Mirada discreta sobre la prohibición
y la reducción de daños
Roberto García Salgado*
Resumen
Las presentes reflexiones develan los intereses dentro del mundo de las sustancias psicoactivas, así como una mirada menos satanizadora de los "quitapesares", como llamó Freud a las drogas. En las siguientes líneas se podrá observar que el tránsito discursivo de la prohibición a la reducción de daños no ha dejado de perseguir y fortalecer el control y la dominación sobre las sustancias y sus consumidores en la era del capitalismo avanzado. Los responsables de realizar acciones para lograr la abstinencia o la minimización de daños, entre consumidores, se encuentran ante la paradoja de fortalecer una retórica de engaños y falsas promesas de un mundo libre de drogas inexistente, a cambio de una mejor posición en el mercado de los bienes materiales y simbólicos. Prohibicionismo y reducción de daños son caras de la misma moneda; gestión económica y política de lo social mediante procedimientos que diferencian lo legal de lo ilegal, y donde los ilegalismos no son accidentes o imperfecciones del funcionamiento legal, sino elementos absolutamente positivos de funcionamiento social cuyo papel está previsto en la estrategia general de la sociedad. Los espacios sociales de las drogas son protegidos y aprovechables; en ellos la ley puede ser violada, ignorada o, incluso, se puede sancionar las infracciones. El consumo de drogas, como si fuera un tablero de ajedrez, se realiza en diferentes casillas identificadas como controladas, libres, prohibidas, toleradas, permitidas a unos o prohibidas a otros, donde los peones son los únicos que se sitúan y mantienen en las casillas peligrosas. La vía está libre para quienes reciben beneficios sustanciosos, como afirmó Foucault.
Mirada discreta sobre la prohibición y la reducción de daños
Introducción
Entre el ocaso y un crepúsculo incierto
La existencia de las sustancias psicoactivas, vulgarmente conocidas como drogas, ha generado en el mundo contemporáneo un "problema" y una preocupación que han pasado por diversas esferas: del conocimiento, la política, la economía y la ética, entre otras. En el entramado histórico, podemos observar la transición de lo sagrado a lo prohibido, a lo preventivo, a lo persecutorio, y sus principales repercusiones en los ámbitos individual y colectivo, que las acciones de la mal llamada "ley contra las drogas" han generado en aras de la salud pública y de la preocupación por los individuos, consistentes en defenderlos de sí mismos.
La ebriedad -que Nietzsche calificó como la "condición fisiológica previa [...] para que exista una acción y una contemplación estéticas cualesquiera"(sic)- fue una constante en los cultos y los juegos existenciales de toda la humanidad. Hoy es un acto perseguido y equivocadamente contrapuesto con el de la salud individual, pues el consumo de sustancias es un derecho, previo a la noción misma de "derecho", que uno ejerce desde su autonomía.
Hay "ebriedades" más naturales que otras, aspecto que depende de cada individuo; hay algunas que pueden resultar destructivas, tampoco se niega. En realidad, las drogas no son el problema, éstas sólo amplifican lo que cada individuo lleva dentro.
Lo que sin duda resulta concluyente es que las sustancias pueden ser malas, pero las leyes sobre ellas son peores. Las consecuencias de su aplicación superan con creces los daños causados por las sustancias mismas y constituyen la consolidada creación epistemológica en la que los comportamientos y las prácticas de quienes las consumen reflejan la clara intención de un método de análisis caracterizado por el uso acrítico y orientado por el poder y la dominación que evita cualquier intento de alterar el funcionamiento del sistema.
Es necesario mencionar que la postura antiprohibicionista desarrollada en el presente ensayo también reflexiona sobre el cambio "paradigmático" llamado Reducción de Daños (rdd) y el uso elástico y arbitrario que de éste se hace en el terreno de las intervenciones e investigaciones con los consumidores de sustancias psicoactivas y no consumidores.
