Instinto vs luz. Las trampas del sexo o la raíz de la posesión

Mientras que la sexualidad en la Edad Antigua estaba basada en secretos y simbolismos y transitó después por la más cruenta represión e hipocresía en la Época Victoriana del siglo XIX, la Edad Moderna la puso en un pedestal. La revolución sexual convirtió a los genitales en una mercancía e impuso la lógica capitalista en las relaciones íntimas. En este artículo se hace una reflexión breve de cómo el instinto de muerte se manifiesta en la sociedad sexo-adicta de la actualidad al olvidar que el sexo es un vehículo del amor. Se afirma que todos los mensajes de la industria sexual están dirigidos a bombardear al inconsciente primitivo y le hablan a la parte más primitiva del ser humano, la bestia, y no al hombre. Sin embargo, cuando la experiencia sexual se asume libremente, sin el delirio de la posesión y no es tomada por el ego controlador, se libera de esos instintos de muerte.

Instinto vs Luz.
Las trampas del sexo o la raíz de la posesión

Licenciada Janine Rodiles

Para Antonio Pozo, que  me enseñó el secreto.

En su célebre película Luna Amarga (1992), Roman Polansky descorre el velo del sadomasoquismo volcándonos ante una pareja atrapada por la pasión. El vínculo que sostiene a esta pareja es el sexo. El drama sigue la lógica de la obsesión y deriva en un instinto destructivo, tanático.

La pareja la constituyen Mimí (Emmanuelle Arsen), una mujer joven, bellísima, con un cuerpo exuberante, y Oscar (Peter Coyote), un hombre mayor que intenta ser escritor. Óscar queda eclipsado por los encantos físicos de Mimí, quien flamante de sensualidad se desborda en juegos sexuales que paulatinamente se hacen mórbidos, hasta que él se ve reducido a un esclavo del pubis, los muslos, las caderas, los senos de ella. Y comienza a odiarla por eso. Por haberlo disminuido a un idólatra del cuerpo femenino y los placeres que de él emanan. Perdido en la oscuridad de su primitiva naturaleza desbordada, Oscar es testigo de cómo se derrumba su vida racional: incapaz de escribir y establecer un contacto con el mundo externo y su sociedad, sin que el peso de su pareja lo apabulle. Mimí, aferrada a mantenerlo como esclavo de su cuerpo, lo chantajea, le suplica, lo provoca para que la golpee y el peso de la culpa lo mantenga pegado a sus faldas. Ella es víctima de ese mismo ciclo posesivo,  porque también se pierde: sus intereses profesionales y artísticos quedan amontonados en el armario, mientras la irracionalidad de su instinto la despedaza.

La pasión se transforma en odio. Con la misma furia que vivieron el placer de la carne, ahora gozan destruyéndose el uno al otro, menospreciándose, boicoteándose, en un círculo de posesión representado con el más fino sadomasoquismo: el que ejerce el uno sobre el otro a través de los métodos más crueles que su propio instinto tanático inspira. Incapaz de liberarse de esa cadena, la pareja concluye con la muerte, única salida al estadio de depredación en que se embarcaron.

Lejos de ser un drama fílmico, Luna amarga retrata el problema de la sexoadicción, tan generalizado y fomentado por los medios de comunicación masiva. La sociedad, que ha convertido a la sensualidad en una de sus mercancías más preciadas, pone en circulación un gran arsenal de lo que podríamos llamar industria sexual: condones, pastillas anticonceptivas, lubricantes, consoladores, pornografía en todas sus presentaciones (revistas, videos, sexo-bares, etc.) y todo tipo de productos son vendidos gracias a que el ser humano ha permitido la apropiación de su intimidad por la lógica consumista. El instinto de posesión, premisa básica de la sociedad consumista, se traslada casi miméticamente a la esfera de la intimidad para corromperla y arrastrar la a la más esquizofrénica aberración: la soledad en pareja.

Una sociedad sexo-adicta
El nuevo desorden amoroso desenmascara una revolución sexual que convirtió a los genitales en una mercancía e impuso la lógica capitalista en las relaciones íntimas.

Mientras la sexualidad en la Edad Antigua estaba basada en secretos y simbolismos, y transitó después por la más cruenta represión e hipocresía en la Época Victoriana del siglo xix; la Edad Moderna le puso un pedestal, desencarnándola de cualquier posibilidad emotiva o espiritual. La nueva lógica del discurso sexual se explica por la compulsión, la acumulación, la competencia y la rentabilidad. Bajo el espejismo de la libertad, la explosión orgásmica --el pene todo eyaculador-- se impuso democráticamente como medida del éxito sexual para hombres y mujeres. "La represión reside tanto en la prohibición como en la formación de un cuerpo de placer centrado en lo genital... La revolución sexual como redención total al mero ejercicio de los órganos genitales es una aberración y una imbecilidad tan monstruosa como el puritanismo hipócrita de las generaciones anteriores. El culto al orgasmo tal vez sólo tenga una función: concentrar toda la emoción (humana) en el sexo y liberar al cuerpo de todo deseo a fin de hacerlo disponible al trabajo"1.

