Miedo, enojo y culpa: aliados de la compulsión

Muchos se preguntarán, agobiados por los sentimientos desagradables, "¿Para qué sentimos?" Pudiera parecer que vivir sin sentir resulta más fácil, tanto como razonar que la distancia más corta entre dos puntos, es la recta. Pero, como diría Pascal, el corazón tiene razones que la razón ignora. El corazón, el hígado o la parte del cerebro que controla las emociones, no conocen la recta. Su proceso es complejo y mostrará los frutos de la siembra cuando tal vez no se recuerde qué se sembró ni por qué.

Miedo, enojo y culpa:
aliados de la compulsión

Maricarmen Fernández Espinosa*

Muchos se preguntarán, agobiados por los sentimientos desagradables, "¿Para qué sentimos?" Pudiera parecer que vivir sin sentir resulta más fácil, tanto como razonar que la distancia más corta entre dos puntos, es la recta. Pero, como diría Pascal, el corazón tiene razones que la razón ignora. El corazón, el hígado o la parte del cerebro que controla las emociones, no conocen la recta. Su proceso es complejo y mostrará los frutos de la siembra cuando tal vez no se recuerde qué se sembró ni por qué.

Entre los sentimientos que, aparentemente, estorban se encuentran el miedo, el enojo y la culpa.

Miedo
Es un sentimiento innato que permite a los seres vivos saber con claridad qué puede afectarlo, lastimarlo o quitarle la vida. Así, el miedo es necesario para la sobrevivencia física. Sin él no se sabría qué hacer ante el peligro. El estrés que genera el miedo le permite al animal o al hombre poner todos sus sistemas en alerta, utilizar sus recursos de la manera más eficiente posible y hacer lo que sea necesario para sobrevivir.

El niño nace con dos miedos: a caerse y a los ruidos fuertes. Los demás miedos se van generando o alimentando en él, para controlarlo o convertirlo en una persona de bien.

La madre, para asegurarse de que su hijo no se aleje, puede decirle que más allá de la esquina hay un monstruo; después tal vez le diga, si el niño se ha vuelto miedoso en extremo, que la medalla del santo que lleva en el pecho lo cuida de los monstruos. Así, el niño tendrá dos miedos: al monstruo y a perder la medalla.

A pesar de todos los miedos absurdos o irracionales con que a veces se alimentan a los niños, el miedo es un sentimiento respetable, digno de tomar en cuenta y atender. De hecho, el enemigo del amor no es el odio, sino, precisamente, el miedo. Porque éste puede paralizar a alguien de tal forma que le impida avanzar en cualquier dirección, incluyendo la maravillosa experiencia de explorar la intimidad de otro ser humano, tarea por demás difícil, pero quizá una de las que más valgan la pena en la vida.

Después del miedo a la muerte o a los peligros que se acercan a ella, el miedo más grande del ser humano es el de ser abandonado.

El abandono, en el principio de la vida, implica la muerte física, pues pasan muchos años antes de que el niño pueda bastarse a sí mismo; después, el abandono puede implicar la muerte emocional. En una relación, el miedo puede ser la vía por la que se filtren las conductas más insanas. Por miedo, una persona puede mentir, abusar, lastimar, y lo más paradójico, por el miedo a ser abandonado, a su vez puede abandonar: "Me voy antes de que me abandones".

La comida puede ser un anestésico poderoso para este sentimiento tan difícil de tolerar, ya que lo disminuye, distorsiona o lo pospone, y, por momentos, parece que el miedo desaparece. El problema de ignorar el miedo es que también se ignora la causa que lo provoca, e impide tomar una dirección correcta. Comer por miedo sólo detiene y confunde: es como tomar una aspirina (o varias) para aliviar un tumor en el cerebro. La pregunta clave para atender el miedo es "¿Qué necesito?"

Enojo
Es el sentimiento que alerta para la sobrevivencia emocional. En el caso de los animales, el enojo indica al otro que se invadió un territorio. Pero cuando un animal ha mostrado su jerarquía no necesita mascullar el enojo un minuto más.

El ser humano, que debería usar el enojo para lo mismo y luego pasar a lo siguiente, puede perderse en este sentimiento por horas, días o años. Porque el enojo puede dar poder, pero si no sirve para establecer límites, en realidad es una llamarada de petate. Una persona que grita y amenaza pero no cumple, sólo usa el enojo en su contra, ya que quienes viven a su alrededor acabarán por no creerle y cada vez necesitará más enojo para ser escuchado.

