Desprendimiento

El autor afirma que para que exista un adicto debe existir un codependiente; ambos inmersos en una relación que ha dejado de ser funcional y se ha convertido en destructiva. A partir de esta afirmación se hace un análisis de los elementos que determinan la existencia de relaciones simbióticas, fuertemente unidas, de las que resulta difícil deshacerse. Se menciona una necesidad de complacer, de sobreproteger y de controlar como las características del individuo que tiene este tipo de relación con un alcohólico o adicto.

Desprendimiento

Eduardo Guzmán Villanueva

De amor también se sufre
¿Por qué desprendimiento, si quien tiene el problema es el enfermo alcohólico o farmacodependiente? Nuevamente es necesario hecharle un vistazo a la relación formada: se trata de un alcohólico/farmacodependiente y un familiar coadicto corresponsable. La relación no ha comenzado hace unos días, sino que se ha mantenido desde hace varios meses o años. Sabemos que para que exista un adicto debe existir, necesariamente, un codependiente. Nos encontramos ante una relación que ha dejado de ser funcional y se ha vuelto destructiva, patológica, una relación simbiótica. Esta relación ha encontrado la forma de seguir existiendo, manejándose como una relación fuertemente unida, amalgamada, una relación de ataduras y encadenamiento donde resulta difícil hallar la forma de desembarazarse del embrollo.

En una relación como esta el afectado no es solamente quien padece el alcoholismo; encontramos también a otros familiares, amigos, parejas y hasta jefes o personal de trabajo. Conocemos el antecedente del enfermo alcohólico farmacode-pendiente, al cual percibimos, conductualmente, como un hombre inmaduro, inseguro y que ha dejado varias o todas sus obligaciones de lado. Esto lo hace verse como una persona irresponsable; la inmadurez de su conducta, en general, le da la típica apariencia de un infante, al cual debemos, obviamente, cuidar, ya que él no podría hacerlo por sí mismo. Del otro lado encontramos al familiar, al amigo, al jefe, o a quien está tomando la responsabilidad de esta persona que no puede manejarse por sí sola. Encontramos a la persona ideal para el cuidado del enfermo adicto. Se trata de un individuo que, por l o general, se vio también envuelto, en la infancia, con una familia alcohólica o farmacodependiente, o bien un individuo que simplemente proviene de una familia disfuncional, donde no se desarrollaron las características normales de una familia. Este individuo tiene, por lo tanto, una necesidad de complacer, de sobreproteger y de controlar, convirtiéndose, así, en el cuidador del adicto infantil. En esta relación no todo es color de rosa. Se trata, como describí arriba, de una relación caótica, disfuncional destructiva y, sin embargo, con la fuerte necesidad de mantener las características que unen a los involucrados.

Las ataduras emocionales
Los individuos que participan de esta relación se encuentran unidos por fuertes lazos de dependencia. Dicha dependencia no es percibida claramente, mas se refleja en la necesidad de controlar, de tapar las irresponsabilidades; en la complacencia, en el estar pegado a alguien por nuestros miedos e inseguridades, por el temor de que no podamos vivir por nosotros mismos.

Estos individuos se encuentran unidos también por la culpa; culpa de que la otra persona sea la causante de lo que me pasa; culpa de que no puedo dejarlo solo; culpa de pensar que en algo fallamos, que no pudimos hacer lo necesario para evitar que continuara este juego. Y la culpa se convierte en energía para continuar el esfuerzo de controlar la enfermedad.

Otro ingrediente es el resentimiento. Hemos escuchado tanto el refrán que dice que del odio al amor no hay más que un paso... y la relación del adicto con el codependiente nos lo ratifica. Están tan resentidos el uno con el otro que el que mejore la situación implica la esperanza de tener la oportunidad de la revancha, el desquite, la venganza. Si yo he sufrido tanto por estar contigo, esto lo vas a tener que pagar. Odio, coraje, y furia se juntan y entran en acción cada vez que tenemos la oportunidad de "desalojar" un poco de esos sentimientos. Sin embargo, caemos en un círculo vicioso: el manejar el odio o el coraje y actuarlo nos provoca culpa.

Un factor más que une a esta pareja es la devaluación. Tenemos, por un lado, al adicto, con su inseguridad y su inmadurez y, por el otro, a la complaciente y controladora. El que nos controlen y sobreprotejan nos crea un sentimiento de coraje. ¿Qué es lo que se hace? Provocar rechazo. Al sentirse rechazada, la complaciente se siente inútil, llora, se entristece, se desilusiona de todo y esto hace sentir al adicto inseguro e inmaduro, que fue el quien provocó toda esta situación, lo cual le produce culpa, miedo y la vuelta a la substancia para poder controlar nuevamente sus emociones. Nos encontramos ante el jueguito del sube y baja; a veces el adicto se siente con una autoestima adecuada y la coadicta devaluada y a veces sucede lo contrario.

Otro elemento es el juego de poder. Desgraciadamente, cuando hablamos de una relación de pareja, inconscientemente entra en juego el control, el poder de sentirnos superiores a la persona que se encuentra junto a nosotros. Queremos sentirnos bien, queremos sentirnos seguros, y la forma en que hallamos esto dentro de una relación es sometiendo al otro.

Son distintas las formas de lograr este objetivo. Una de ellas es conseguir que la pareja o el otro se sienta culpable, a través de nuestra autoconmiseración, de la manipulación, del chantaje emocional. De esta manera haremos que el otro acepte, tal vez en parte o tal vez por completo, nuestras peticiones. Otra forma de pelear el poder es el sentirnos ofendidos o molestos por las actitudes de otro, manejando el enfado; tratándole de hacer sentir al otro que algo nos desagradó de su conducta, sin hablarle, únicamente con actitudes; que lea en nuestra cara, en nuestras actitudes, en nuestra indiferencia que no estamos a gusto con algo, y que haga cosas para alegrarnos o para complacernos. Lo que el otro haga tal vez pueda movernos a perdonarlo. Una forma de conseguir rápidamente el poder es devaluando o sometiendo al otro con gritos, humillaciones, ofensas; con agresiones verbales o físicas, como las ironías, las necedades; con actitudes de rechazo o desaprobatorias, o bien juzgándolo todo y, más que cualquier cosa, a su familia. El juego del poder consiste en que uno lo tiene a veces y, en otras ocasiones, quien lo tiene es la otra persona. El problema del poder es que no se puede perpetuar.

Condenando al otro, renunciando a mí
Por último, consideraremos la autoestima como otro nexo entre adicto y coadicto. Nos encontramos ante alguien de quien  nos colgamos para poder cargar nuestra autoestima. Sin embargo, el precio de esta relación es que consume, precisamente, la autoestima. Por ejemplo, cuando un adicto se intoxica, comete alguna irresponsabilidad, falta al respeto o tiene algún contratiempo, el coadicto se encuentra en la posición de llamarle la atención, de confrontarlo, de convencerlo que no lo haga más, sintiéndose, en ese momento, con más claridad, con más responsabilidad y con más juicio que el adicto. Sin embargo, en vista de que el adicto se ha sentido devaluado, tenderá a devaluar a su pareja, con ironías, con desaprobaciones, con críticas, juzgando y desaprobando todo lo que el coadicto hace, haciéndolo sentir mal. Y el coadicto se sentirá devaluado. Siempre que el adicto abuse de la substancia, tenderá a devaluar más a su pareja, para sentirse mejor él.

Y así sucesivamente, hasta que alguien detenga el juego y se retire por razones de salud o de muerte.

 

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