El efecto Merseyside, este nuevo proceso de negociación llamado rdd, parte de la "estrategia que, como su nombre lo indica, apunta a reducir los efectos adversos del consumo de drogas. Como política social, podemos decir que su principal objetivo es disminuir las consecuencias negativas del consumo de drogas en los usuarios y en la población en general. Lo que distingue a la rdd de las otras políticas sobre drogas es que acepta el consumo como un hecho de la realidad y apunta no al consumo como tal sino a los daños (tanto individuales como sociales) que trae aparejado".2
Desde una postura y una mirada acrítica y ahistórica, la cita anterior puede ser asumida como una aparente novedad, una resignificación de las sustancias y su existencia entre las normatividades sociales y culturales humanas en la que descuella una apertura ética y estética del empleo de las drogas. Dicha postura sólo ha contribuido al desarrollo de otra de las grandes coartadas en el terreno de las sustancias psicoactivas. Primeramente, es necesario destacar que la vigilancia sobre los daños y su disminución entre consumidores y no consumidores ha existido en casi todas las sociedades donde se han consumido sustancias, y se puede identificar de manera nítida en los aspectos de preparación, posología y frecuencia de consumo. Cada uno de estos aspectos deja ver que la utilización de las sustancias se ha realizado bajo el contexto de un reconocimiento integral de sus propiedades benéficas y perjudiciales, en torno a los conceptos vigentes, en cada tiempo y espacio, de la salud, la enfermedad, lo divino y lo recreacional. Lo anterior desmitifica el hecho de considerar a tal concepto como un novedoso descubrimiento y, más aún, de modificación de las tendencias persecutorias. Una golondrina no hace verano.
Conviene no olvidar las razones que dan origen a la postura de la rdd, ya que adquiere relevancia y diferenciación con respecto a lo que se realizaba en diversas comunidades, a partir de la asociación entre las sustancias de uso inyectable y los riesgos asociados al vih-sida y a la hepatitis B y C, que incrementaron las muertes en personas usuarias de sustancias por esa vía de administración.
La rdd no nace como una estrategia centrada en las sustancias y no cuenta con una postura ética respecto de la libertad y el derecho a consumir, y tampoco surge como un criterio desestigmatizante respecto de los usuarios y de la gama de sustancias psicoactivas. De ahí que el ideal surgido en los años ochenta, como el giro epistemológico y ético respecto del consumo de sustancias, se haya convertido en la nueva estafeta de poder y control social para quienes no abandonan la seducción y los placeres de las actitudes mesiánicas y las actitudes reverenciales al capitalismo de ficción.
Primera mirada (y única)
Más de lo mismo, o no es lo mismo, pero es igual
En el principio era la prohibición y los científicos y los políticos y los académicos vieron que era buena, y se persiguió a todo aquel individuo que buscara alterar su conciencia y experimentar estados extáticos y de epifanía individual o colectiva.
Muchos son los fundamentos que dieron sentido a la prohibición, pero se pueden mencionar, entre otros, el ejercicio del poder, la perfecta coartada cientificista de la desviación social, el ordenamiento jurídico, la desigualdad económica, la negación de la historia de la civilización, mediante la imposición retórica de un estado inexistente del hombre, aún desde los criterios Gaussianos más estrictos: el estado abstemio.
La presencia de las drogas en el entorno de los seres humanos es tan incuestionable que si el principio de normalidad obedece a criterios estadísticos (tal como: G(x) = 1/(δ√(2π)) · e(− (x − μ)2)/(2δ2)), entonces lo normal, en cuanto al vínculo con las sustancias psicoactivas es el consumo y no su elusión o persecución. Vale la mención de que el término consumo no hace alusión a criterios de acuñación moderna que descontextualizan las sustancias y las convierte en consignas de irremediable peligrosidad, como adicción o consumos habituales o consumos problemáticos o demás clasificaciones esgrimidas por los especialistas para la objetivación de los sujetos a partir de las practiques devisantes3 que hacen de él un objeto. Por consumo me refiero al encuentro (que sí podríamos considerar normal) experimental de alterar la conciencia y que más tarde, de acuerdo con las normatividades territoriales, se convierte en el ensayado y depurado encuentro con la ebriedad.
