; en un segundo momento se preocupan de las necesidades de los demás.

"Tanto hombres como mujeres resuelven sus crisis encontrando nuevas formas para cuidar de sí mismos y de los demás. La virtud o la tarea del cuidado consiste en encontrar el equilibrio entre la generatividad y lo que da a los demás y el ensimismamiento en el cual uno nada más recibe. La persona que nada más da a los demás se arriesga a desgastarse, a asfixiar a los demás y a tener una vida interior vacía. La persona que nada más recibe se arriesga a caer en el egoísmo, a la indiferencia de los demás y a nunca convertirse en un adulto que genere vida."2

Amar al prójimo como a uno mismo significa emprender una búsqueda interior por medio de las relaciones íntimas, de la recreación, de los pasatiempos, de los viajes, de los pasatiempos, de la meditación, del explorar áreas nuevas de aprendizaje, entre otras actividades.

Notas
1 Director de Especialistas en Adicciones AC
2 Linn, M y otros, Cómo sanar las ocho etapas de la vida, México, Promexa 1994.

Para consultar
- Maier, H., Tres teorías sobre el desarrollo del niño: Erikson, Piaget y Sears, Buenos Aires, Amorrortu, 1984.
- Linn, M y otros, Cómo sanar las ocho etapas de la vida, México, Promexa 1994.
- Pittman, F, Momentos decisivos. Tratamiento de familias en situaciones de crisis, Buenos Aires, Paidós, 1992.

 

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