La muerte es delgada

Todo parece un sueño. Despierto empapada en sudor, con las manos adoloridas; mi conciencia desconoce todo. ¡Es tan difícil saber donde está la realidad! Una idea zumba en mi mente: "soy gorda, mucho muy gorda y estoy sentada en una mesa, comiendo."

La muerte es delgada

Fabiola del Castillo*

No comerás.
Deshonrarás tu cuerpo.
Complacerás a la sociedad.
Acumularás odio.
Guardarás silencio.
Te pesarás.
Mandamientos de la Anorexia

Todo parece un sueño. Despierto empapada en sudor, con las manos adoloridas; mi conciencia desconoce todo. ¡Es tan difícil saber donde está la realidad! Una idea zumba en mi mente: "soy gorda, mucho muy gorda y estoy sentada en una mesa, comiendo."

Sábado, 7:30 de la mañana
¿Cuánto peso? Me levanto súbitamente, me visto y corro a la farmacia más cercana. Espero una hora y media hasta que el boticario abre la cortina. Mis ojos se detienen en la manecilla: 48 kilos. Diecinueve años y diez kilos menos del peso requerido para mi estatura.

4.700 kg.Mi peso al nacer. ¡Qué niña tan grande!, dijeron a mi madre, una mujer de 23 años, la única de entre 9 hermanas y 2 hermanos costarricenses que salió de su país para estudiar. Dejó atrás una familia conservadora y aristócrata, con la ilusión de ser ella misma. Regresó para ver nacer a su primera hija, quien recibió un medicamento no prescrito: la ley del hielo.

3.200 kg.El peso de mi hermana. Una hermosa niña rubia, de ojos claros y menudita. ¡Qué distinto su recibimiento! Mis padres, juntos, fueron apoyados en los pormenores del nacimiento. Yo tenía dos años y desde entonces le pregunto al espejo por el destino.

Mi madre nos vestía igual y las diferencias no pasaron desapercibidas para la sociedad refinada en la que crecimos: un círculo de enjuiciadores, que valoraba cosas imposibles de cambiar para mí: el color negro de mi cabello, el color de mi piel... y mi peso. Esas personas refinadas me acorralaron hasta convencerme de su lástima por mi aspecto.

Estudié con tesón, ser buena estudiante compensó la preferencia que todo el mundo sentía por mi hermana. Intentaba ganar la atención de mis padres de muchas otras formas. Entonces descubrí una herramienta muy importante y peligrosa: la comida.

Crecí siendo la "gorda" de mi salón: "albóndiga con patas", "vitola", "vaca", fueron mis apodos. En la primaria supe de la crueldad vestida con cara de "niña buena". Sin estar consciente de que todo esto me dolía profundamente, me sentía aliviada al comer, así llenaba el vacío emocional que dejan la incomprensión y el rechazo. Era la muerte del alma y la esperanza. Una muerte que te convierte en un animal "comelotodo", insaciable, insatisfecho y furioso.

El corazón late fuerte, creo que se me va a salir del pecho, puedo sentir las gotas de sudor que caen sobre mi frente, frías y afiladas, me cortan. Sé que estoy hirviendo, o mejor dicho, que algo me está hirviendo por dentro, no sé cuánto tiempo llevo así, creo que ahora sí lo voy a lograr: caigo... caigo... caigo.

Arribé furiosa a la adolescencia. No compartí con nadie mi eno      jo: bajo el telar del silencio y la obediencia se bordó en mi interior una sola meta, teñida de rencor: no ser rechazada una vez más. De entre las mentiras de la sociedad, extraje ideales aferrándome al prurito de ser aceptada. "Tengo que ser normal", me repetía. Para ello requería de una casa bonita, con papá y mamá que se amaran sin pelear, que escucharan a sus hijos; quería ser una niña de tamaño promedio que pudiera ponerse cualquier cosa y que le quedara.

A los dieciséis años tuve la primera cita con un nutriólogo; pensaba que al deshacerme de la "maldición de la gordura" todo sería color de rosa. Con fe ciega creí que solucionando el problema del peso me liberaría de comparaciones injustas, entonces iba a terminar la escuela con dieces, me casaría con un muchacho guapo y rico, y tendría hijitos a quienes llevaría los domingos a comer con mis papás, y ellos, finalmente, se sentirían orgullosos de mí.

No comer.Parecía tan tonto, ¿por qué no se me había ocurrido antes? Ese era el secreto para adelgazar rápida y efectivamente: no comer. El odio acumulado tuvo en ese momento una sola voz y voto: "no comas". Despertó en mí un monstruo que me dominaba, me obligaba a hacer lo que él deseaba, y me ponía por completo a su merced. Despertó en mí el monstruo de la anorexia.

Cada día la ropa me quedaba más holgada, éste era el único rastro del transcurrir del tiempo. Ahora recuerdo los meses en las garras del monstruo, mi piel se tornaba cada vez más gris y mi mirada se hundía en un pantano.

El tirano de la anorexia tiene sus rutinas, demandaba toda mi atención, me exigía checar mi peso varias veces al día, medir y contar calorías por cada porción de comida. El gusto por comer desapareció sin que pudiera percatarme de ello, se llevó texturas, sabores y formas de degustación. Vivir y respirar eran sinónimo de tensión, en cada horario de comida se desplegaba una batalla interna, regularmente ganaba el ente despiadado del "autocontrol". Negarme a comer me hacía sentir fuerte, soberana de mi voluntad, tan sólo algunos flashazos de supervivencia me cuestionaban. Hacía casi un año que la menstruación desapareció, al igual que puños enteros de cabello. Aun así buscaba una imagen bonita en el espejo, pero siempre había algo criticable, sin remedio. Porque el monstruo de la anorexia es un profesional del perfeccionismo: nada lo satisface, exige todo, hasta que logra robarte la vida. Y así era mi estado: de zombie, condenada a vivir muerta. El gusto, el olfato, el color, la alegría, el amor mismo, todo me fue arrebatado, a cambio de vivir en un cuerpo de 48 kilos.