Aunque el concepto ebriedad responde a una reflexión más profunda, para los intereses de este ensayo, no desdeñaré la oportunidad de mencionar que el concepto encierra más que el simple significado impuesto y respaldado por los imperativos categóricos de las sociedades posindustriales, que lo colocaron en un ambiente de resonancias degradadas y degradantes, arropando la prohibición como un aparato de sanación para aquellos cuya moral y voluntad habían sucumbido ante los fetiches glorificantes del capital financiero y, además, ante las drogas.
Palabras más, palabras menos, la prohibición es la fetichizada, manoseada y moderna estructuración epistemológica de la falsa sobriedad,4 resultado de la gestión económica y política de la droga mediante procedimientos que diferencian la legalidad de la ilegalidad, "pues todo el mundo sabe que las leyes han sido hechas por unos e impuestas a otros".5 Esta manera de descontextualizar la ebriedad y su relación con algunas sustancias psicoactivas circunscribe el proceso en una red multiforme de relaciones de dominación.
Se puede observar que la prohibición cumple los criterios planteados por Sloterdijk, como parte de lo que denomina cinismo moderno; la sentencia "sé que estoy mal, pero sigo adelante" es el fenómeno que provoca que la visión crítica y los encuentros diversos con las sustancias sean desestimados como elementos constituyentes para un método más ético y tolerante; el pragmatismo institucional y persecutorio omite la reflexión y la experiencia, para estructurar un conformismo epistemológico de "prohibición-prevención-persecución".6 Así, los beneficios del proceso prohibitivo no se acotan en el terreno de lo jurídico y médico; es en el terreno de lo no jurídico ni sanitario donde los alcances productivos de quienes lo promueven se materializan en una vía libre de enriquecimientos, redes de poder, control y vigilancia.
Bajo la óptica de la prohibición, la ebriedad se convierte en patología social cuando el intervencionismo de la persecución cobra el poder decisivo para desestimar las sustancias como herramientas útiles para la conciencia. La ubicuidad de la desgracia en las sustancias somete al sujeto a vivir una sentencia universal de destrucción irremediable asociada al consumo, oscureciendo la comprensiva complejidad de que la desgracia o la fortuna no se encuentra en las sustancias, sino en los propios individuos.
Finalmente, la prohibición ha construido un pensamiento hegemónico perverso en el cual se destaca que sus acciones preventivas han aumentado la dimensión de un "problema" creado desde el poder. Además, las leyes contra las drogas han causado más daño que las sustancias mismas, al violentar los derechos individuales y convirtiéndose en la utopía más cretina. La prohibición como tal es una invención moral que legitima las acciones más atroces contra los consumidores y que da sentido a una forma de manipulación mafiosa del mercado. El argumento de que la política preventiva está sustentada en la salud pública, cuando se aplica a lo que uno hace con la propia salud, no debe ser considerado como algo real y válido, sino como un macabro chiste del poder.
Desde la puesta en marcha del prohibicionismo se ha incrementado el número de "adictos" y el encarcelamiento de millones de personas categorizadas como peligrosas e indeseables. La pantomima del cuidado de la salud de los demás ha causado millones de víctimas. En política de drogas se necesita toda la información y todas las acciones que permitan que esta información llegue de manera no corrupta, pero es mucho más necesaria toda la libertad.
Aún vigente el prohibicionismo y sus acciones devastadoras, surge un nuevo encuentro de negociación: la rdd. Esta nueva manera de mirar el fenómeno de las sustancias psicoactivas implica matices que van desde la fervorosa negación hasta la controversial existencia de un abordaje de tal condición en el campo de la prevención.
