La convivencia familiar El adulto joven (primera de dos partes)

Describe la etapa del joven adulto, cuyo eje central del desarrollo se encuentra en la disposición psicológica y el compromiso de mutua intimidad en la relación con la pareja. Esta disposición requiere la voluntad y la capacidad de brindarse mutua confianza, de organizar los espacios de trabajo, procreación y recreación, en función de una participación más plena y satisfactoria de cada uno de los miembros de la pareja en la sociedad, con el objetivo de cimentar el desarrollo sano de los posibles hijos. Para utilizar las palabras de Freud, el individuo demuestra su capacidad de realizar una adultez sana mediante la capacidad para amar y trabajar.

La convivencia familiar
El adulto joven
(primera de dos partes)

Julio E. Hernández Elías

Durante los pasados cinco números de LiberAddictus, en esta sección se han tratado aspectos relacionados con la salud y el desarrollo de niños y jóvenes en la convivencia familiar. El propósito que nos guía es informar y orientar al lector sobre los tópicos y tendencias vigentes en América Latina para promover y preservar la salud, como parte de la estrategia básica en la prevención de problemas psicosociales, entre los que se encuentran las adicciones.

Hemos abordado los aspectos básicos del desarrollo humano --que pueden ser útiles para el lector interesado en el apoyo a los menores--, tales como el cuidado del niño desde su nacimiento, hasta el término de la adolescencia. El planteamiento general de cada una de las etapas de desarrollo reconoce los satisfactores de las necesidades infantiles y juveniles, el desarrollo de competencias requeridas (como la habilidad para adaptarse a diferentes contextos) y la necesidad de crear redes sociales que contribuyan a brindarles un mejor apoyo familiar, escolar y social.

Los principales factores de riesgo en los que se pretende incidir son: la conflictividad familiar, el consumo de sustancias como alcohol, tabaco, otras drogas e incluso el consumo habitual de fármacos legales, así como el autoritarismo y la permisividad, la pasividad y/o ausencia de alguno de los padres. Estos factores de riesgo, pueden ser contrarrestados ampliando el impacto de los factores de protección, tales como el mejoramiento de la calidad en las relaciones familiares; la creación de actitudes coherentes en los padres respecto al consumo de drogas; el establecimiento y la claridad de las normas que rigen la convivencia; la flexibilidad y adecuación de las normas para mantener a la familia completa en un ambiente de confianza y apoyo en la convivencia familiar.

Consideramos que cada una de las etapas de desarrollo contiene temas generales indispensables que todo padre, profesor o allegado adulto en contacto con menores puede conocer. Los temas que recomendamos actualizar se encuentran en el cuadro 1, al final de esta sección.

Dicho lo anterior, continuamos con la revisión y pasamos a la siguiente etapa.

El joven adulto
El sentido de identidad que el joven ha venido adquiriendo durante la etapa de la adolescencia le asegura un rol y una posición en su sector social.

Ahora inicia una etapa que implica un mayor compromiso social, con una participación plena en su comunidad con la libertad y responsabilidad de todo adulto. Según Erikson, la adultez psicológica incluye un continuo crecimiento y espacios sociopsicológicos dedicados al trabajo y/o al estudio de una vocación dada. La adultez también implica la intimidad social con otra persona a fin de elegir compañero para una relación íntima, más o menos prolongada o permanente, como el matrimonio.

El joven adulto adquiere su fuerza definitiva con la elección de compañeros cuyas identidades yoicas son complementarias a la suya en un aspecto esencial, y que pueden fusionarse en la relación sin generar riesgosas discontinuidades de la tradición, o similitudes incestuosas, ya que estas situaciones tienden a deteriorar el desarrollo de los hijos.

El eje central del desarrollo se encuentra en la disposición psicológica y el compromiso de mutua intimidad en la relación con la pareja. Esta disposición requiere la voluntad y la capacidad de brindarse mutua confianza, de organizar los espacios de trabajo, procreación y recreación, en función de una participación más plena y satisfactoria de cada uno de los miembros de la pareja en la sociedad, con el objetivo de cimentar el desarrollo sano de los posibles hijos.

Encontrar un sentido de la solidaridad en la elección de un compañero (que representa el ideal de toda la experiencia anterior con el sexo opuesto) es un juego de azar. Además, simultáneamente, el joven experimenta una crisis de desarrollo contraria, relacionada con el sentido de aislamiento y distancia si permanece solo, lo cual viene a reforzar este hecho.