Por fin estoy despierta, con las manos aferradas a los huesos de las caderas. Con los ojos cerrados aún, pulso el abdomen cóncavo. Soy yo. Mis manos recorren lentamente el esqueleto, inspeccionándolo con la agudeza de un médico forense. Desesperadas buscan en cada centímetro, queriendo encontrar, con la demencia de un policía, el rastro del delito: un gramo, aunque sea el más mínimo y escondido gramo de grasa. Poco a poco mi corazón recupera su ritmo y mis manos dejan de explorar.

Andaba por el mundo con el corazón vacío. Hasta que una mañana, después de un baño con agua helada, desnuda me paré frente al espejo: mis senos eran dos puños de piel arrugada y no tenía nalgas. Vi a una niña de ocho años, ridículamente crecida. Una niña que implora a Dios: "tú que todo lo puedes, haz que mañana amanezca siendo otra, ¡necesito ayuda!"

Grupo 24 horas de Comedores Compulsivos. El anuncio estaba frente a mis ojos, en el periódico. Grupo 24 horas, Comedores...

Subo a una tribuna, frente a un nutrido público. Por fin se quiebra el silencio: siento mucho dolor, no sé qué hacer. Como en exceso, tomo cuanta medicina y tratamiento anuncian para perder peso, he llegado a vomitar, uso laxantes y diuréticos y aún así no logro bajar de peso, y mucho menos sentirme bien.

Empecé mi terapia con mucho entusiasmo, pero recaí. Me enteré que no podía hacer uso de la tribuna, pero dije: ¡qué bueno!, no me gusta hablar frente a tanta gente, forzándome a exponer lo que hay en mi corazón: un dolor putrefacto con cara de odio. Estaba cansada de sonreír, de competir, de presumir, de las preguntas, de los juicios, de aparentar felicidad. Odio a esta familia y a las otras, los odio a todos. ¡Y el dolor!, esa garra que no me suelta, estoy colgada de cabeza con los pies atados. ¿Quién me ha puesto así? Tuve la ilusión de desaparecer y escapar. ¿Hay alguna forma de irse de aquí? ¿Dónde es aquí?

Las paredes acosan. ¿Qué me dice la gente? ¿En qué idioma hablan? Me aprieta la ropa y la calle es enorme. Hay muchos autos y soy demasiado pequeña, creo que voy a reventar.

Fue un largo camino hacia la verdad.

Mi mente tenía el programa equivocado. Soy esa generación Twigy1, de Farrah Fawcett y Barbies. El marxismo murió, la revolución sexual concluyó, la religión, las ideologías, la familia, la pareja; todo carecía de sentido. No nos quedó más que la apariencia y su pecado: la vanidad. Sin embargo, para mí hubo algo que me anclaba a la vida y le daba significado, aunque mi estado de negación me impedía valorarlo. Un día dejé mi disfraz de edecán y me inscribí en la Universidad, quería ser antropóloga, porque en el fondo sabía que la humanidad, con su historia y sus luchas, tenía sentido.

Poco a poco encontré al monstruo y pude hacerle un par de preguntas: ¿por qué insistes en matarme? ¿Por qué te solazas en el dolor? Él no respondía, pero me visitaba por las noches y me mostraba su aguijón de alacrán, a punto de envenenarme. Lo tenía sobre mi muñeca amenazando mi pulso, hasta que un día lo agarré sin terror y lo azoté contra la pared.

De repente mi conciencia despertó con un mandato: ¡sal de la cárcel! Pude ver mi miedo al futuro, darme cuenta que anhelaba tomar la responsabilidad de mi vida, vi nacer mi fe y abrigué la esperanza de que todo cambiaría. Necesitaba dejar el papel de víctima, porque tras él se escondía la trampa de la indefensión. Entonces llegó mi primera ahijada, a quien debía guiar y compartirle los doce pasos; parecía increíble que pudiera decirle a ella lo que no pude decirme a mí: "recuerda que puedes contar conmigo, no importa lo que pase."

Fueron casi ocho años de terapia, durante los cuales me desarrollé en un ambiente de amor y honestidad. Aprendí a perdonar y a aceptar los errores propios y los de los demás, porque es humano errar. Dejé la báscula y regresaron las sopas humeantes, las tortillas y los pasteles. Tuve amigos y me preocupé por conservarlos --ya entendía sus razones--. La vida regresó con un rostro sonriente y sincero, recuperé la dulce energía que sientes cuando el sol se pone en lo alto y te calienta.

Veo a mis padres moviendo sus brazos. Me dicen adiós. Lloran, pero no están tristes, sino orgullosos de mí. Ahora sé que siempre me quisieron. Subo al avión y veo cómo las nubes se dispersan. Estamos en lo alto y siento esa presencia que todo lo cura. Es Dios misericordioso, mi amigo, mi padre, mi amado. El sol parece tan cerca que el rayo de mis ojos puede tocarlo.

Notas
* Fabiola del Castillo es antropóloga, egresada de la Escuela Nacional de Antropología e Historia
1 Famosa modelo de la década de los sesenta, esquelética, con apariencia de niña. Murió antes de cumplir los treinta años.

 

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