Las múltiples posibilidades para entender este concepto --de muy reciente creación si se considera la histórica acuñación del concepto prohibición y su rutilante fracaso-- también requiere un análisis preciso de su significado y de su funcionalidad respecto de las sustancias psicoactivas y los individuos.
La rdd representa la imbricada realidad de preocupaciones e intereses sociales, económicos y políticos de quienes mantienen una relación directa con las drogas y sus consecuencias individuales, colectivas y legales, y de quienes, sin ser consumidores directos, evalúan y enfrentan las circunstancias de la existencia de las sustancias y su consumo, así como las implicaciones relacionales.
¿Cómo y dónde empezó esto? La década de los ochenta acuña un concepto que deviene de las experiencias de Liverpool, Amsterdam y Rotterdam, y que en palabras del Comité de expertos de la Organización Mundial de la Salud, (oms) declaraba que: "el principal objetivo en este campo debería ser prevenir o reducir la incidencia y severidad de los problemas asociados con el uso no médico de las drogas. Éste es un objetivo mucho más amplio que la prevención o la reducción del uso de drogas per se".7
Sin duda, la cita representa un cambio, cuando menos, en la retórica desplegada por el histórico concepto de cero tolerancia a las drogas, pero no deja de encerrar los intereses de los grupos de poder que han controlado y dirigido los destinos de la realidad de las drogas en el terreno del consumo y del tráfico de las mismas. La acotación uso no médico, perpetúa la imagen de control social que la medicina (principalmente, en su quehacer psiquiátrico) tiene sobre la legitimación y autorización del consumo de sustancias, y la permisividad, en tiempo y espacio determinados por criterios de legalidad y normatividad disciplinaria, que los individuos tienen sobre sus propios cuerpos y sobre su esfera afectivo/perceptual.
La simplicidad del concepto descrito --en palabras de los expertos de la oms--, hacia mediados de la década de los setenta, se limitó a la reducción de los problemas asociados de quienes consumían sustancias psicoactivas. Es importante destacar que este concepto refleja el comienzo de un cambio llamado por algunos cambio paradigmático, que no se desarrolla; sólo y como resultado de las preocupaciones especializadas de los expertos, obedece a evoluciones lógicas de los propios consumidores y a las condiciones contextuales en que el consumo se manifiesta y se modifica de acuerdo con las exigencias económicas, políticas y culturales de sus protagonistas.
Este recorrido incorpora, de forma tácita --y de insoslayable importancia para la comprensión del supuesto cambio "paradigmático"-- el criterio de legalidad/ilegalidad que, de común acuerdo con las políticas de salud pública, ha privilegiado la figura de la sociedad disciplinaria de la que seguimos dependiendo pese al invento decimonónico de las libertades. El hecho es que consumir sustancias representa, desde los últimos 50 años con mayor visibilidad, un hecho de castigos y penas cada vez más lacerante y degradante para los consumidores y un espacio diferenciado de poder mediante el cual el tiempo de los gestores y los managers del economicismo aparece como la nueva ideología de políticas administrativas, en la cual la discusión de las drogas y su presencia entre la población se discute en términos de rentabilidad y eficacia para dichos grupos.
Quisiera ilustrar esta apretada reflexión con los siguientes datos y su connotación sugerida por las autoridades, principales protagonistas de la satisfecha complicidad para la construcción de esta alarma social.
A mediados de este año, la Policía Federal Preventiva destacó que la Ciudad de México es un "foco rojo" del narcomenudeo, ya que se calcula que existen poco más de 5 mil puntos de venta de drogas.
Esta dependencia federal informó que cada año se venden cerca de 3,400 millones de dosis de drogas de todo tipo, en 35 mil puntos en todo el país (cerca de 10% sólo en el Distrito Federal). Se estima que estas ventas producen utilidades a los cárteles de unos 16 mil millones de pesos. En noviembre se confirmó que en el DF existen 5,164 puntos de venta de droga, destacando este ilícito en 50 colonias, fundamentalmente del centro y oriente de la ciudad.