En la cultura occidental el enojo está moralizado, es decir, a la gente que sonríe, no se queja y no causa problemas, es gente buena, mientras que quien reclama o defiende sus derechos es rebelde o malo.

Es así que el enojo se convierte en un sentimiento guardado para mejores tiempos, y por mal usado, generalmente, comprueba la creencia de que el que se enoja pierde.

Una de las razones por las que esto sucede es que al expresarlo no se dice claramente qué es lo que enoja, por ejemplo, en vez de decir "Estoy enojado contigo porque ayer llegaste una hora tarde", se dice "Eres un impuntual". La diferencia entre estas dos frases es que una señala directamente la conducta del otro y es específica, esto le permite al otro defenderse o pedir una disculpa. La segunda ataca a la persona, sin aclarar específicamente cuál fue la molestia. Es como lanzar una papa caliente a la cara del otro: la respuesta será, muy probablemente (regresar la papa) una frase como "Y tú eres una neurótica de la puntualidad" o "Una de cal por las que van de arena".

Entre menos práctica existe en la expresión del enojo, más desproporcionado saldrá al principio, porque el enojo de hoy es la suma de todos los enojos pasados que esa persona generó, o algunas otras que sólo han contribuido a que la olla tenga más presión. Es por eso que muchas veces la persona en terapia dice "Si me enojo voy a matar a alguien". Es tal el miedo a la desproporción que prefiere seguir guardándolo. Pero hasta cuándo podrá guardarse, o de qué otro modo va a salir. El enojo enferma física y emocionalmente; siendo una fuerza poderosa y bien utilizada puede generar grandes cambios; encerrada en el cuerpo y el alma, literalmente, un día explota.

A un comedor compulsivo puede costarle muchas calorías un enojo guardado.

Culpa
Es uno de los sentimientos más desagradables que hay y que más poder dan sobre otro. A una persona que se siente culpable puede manejársele con mucha facilidad.

Es una combinación desafortunada entre enojo y miedo. La persona siente enojo por haber hecho lo que hizo, y miedo a ser castigado de cualquier manera.

Sin embargo, hay que distinguir entre tres tipos de culpa:

La culpa real. Se siente cuando se hizo daño a otro, y permite tomar conciencia para resarcirlo. Cuando alguien es incapaz de experimentarla se le puede llamar, con razón, un sinvergüenza, ya que su imperativo ético no lo conduce a responder por sus actos.
La culpa existencial. Aparece en ciertas etapas cruciales de la vida, en las que uno se pregunta "¿Qué he hecho?" "¿Hacia dónde voy?" Esta culpa puede traer grandes beneficios si se atiende con honestidad y valor. Víctor Frankl llama a estos momentos vacío fértil.
La culpa neurótica. Se llama así porque es una culpa desproporcionada con lo sucedido, irracional y obsoleta, y no deja a la persona en paz. Lo invade el pensamiento constante de lo que hizo, y lo malo, cruel o irresponsable que fue. Esta culpa puede estar basada en un hecho real, y existe una parte cierta, un daño que resarcir o una disculpa que pedir. Pero a veces, la fantasía del daño es tal que ni siquiera permite a la persona responder por sus actos. Muchas veces genera el rompimiento en una relación o un ataque fuera de lugar, con tal de protegerse del dolor que genera. Cuando un hecho se repite constantemente en la mente, hay que revisar si no se trata de culpa neurótica. Si es así, vale la pena atender la parte frágil y asustada que tiene miedo de perder al otro por lo ocurrido.
La culpa neurótica pide grandes cantidades de comida a un comedor compulsivo, porque es tan desagradable sentirla que se requiere un alivio casi instantáneo. La paradoja es que cuando se come de más, sólo se pasa de la culpa por lo ocurrido a la culpa por el exceso de comida. Y claro, es más fácil culparse por comer de más que por dañar a otro.

De esta forma, el miedo, el enojo y la culpa, pueden atenazar la conciencia, llevando a la persona a querer callar las voces con el grito de la compulsión, para después quedar hundidos en el triste aislamiento que genera.

Nota
* Psicoterapeuta.

 

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