Así el cuerpo humano queda reducido a una doble máquina de producción, tanto de placer tanático como de fierros: semen y desechos industriales son equivalentes bajo esta perspectiva depredadora. Para garantizar este vértigo, la sociedad de consumo opera con una compleja maquinaria de mensajes dirigidos a bombardear el inconsciente primitivo. Le hablan a la bestia y no al hombre. El discurso amoroso se decodifica en senos, nalgas, amplios pechos, piernas exuberantes, caras provocativas, miradas que transmiten posesión y desprecio a la vez. Están en todas partes: en los comerciales de coches, pañales para bebés, alimentos, medicamentos, ropa, utensilios caseros; en series televisivas, películas de acción, de aventura, y series infantiles, en carteles del metro, en anuncios espectaculares arriba de los edificios, tratando de capturar cualquier mirada. Contra este bombardeo dirigido a niños, jóvenes, adultos y ancianos, no hay reglas. El culto orgásmico no tiene límites.

El instinto de muerte Al olvidar que el sexo es un vehículo del amor, a través del cual dos seres comparten la energía más fina que poseen y viven una de las experiencias más profundas de contacto humano, la sociedad moderna ratifica su sello depredador, basada en el instinto de la muerte y la destrucción. En la genitalidad se encuentra la parte más primitiva del ser humano. "Sigmund Freud, padre del psicoanálisis, postuló dos categorías de instintos: aquellos cuyo fin es la preservación de la vida y los que, contrarrestándolos, tienden a un retorno a la condición inorgánica. Vio una profunda relación entre ambos grupos de fuerzas instintivas y entre las tendencias opuestas de los procesos psicológicos del organismo humano: anabolismo y catabolismo. Los procesos anabólicos son aquellos que contribuyen al crecimiento, el desarrollo y la acumulación de nutrimentos; los catabólicos están relacionados con el consumo de reservas metabólicas y el dispendio de energía. Freud también vinculó la actividad de dichas fuerzas, al destino de dos grupos de células en el organismo humano; las células germinales, que son potencialmente eternas, y las células somáticas regulares, que son mortales. El instinto de muerte  opera en el organismo desde el primer momento, convirtiéndolo gradualmente en un sistema inorgánico".2

A ese proceso catabólico están dirigidos todos los mensajes de la industria sexual. Son llamados al instinto de muerte que, como el mismo Freud señaló, está depositado en el instinto sexual, sede de las conductas primitivas cuando se le reduce a una experiencia física e inanimada.

Las reglas y normas de la sociedad han esclavizado al ser humano a través de una sexualidad descarnada de amor, ternura, entrega y espiritualidad. Se le impide al individuo la libertad de vivir la sexualidad como experiencia sublime: si bien la sexualidad ya no padece tanto del halo pecaminoso, tampoco le va muy bien con el libertinaje genitalista y orgásmico. La falsa dicotomía entre cuerpo y alma es una ilusión dualística que confunde la existencia.

Es claro que los medios de comunicación masiva, la familia, o el discurso educativo sexual predominante no se ocupan de la parte elevada, creativa y amorosa de la sexualidad del individuo, sino de la energía sexual en su estado más bruto, donde es caótica y compulsiva. Es el instinto del placer sin la intervención de la razón. Los animales actúan de esta manera pero una vez satisfechos su organismo vuelve al equilibrio. No sucede así con el ser humano, capaz de "rendir culto" al placer y desarrollar actitudes compulsivas, gracias a la relación mente-instinto que correspondiéndose  incrementa --a través de obsesiones-- la capacidad orgánica para vivir el placer. Como cualquier compulsión o dependencia, termina destruyendo a su protagonista.

El tema de los sexoadicción no ha sido tratado lo suficiente, como problema de psicopatología moderna y causa de sufrimiento emocional de muchos individuos. Se habla de la problemática sexual relacionada a la violación o conductas abusivas como sadomasoquismo, inversión, vouyerismo o canibalismo, pero no se plantea que el ejercicio de esta sexualidad orgásmica sea fuente de problemas mentales, como la depresión y la adición (compulsión-dependencia), o la incomunicación de la pareja, ya que esa sexualidad posesiva y enfermiza deriva irremediablemente en relaciones de poder y, en consecuencia, de depredación. El amor se reduce a un cúmulo de expectativas de placer físico basado en un sistema de poder y orden regulado por el ego, en donde toda la comunicación está al servicio del control del otro para garantizar que éste sea fiel siervo de ese placer.

El sentido de la vidaPor vivir conscientemente, el ser humano es la única especie que puede ser víctima de sus compulsiones. Aunque sea una paradoja, muchas personas cruzan diario la puerta falsa del sexo, al creer que en la satisfacción de los instintos puede encontrar el sentido de su existencia. Lejos de transitar un camino de plenitud y realización, aquél que se hace víctima de sus instintos básicos cae irremediablemente en la pendiente tanática. La pareja desarrolla sus prácticas sin darse cuenta que el mundo inconsciente primitivo les va ganando terreno a su esfera racional, llevándola al delirio, la obsesión y la compulsión posesivas, que al convertirse en el centro de su dinámica los reduce a estados primitivos. Pero una pareja no puede permanecer por largo tiempo en ese estado: o bien desarrolla una simbiosis patológica, garantizando la dependencia, o se desata la lucha por la liberación de esa mutua esclavitud,  con el desenlace de una ruptura violenta y dolorosa, donde casi siempre el rencor y la culpa están presentes.

