Seres intoxicantes

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En este artículo se pone de manifiesto la forma en que los familiares o personas cercanas afectivamente al adicto pueden llegar a convertirse en seres intoxicantes al no tolerar vivir con un adicto en proceso de rehabilitación. Se revisa la dinámica entre el adicto, la droga y la familia, el proceso de rehabilitación y la intolerancia ante la sobriedad. Se concluye que el proceso de rehabilitación del adicto debe involucrar a la familia de manera integral.

Seres intoxicantes

Alejandro Casillas del Moral

En el presente artículo se pone de manifiesto la forma en que los familiares o personas efectivamente cercanas al adicto pueden llegar a convertirse en seres intoxicantes al no tolerar vivir con un adicto en proceso de rehabilitación.

Para ese fin se revisará la dinámica que existe entre el adicto, la droga y la familia, el proceso de rehabilitación y, por último, la intolerancia a la sobriedad.

La adicción es más que una dependencia física y psicológica de una sustancia. La adicción constituye un vínculo amoroso que establece el adicto con su droga de elección. Esta relación amorosa es patológica de inicio, ya que la sustancia no responde por sí misma a las expectativas que en ella deposite el adicto y porque el contacto continuo con esta conduce a la muerte.

De ese modo, el idilio amoroso adicto(a)-droga va transformándose en una lucha de poder en la que este(a) va cediendo y sometiéndose hasta quedar bajo el control absoluto de la sustancia.

La sustancia se convierte en lo más importante para él(ella); es su compañera(o), su amiga(o), su amante, su pareja, su patrón(a), su verdugo, la mitad de sí mismo, su complemento, su otro yo.

Es así como podemos explicarnos que, a pesar de que en ocasiones exista el deseo de abandonar la droga, dicho deseo se adormezca por los efectos físicos de la sustancia y por el sometimiento que esta ejerce en el adicto.

Ante esta dinámica, la familia -o quienes están cerca del adicto-, se sienten desconcertados y abandonados, ya que pasan a un segundo término en la vida del adicto, para quien lo más importante es lograr, algún día, el control sobre la sustancia.

Entonces la lucha por poseer se complica aún más. Por un lado queda la droga y por el otro las personas cercanas al adicto quien, colocado en el medio, generalmente opta por intoxicarse con la sustancia de elección. Los otros contrincantes se esmeran y luchan por alejarlo(a) de la droga, lo aconsejan, lo regañan y lo complacen; se someten a él(ella) o intentan someterlo; le ordenan lo que tiene qué hacer y lo(a) castigan o se muestran persuasivos. En fin, manifiestan todas las conductas que ellos consideran favorables para ganar la batalla y lograr tener otra vez para sí esa mirada cuyo único foco central posible es la droga.

Cuando los que están cerca del adicto y él(ella) obtienen información acerca de la enfermedad, la batalla contra la droga puede ser menos desgastante, sobre todo cuando se asume que la droga ganará. De ese modo es posible evitar que el fondo que se toque sea la locura o la muerte.

En el momento en que el adicto(a) toca fondo es crucial, tanto para él(ella) como para las personas que están cerca, iniciar el proceso de rehabilitación a través de los grupos de autoayuda, para así recuperar las habilidades que fueron perdiéndose a causa de la actividad adictiva.

Tanto el adicto(a) como la gente cercana a él(ella) tendrán que ir retomando el concepto que tienen de sí mismos, pero en ausencia de la droga.

En los casos donde el adicto es el único en acudir a los grupos de autoayuda para rehabilitarse y la familia carece de conciencia de su propia enfermedad, es mucho más probable que el consumidor recaiga para conservar, con ello, la homeostasis o equilibrio familiar.

Las personas que mantuvieron y/o mantienen una relación cercana con el adicto pueden optar por identificarse, a través de un proceso inconsciente, con la droga de elección de éste. Recordemos que el adicto tenía, en la familia, un estado de inadaptado, loco, perturbado... y la familia puede hacer todo lo posible por que este status no se pierda o que otro(a) se haga cargo de ello.

De tal suerte que, mientras el adicto hace un esfuerzo por rehabilitarse -es decir, por re-adquirir sus habilidades-, la familia (padres, hermanos, hijos) puede recordarle que él(ella) no puede hacer, pensar o sentir tal o cual cosa. La droga, la sustancia amada y anhelada, es recordada cada que se puede y ello no hace más que despertar el deseo en el adicto.

El constante reclamo y la constante desconfianza por parte de la familia hacen que ella misma se convierta en una droga para el adicto, una droga que intoxica de resentimiento y que puede llevar al adicto a la recaída.

En el proceso de intoxicación por otros agentes que no son precisamente drogas (reclamo, resentimiento, amargura, miedo, ira, dolor, etcétera) interviene también el deseo del adicto para intoxicarse con cualquier cosa o persona, aunque no sea una sustancia.

Un ser intoxicante es aquel que necesita ser necesitado(a) y que se percata de su existencia en la medida en que consigue provocar compulsivamente en el otro emociones intensas con el propósito de ganarle a su rival: la droga.

El proceso de rehabilitación que involucra a un adicto y a una familia debe ser integral; es decir que debe incluir al adicto(a) y a los coadictos que conviven con él(ella) en el deseo de preservar la buena voluntad, ingrediente medular de la sobriedad.

El primer requisito para la sobriedad es la abstinencia. Y en la familia de un adicto(a) siempre existe la posibilidad de que uno o todos sus integrantes se conviertan en seres intoxicantes que ocupen la energía mental, física y emocional del adicto en un intento de preservar un ambiente familiar intoxicante.

Un ser intoxicante, tanto en el sentido psíquico de ser, como desde su significado verbal, es aquél que está dispuesto(a) a anularse a sí mismo(a), e incluso a llegar hasta la muerte con el propósito de dejar una huella indeleble en el adicto(a) en quien ha depositado el sentido de su existencia.