Estas cifras corroboran un crecimiento sensible del narcomenudeo en la capital: comparando los puntos de venta identificados en 2005 (2,111) con los que ahora se tienen detectados (5,164), el crecimiento ha sido de 145%. Estos 3,053 puntos nuevos, se detectaron a razón de 127 en promedio por mes, en el transcurso de los últimos dos años. Tan sólo en la delegación Iztapalapa la situación es tal que el número de narcotienditas, de acuerdo con el propio Delegado, se elevó de 400 a mil en los últimos tres años, por lo que esta forma de venta de drogas representa tales niveles de inseguridad que hay lugares donde la policía no puede entrar fácilmente. Entre 2002 y 2006 los operativos contra el narcomenudeo en el Distrito Federal, realizados por la Delegación Metropolitana de la pgr, han logrado la detención de 50,000 personas, la consignación de 4,018 ante un Ministerio Público, y que se dictaran en total 2,143 sentencias condenatorias por delitos contra la salud vinculadas con el rubro denominado "narcomenudeo". Esta dependencia señaló que en 396 colonias de la capital la incidencia del narcomenudeo es elevada: en orden descendente, la Gustavo A. Madero tiene 58 colonias conflictivas, Iztapalapa 57, Álvaro Obregón 45, Venustiano Carranza 28, Miguel Hidalgo 26 y Azcapotzalco 23 colonias. Asimismo destacó: 1) que en ocasiones este delito es producto de pagos en especie, efectuados a personas encargadas de facilitar el tránsito de la droga a lo largo del país; 2) por la movilidad de esos delincuentes, es difícil implementar acciones contundentes; y 3) innovaciones de los vendedores impiden detectar quiénes abastecen a los consumidores de estupefacientes.8
El desvelamiento de dicha cartografía del narcomenudeo en la Ciudad de México, es una de las contradicciones propias de la ficción político/policiaca y de las ironías que abastecen de credibilidad (aparente) los programas y modelos de atención a la farmacodependencia. La identificación y divulgación de los lugares de venta, distribución, consumo, extorsión e intercambio, entre otros, es un acto sociomediático, el nuevo cuerno de la abundancia que caracteriza la era de la información y la informatización, que establece las normas de los nuevos ritos de interacción marcados por la tiranía de lo efímero. Representan los actos de cirugía estética y cosmética de los poderes institucionales, pues no se actúa sobre los lugares denunciados para no alterar las condiciones de poder y mercado que benefician a quienes controlan dichos procesos. La ironía a la que me refiero es la inmovilidad real de las autoridades y la emergencia de acciones que se convierten en representaciones edulcoradas, frente a los problemas realmente existentes.
La rdd pretende modificar dicha realidad reconociendo la complejidad del fenómeno y el derecho individual al consumo de drogas, aspectos, estos últimos, que vale la pena reflexionar más hondamente. Así, la rdd se presenta como la más reciente coartada que enmascara las contradicciones y conflictos propios de la farsa que es el capitalismo de ficción, bajo la cual los especialistas en estos temas han sucumbido ante el estoicismo conformista que representa la seguridad académica y/o política, antes que develar la totalidad del fenómeno: existencia de sustancias y sus implicaciones en todos los ámbitos de la realidad social.