¿Qué es lo que hace que el sexo sea ese imán tan poderoso, capaz de convertirse en el centro de la vida de una persona?, ¿por qué la industria de la sexo-adicción tiene un éxito galopante? ¿qué busca el ser humano en la vida orgásmica?, ¿cuál es la verdadera experiencia humana tan elevada y completa que el sexo ofrece?.

Los líderes espirituales de oriente y occidente aseguran que el destino del ser humano --el más elevado, por supuesto-- es desaparecer en la Unidad, perder la noción de sí mismo en el todo. No es osado decir que el momento del éxtasis sexual ofrece esa experiencia. No obstante, ningún líder espiritual, hasta donde sabemos, aconsejaría a un discípulo realizar la Unicidad a través de la experiencia sexual. Aunque en el Génesis de la Biblia de Jerusalén se apunta que el ser humano realiza la imagen de Dios en la unidad de la pareja, se refiere a los atributos del amor, la procreación y el cuidado de la especie sobre las generaciones futuras de la humanidad:  "Creó pues Dios al ser humano a imagen suya. A imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó, bendíjolos Dios y díjoles Dios: Sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra (...)". Ese canal de la fecundidad es hasta nuestros días la sexualidad genital, pero no necesariamente tiene que prevalecer esa vía.3

El encuentro sexual involucra al ser humano en su totalidad y no sólo a sus genitales. Quizá no haya otro asunto que active tantas capacidades humanas. Activa sentimientos (ternura, alegría, pasión), el sistema de valores (confianza, seguridad, honestidad, pureza), la inteligencia y la percepción (capacidad para recibir y entregarse al otro), así como el discurso visual, lingüístico, simbólico, antropológico y espiritual (energías sutiles que entran en interrelación).

El ser humano que va al encuentro sexual sin gozar de la riqueza que tiene la experiencia en sí misma debe necesariamente sufrir, como el que asiste a un banquete y sólo es invitado a comer migajas.

Cada relación sexual puede ser un universo de luz. En la pareja está la unidad, la plenitud, que a la vez es infinito y eternidad. En ese Universo creado e inspirado por el amor, nace la armonía capaz de hacer olvidar al ser humano, quizá por unos momentos, el drama de su separación entre él y su esencia trascendental. Si esta experiencia se asume libremente, sin el delirio de la posesión y no es tomada por el ego controlador, la sexualidad humana queda liberada de la vertiente tanática. La pareja construye un nuevo código, basado, no en mecanismos de poder y sometimiento (expresiones a la vez de miedo e inseguridad) sino en el amor, donde la regla es compartir. Entregarse al otro, sin establecer exigencias, es lo que produce alegría en el encuentro humano, allí es donde se celebra la verdadera entrega, que va más allá de la territorialidad genital. Porque la persona que se sabe íntegra y se ama y respeta a sí misma, genera su propio núcleo de felicidad y realización, y no busca a la pareja para llenar su vacío interior, sino para exhalar aquella intimidad que ha cultivado como ser.  Desea compartir este espacio pródigo de alegría, de ternura y regocijo que es el erotismo sexual.

Notas
1. Buckner, Pascal y Finkielkraut, Alain. El nuevo desorden amoroso. Anagrama, Barcelona, 1979, p.53
2. Grof, Stanislav. Psicología transpersonal. Nacimiento, muerte y trascendencia en psicoterapia. Kairós, Barcelona, 1994. p. 171
3. Aunque no siempre tendrá que ser así. He tenido la impresión de que los avances en ingeniería genética pueden llegar a reemplazar la vía genitalista de la creación --de hecho, ya lo están haciendo--, lo que liberaría el erotismo de la función creadora y abriría el campo a una sexualidad menos genitalista, más libre y menos anclada al paradigma de la pareja heterosexual  y centrada en el matrimonio u otro tipo de contrato social cuya función es garantizar la propiedad sobre la tierra, y otros bienes materiales. Tampoco me parece arrebatado pensar que en una cambio fundamental en la genética y estructura física del hombre esté en ciernes. Mi hipótesis es que, conforme el hombre vaya avanzando más en las esferas de su espiritualidad, su organismo (y especialmente su cerebro) tenderá paulatinamente a hacerse menos animal y más racional o humano. Me refiero a las partes primitivas del cerebro, es decir, la que conecta con la columna vertebral (cerebro reptilesco o de protección y ataque, más relacionado con el instinto de supervivencia) y el cerebro mamífero (parte occipital), que está relacionado con los estadios carnívoros de las especies. Es interesante ver cómo los movimientos macrobióticos y naturalistas tienden claramente a esa transformación. el consumo de carne está muy relacionado con la necesidad de proteínas gruesas, vinculadas con los reflejos de agresión y defensa

 

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