De gira por el cosmopolita mundo de las drogas en la escuela

En este ensayo se habla sobre la forma en que los individuos interactúan con diversas sustancias ilícitas dentro del ámbito escolar y de las concepciones que se tienen de las drogas en este ambiente. El manejo publicitario que en algún momento se hizo sobre las estampas que supuestamente contenían LSD, lleva al responsable del artículo a revisar críticamente el uso de sustancias en diversos grupos. Brevemente se señala el tipo de sustancias preferidas por los estudiantes y el estigma a que son acreedores los usuarios.

De gira por el cosmopolita mundo de
las drogas en la escuela

Carlos Pérez Irueste

Gran escándalo causaron las estampas que circulaban por las escuelas, se decía que contenían lsd o una sustancia tóxica similar. En ese entonces los noticieros, los maestros, los padres de familia y los rotativos hablaban de este hecho con gran asombro, mas parece incongruente tanto argüende cuando en el ámbito escolar siempre han existido las drogas. Las estampas fueron posiblemente la presentación de moda, pero los empaques y sabores tradicionales llevan muchos años sin que nadie los acuse o se haga alboroto. Basta con ver cómo consume anfetaminas para adelgazar la apenas formada niña de secundaria, la sabrosa y bien delineada mujercita de preparatoria que las usa para conservar la línea, sus cuates de la universidad que las utilizan para estudiar y no quedarse dormidos, o algunos sólo para prenderse y ya. Así en el recreo y en la esquina del colegio las caguamas, las chelas, los coolers, las viñas y los coctelitos y otros biberones etílicos corren por litros, hermanando adolescentes que se unen para debutar en el mundo de lo auténtico, de los casi legales, de los que ya manejan y hasta permiso tienen, no importa si está chueco o no. Otros más anárquicos o existencialistas fuman mota. Cuando hay lana la queman sin sema y cuando no, hasta con varas y cocos. A ellos se les ve en el baño, en los jardines o en el carro de un cuate, dándole el hornazo a todo el que se acerque. Se unen en grupos homogéneos donde se practica el escape en masa y humo al complejo dilema de decidir ¿Quién soy? y ¿quién quiero ser?

Los fresas y sofisticados le meten a la nieve, inhalan coca por pose, por imitación, porque es cara y por lo tanto para gente bien, para bajarse la borrachera o porque no saben decir que no cuando se les invita; este grupo de usuarios del polvo creen que éste es su pase al gremio de los yuppies.

En este cosmopolita ambiente escolar también encontramos a los simples, los sencillos que le meten al flan, al flexo, a la mona o al spray, que inhalan solventes volátiles de fácil acceso y bajo costo. Su apariencia somnolienta, apática y con un olor singular hace que se les vea más aislados y con menos asistencia a los colegios.

Los estudiantes gruesos ya fuman base, delinquen, son agresivos y mantienen una conducta sexual peligrosa y mal adaptada; se ponen muy necios y pronto llegan al psicólogo, a los centros de recuperación o las cárceles.

Por último encontramos a los vanguardistas. A este grupo les gustan las drogas de diseño: el éxtasis, las tachas, las drogas alternativas, las sustancias del amor o industriales; estos chavos, en su rollo acampaguado y de top muy arriba del ombligo, asisten con regularidad a los reves y se ponen zonzos con tabletas que tienen una x inscrita o con otras pingas, chochos y polvos. Bailan a empujones y se agreden con amor en el slam, su conducta sexual es dispersa y peligrosa, digna de ser descubierta por Hemingway, quien hubiese escrito algún texto posiblemente llamado Trópico del rave. Este singular grupo, con su llamativa vestimenta, tiende a manifestar graves problemas psicosexuales y de identidad.

En este gran mundo escolar, los maestros no escapan del trastorno social; los académicos y la directiva de los planteles escolares en su necesidad de mantener una imagen respetable y digna, manejan la cuestión de las adicciones como un mal moral, como un símbolo de debilidad y como una peste contagiosa. En este ámbito al adicto se le rechaza, se le segrega como escoria social, se le trata como un criminal y no como un enfermo que merece un tratamiento que le permita sobrevivir a su enfermedad.

Es en el Colegio donde se aprende y forma la capacidad de juicio, y es ahí donde la ignorancia y la discriminación no deberían de existir, pero la realidad es que esto se hace presente por lo menos con los adictos.

Los adultos se alían con la devastadora enfermedad cuando no ayudan con la orientación adecuada para la recuperación y fomentan, con su actitud intolerante la no aceptación de este fenómeno de salud social.

Como mexicanos tenemos la obligación de ofrecer alternativas, ya que todos tenemos derecho a la salud.

 

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