En esta fase, se requiere superar la tendencia a mantener una distancia social segura, a repudiar a los otros y a destruir a quienes puedan aproximarse. Este conflicto está lleno de sentimientos de vacío social y de que se experimenta como una unidad aislada en un mundo de unidades familiares. "Más aún, la crisis implica un modo de genitalidad, que antes estaba sublimada, y cuya solución se alcanza mediante el matrimonio." Para utilizar las palabras de Freud, el individuo demuestra su capacidad de realizar una adultez sana mediante su capacidad para lieben und arbeiten (amar y trabajar). Logra una pauta de vida personalizada que le garantiza una 'dentidad individual en la intimidad conjunta' Por extraño que parezca, en los mundos del trabajo y dl amor hablamos de hallar un camino. En el trabajo y en el matrimonio, esos esfuerzos están dirigidos a mejorar e interpretar las pautas de cooperación, teniendo en cuenta --n mayor o menor medida--la competencia y las pautas de amor, amistad y otras asociaciones. Si estos esfuerzos no son satisfechos en el matrimonio, el individuo debe aislarse y encontrar soluciones que se desvían de la norma aceptada, para orientarse hacia relaciones interpersonales más formales y asociaciones amorosas más bien orgánicas. Esto es válido tanto en a esfera del trabajo como en la esfera del amor. La superación de la adolescencia requiere un sentido de identidad; la superación de la primera fase de la adultez exige hallar un sentido de la identidad compartida. La solidaridad del matrimonio es el logro evolutivo e individual de la selectividad del amor sexual, "por la verificación mutua mediante la experiencia de hallarse uno mismo, cuando se entrega, en otro". Una pauta personalizada de vida es válida también en las esferas de la ciudadanía y el trabajo. El joven tiene que experimentar una unidad íntima con su sociedad si no quiere sentirse aislado. En el trabajo, encauza sus energías con el fin de progresar, o hace lo propio en las inversiones laborales de su vida (vocaciones o aficiones) que para él son auténtico trabajo. Erikson sugiere que los hombres y las mujeres son semejantes en su capacidad de ciudadanía y trabajo; sin embargo, sus modalidades para relacionarse con estos aspectos de la vida son distintas. Sobre todo, los progresos técnicos han introducido una diferencia en las normas políticas y sociales, de modo que las mujeres se han incorporado a esferas de la vida que están más allá de los límites tradicionales del ama de casa, la que atiende al marido y la madre. "Las mujeres han entrado en campos que antes eran sólo para hombres --las ciencias políticas y la ingeniería, el manejo de camiones y las oficinas de los ejecutivos, por ejemplo-- y han incorporado así cualidades femeninas a esas esferas del mundo del trabajo."1

Cuadro 1.

Del nacimiento al comienzo en la guardería. Los cuidados básicos de alimentación, higiene, necesidades de contacto, así como la observación del niño en sus etapas del desarrollo y su manejo. El fomento de los comportamientos esperados, la extinción de conductas inadecuadas junto con la coherencia entre normas y consecuencias. El desarrollo del autoconcepto así como los juegos y los juguetes.

Desde los seis a los 10 años. La separación de los padres y de los hermanos, la relación con los compañeros, las responsabilidades, la comunicación como forma de resolver conflictos. Los hábitos de estudio y la solución de problemas. Los juegos y los juguetes adecuados a la edad y la planificación del tiempo.

Desde los 11 a los 14 años. La adolescencia. La relación con el grupo de iguales y las influencias externas como los medios de comunicación, las modas y el consumo. Los trastornos adictivos: drogas, juego, videojuegos, alimentación. La responsabilidad con respecto a los estudios. La anticipación de las consecuencias de los comportamientos, los problemas que sienten los adolescentes, las relaciones afectivas y su abordaje.

Desde los 15 a los 18 años. La negociación de las normas. La planificación y responsabilidad sobre el futuro. La comunicación como forma de plantear conflictos, de expresión de sentimientos, etcétera. Problemas relacionados con el estado adulto: las presiones, la imagen, la moda, el consumo, entre otros. El papel de los padres en los problemas de los hijos. La adaptación de los padres a la independencia de los hijos. El seguimiento a distancia de los hijos con el ejemplo de adulto a adulto.

Fuente cuadro 1: A. Villa Canal y J. J. Fernández Miranda, "Las escuelas de padres: un elemento imprescindible en la prevención familiar de las drogodependencias", en Revista española de drogodependencias, vol. 24 núm. 2, 1999, Asociación Científica Drogalcohol, Valencia, España.

Nota
1.- Henry Maier, Tres teorías del desarrollo del niño: Erikson, Piaget y Sears, Buenos Aires, Amorrortu, 1984, pp. 79-80.

 

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