En nuestro país, donde el prohibicionismo es la más rentable acción política y económica, es fácil encontrar el sentido de la rdd en las iniciativas de maduración social, engañosas por su contenido romántico de "aceptación" a algunas drogas y "comprensión" de los usuarios; supuestos giros ético-jurídicos con respecto de algunas sustancias que sólo responden a discursos demagógicos con intereses diversos y de fortalecimiento de grupo, ante la fortaleza de la realidad virtual, en financiamientos investigativos que se laurean en los congresos y cuyos resultados olvidan con facilidad ególatra a quienes participaron como co-productores de dicho conocimiento, perpetuando sus condiciones de vida y confinándolos en la imagen de sujetos frágiles (presos, farmacodependientes, jóvenes en situación de calle, locos, rateros y delincuentes, entre otros), que ponen en evidencia el carácter jerárquico y autoritario de nuestros sistemas sociales,9 construcciones sociomediáticas que construyen una realidad de alarma social inexistente y diferenciaciones entre individuos. Es decir, la cercanía de dichas iniciativas y el concepto en cuestión se presentan en los intersticios de la discutida política sobre el tema, bajo la cual estos conceptos y otros que irremediablemente conformarían el complejo universo de modelos de comprensión cobrarían significado de complementariedad, azuzando un nuevo orden de relación y visualización de las sustancias, con un reclamo centrado en la flexibilidad en las posturas y en los espacios de poder.
Sin embargo, tal discusión no ha alcanzado en nuestra sociedad los requerimientos suficientes para des-anatematizar las sustancias y para aceptar su presencia en la cotidianidad de los seres humanos, sin los significados de consigna que implican, y más tarde permitir un principio de relación consensuado desde la tolerancia de los diversos puntos de vista que permita mirar las sustancias psicoactivas como un metalenguaje10 desde los niveles individual y colectivo.
Conclusiones (o confusiones)
Como conclusión deseo destacar que el desarrollo de la política de rdd ha dado como resultado más que una multifacética opción de atención a la representación del consumo de drogas y sus consecuencias asociadas, una tendencia de tintas cargadas hacia la discusión del poder y sobre las drogas consideradas bajo tal propuesta de intervención. Pues la rdd no es una respuesta para todas las drogas y para todos los usuarios, además de enfatizar que es un proceso social que no responde sólo a los quehaceres de los agentes de la salud pública y sus imposiciones, sino a los representantes del orden jurídico y a los integrantes de las corporaciones políticas/policiacas, así como a los claustros académicos y a los recintos de la investigación. Es decir, la rentabilidad de las acciones es amplia en varios sectores y un filón inagotable para el fortalecimiento del capitalismo de mercado.
El universo de las drogas y el universo de los daños tienen la misma magnitud que la cuestión más elemental generada por el abordaje de rdd, el significado del término "daño". Al decidir qué constituye daño, cuáles daños hay que reducir y en qué orden, obviamente se provocan efectos políticos y morales, entre otros.11 Los daños entendidos de una persona pueden ser beneficios sentidos de otra, y aquí comienza la dificultad, la continuación de los placeres del poder y las maquilladas formas de limitaciones del goce.
Quiero destacar que la seducción de cambiar la estafeta del prohibicionismo a la rdd es la íntima necesidad y necedad de conservar el poder, como ha ocurrido en el periodo de la fracasada política de la prohibición-prevención-persecución que supuso una respuesta rápida en detrimento de los derechos humanos y del derecho a ser humano.
Deseo finalizar mi reflexión con el siguiente apunte.
[La] reducción de daños es otra adopción de políticas orientadas por el idealismo ingenuo como el que caracterizó a las políticas prohibicionistas y que pone énfasis, más que en la condición ética de vinculación con las sustancias, en la negociación de las riendas del poder. La mentalidad belicosa producto de la guerra contra las drogas, no sólo ha sido considerada la herencia de la moral prohibicionista norteamericana, sino que ha representado una de las numerosas barreras para la dignidad de las personas consumidoras, y ha llevado a considerar enemigo a cualquiera que se vincule con ellas, y ha permitido legitimar las acciones de aniquilación o desaparición a fin de salvaguardar la soberanía y la moral de quienes han optado por la vida "sana" y "respetuosa", basada en la entelequia de un mundo libre de drogas.
