Límites claros: antídotos contra la compulsión

Dicen que como es adentro es afuera, y así cuando se revisa un tema que molesta en el exterior, es importante también revisarlo dentro.
Mientras escribo este artículo, tengo frente a mí una bolsa de galletas MacMa. Me fascinan estas en particular, son de chocolate y tienen un corazoncito rosa en el centro. Sé que mientras la mano alcance la bolsa, a la par de los renglones, puedo ir comiendo una tras otra, saboreándolas o tal vez con la inercia mano-boca.

Límites claros: Antídotos para la compulsión

Maricarmen Fernández Espinosa*

Dicen que como es adentro es afuera, y así cuando se revisa un tema que molesta en el exterior, es importante también revisarlo dentro.

Mientras escribo este artículo, tengo frente a mí una bolsa de galletas MacMa. Me fascinan estas en particular, son de chocolate y tienen un corazoncito rosa en el centro. Sé que mientras la mano alcance la bolsa, a la par de los renglones, puedo ir comiendo una tras otra, saboreándolas o tal vez con la inercia mano-boca. Cuando concluya el texto habré terminado 450 g de galletas que no necesitaba, sin hambre y seguramente me sentiré demasiado llena para disfrutar dentro de dos horas la comida que alguien con amor me está preparando. (Protegiéndome de lo anterior, en este instante guardo la bolsa.)

La sociedad insiste en imponer la idea de que los límites no cuentan, o al menos no cuentan tanto, que poco o una vez al año no hace daño, que siempre se puede recapacitar después, que hay tiempo para arrepentirse. Con la mayoría de las drogas ilegales esto no funciona así. Una dosis más de alcohol, de éxtasis, marihuana o cocaína, puede hacer la diferencia entre la vida y la muerte de una persona.

La decisión de poner un límite a algo que hace daño es cuestión de SÍ o NO.

En el tema de la comida esto se vuelve algo turbio, porque difícilmente algo que se come, (exceptuando el veneno, arsénico o cianuro), causa un daño letal. Aún para quien padece enfermedades como diabetes, colesterol alto o problemas cardíacos, un poco no hace tanto daño.

La forma de comer de cada persona nos dice mucho de su forma de vivir. Se puede decir "hoy un poquito porque mañana ya no", y así seguir el resto de la vida. Así como comer de más o comer mal puede ser relativo, así cualquier otro comportamiento que requiera límites.

Se tolera el abuso, "un poquito", "mañana le digo", "para no ocasionar problemas", se permite la flojera, la desidia o simplemente la vida se va dejando pasar tranquilamente, sin mayor problema.

El problema se presenta cuando se rebasan los límites que debieron establecerse, y entonces todo lo que podía haberse resuelto paulatina y sanamente, requiere soluciones drásticas y dolorosas.

Le pregunto a una alumna en el diplomado:

--¿Tu esposo sabe cuánto te molesta o te duele que no te ayude con tu hijo de dos años cuando tú, embarazada de cuatro meses, quieres dormir media hora, y él te ignora y se duerme primero?

-No. A ciencia cierta no lo sabe, y es que no quiero causar problemas.

Qué error pensar que el límite que no se pone, por no decirlo, no existe. Cuando alguien no tiene claro el SÍ y el NO, la vida se encarga de irlo aclarando, casi siempre con dolor.

En general, los límites físicos son claros: las cercas o los mojones de un terreno, las fronteras que aparecen en los mapas, las paredes de una casa, etcétera.

Es diferente cuando los elementos no son sólidos y pueden confundirse con otros: así, el estero que llega al mar tendrá cierto grado de salinidad en una parte, y unos metros adelante será menos dulce, y así hasta que el agua salada invada completamente a la que había en un principio. ¿Dónde empieza una, dónde termina? Así se vive a veces. No sabiendo a ciencia cierta dónde están los límites.

Un No quiero puede confundirse con un No te preocupes cuando hay miedo de defender lo propio, o cuántas veces uno ha inventado una mentira para justificar un simple No quiero, para disfrazarlo con un No puedo.

El límite claro en una relación le muestra al otro dónde está parado, a qué se atiene, qué cosas específicamente hacen crecer o deterioran el cariño, la confianza o el amor.

La compulsión a la comida confunde los límites tanto físicos (desde la incapacidad para sentir satisfacción o malestar al terminar un platillo que no se quería y, tal vez por el exceso, hace daño) como emocionales, porque al empezar a comer compulsivamente se diluyen los problemas, se distorsiona el impacto emocional de los acontecimientos y todo se pospone para mejor ocasión.

Puede costar el mismo trabajo decir NO al pastel de chocolate que a la petición de la vecina, del hijo o la pareja. Pero poner límites en cualquier área puede provocar una reacción en cadena, como cuando una ficha de dominó derriba a todas las demás; un límite lleva al otro. Cuando se saborea el placer de decir lo que se piensa, se siente o se cree, puede uno empezar a saborear el placer de comer lo que realmente se necesita, lo que nutre al mismo tiempo que se disfruta.

Ciertamente, poner límites tiene que ver con una autoestima bien plantada. Quien piensa que al no ceder perderá el cariño y la aceptación de los demás, tendrá mucho cuidado en decir lo que realmente necesita, y se limitará a contestar lo que los otros quieren oír. Esto es un círculo vicioso muy desgastante.

Por un lado, la persona que no puede pedir lo que necesita, con cada negativa a sí mismo, se siente más frustrado y menos respetado por él mismo, y también por los demás.

Con esta sensación de valer poco, se enfrentará al siguiente acontecimiento, al que probablemente responderá de la misma forma. Así, mientras se respeta menos, también va siendo menos respetado por los otros, y tiene miedo de que, acostumbrados a su SÍ constante, los demás lo abandonen si se atreve a alzar la voz con una negativa. Algunas veces sorprende ver a quien en apariencia era todo aceptación gritar desaforado ¡Nunca más de esto!, como en la película de Jennifer López.

Entre más claros, honestos y respetuosos sean los límites, habrá menos necesidad de gritar. El grito, de hecho, viene del miedo, aunque parezca lleno de fuerza.

Establecer límites es una virtud difícil de alcanzar y muy apreciada en una relación.

La verdadera libertad, incluye límites responsables.

Nota
* Psicoterapeuta.

 

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