Respecto de la rdd, una de las barreras significativas se puede encontrar en el fracaso de la sociedad por aceptar el uso de drogas como forma legítima de correr riesgos, es decir autodeterminación, libertad interior y exterior de los individuos.12
Notas
* Estudios de Maestría en Psicología Social; profesor de la División de Estudios de Postgrado, Universidad Nacional Autónoma de México, unam, Escuela Nacional de Trabajo Social. Correo electrónico: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.
1 Federico Nietzsche, El ocaso de los ídolos, pp. 600 y 601.
2 Francisco Romero, La política de reducción de daños y su desarrollo en la Argentina, p. 121.
3 Michel Foucault, Tecnologías del yo, p. 21.
4 No se confunda sobriedad o sobrio con abstinencia o abstemio. En el segundo caso, sólo se es racional sin el uso de sustancias, mientras que el primero lo es con y sin ellas. Sobriedad no resulta el ideal grecorromano, sino la sobria ebrietas, la ebriedad sobria que faculta para gozar el entusiasmo sin incurrir en necedades. Antonio Escohotado, en El País, 16 de junio de 1994, pág. 32.
5 Julia Varela y Fernando Álvarez-Uría, Sujetos frágiles. Ensayos de la sociología de la desviación, p. 50.
6 Roberto García, Drogas y subjetividad. Del entusiasmo y la racionalidad, p. 57.
7 Grup IGIA, "Documento Marco sobre Reducción de Daños". Conferencia de Consenso, p.12.
8 Metrópoli 2025, Ciudadanos en Red, Boletín semanal, año 1, núm. 10, 10 diciembre 2007.
9 Julia Varela y Fernando Álvarez-Uría, op. cit., p. 10.
10 Oriol Romaní, Las drogas. Sueños y razones, p. 14.
11 Silvia Inchaurraga, Drogas y políticas públicas. El modelo de reducción de daños, p. 23.
12 Roberto García, "Reducción de Daños. (Histo)ria de las drogas", p. 4.
Bibliografía
Foucault, Michel, Tecnologías del yo, Barcelona, Paidós, 1990, 21 pp.
García, Roberto, "Reducción de Daños. (Histo)ria de las drogas", ponencia presentada en el Coloquio Internacional sobre Políticas de Drogas. Encuentro de Saberes y Experiencias. Prevención, Tratamiento y Reducción del Daño. 12 y 13 de noviembre de 2007, Escuela Nacional de Trabajo Social, unam.
__________, "Drogas y subjetividad. Del entusiasmo y la racionalidad", en Jóvenes, Revista de estudios sobre juventud, Año 10, núm. 24, enero-junio 2006, México, D.F., 57 pp.
Grup IGIA, "Documento Marco sobre Reducción de Daños", conferencia de Consenso, en Gestionando las drogas, Conferencia de consenso sobre Reducción de Daños relacionados con las Drogas: Cooperación e intredisciplinariedad, España, Publicaciones de GRUP IGIA, 12 pp.
Inchaurraga, Silvia, (comp.), Drogas y políticas públicas. El modelo de reducción de daños, Buenos Aires, Espacio Editorial, 2001, 23 pp.
Metrópoli 2025, Ciudadanos en Red, Boletín semanal, Año 1, núm. 10, 10 diciembre 2007.
Nietzsche, Federico, Obras selectas, El ocaso de los ídolos, trad. de Francisco Javier Carretero Moreno, Madrid, EDIMAT Libros, pp. 600 y 601.
Romaní, Oriol, Las drogas. Sueños y razones, Barcelona, Ariel, 1999, 14 pp.
Romero, Francisco, "La política de reducción de daños y su desarrollo en la Argentina", en Kornblit, Ana Lía, Nuevos estudios sobre drogadicción. Consumo e identidad, Buenos Aires, Biblos, 2004, 121 pp.
Varela, Julia y Álvarez-Uría, Fernando, Sujetos frágiles. Ensayos de la sociología de la desviación, 1ª. ed., Madrid, fce, 1989, pp. 10 y 50.
