Habla la mamá de Lalo

Supe del problema de adicción de mi hijo el diez de mayo del año pasado. Antes ya me habían dicho algunas mamás de sus amigos que él estaba consumiendo marihuana, pero al esculcarle sus cosas no encontré nada. Así pues, el diez de mayo le pregunté si usaba marihuana y me respondió que muy poquita. Yo me quedé con mucha angustia,

Habla la mamá de Lalo

Supe del problema de adicción de mi hijo el diez de mayo del año pasado. Antes ya me habían dicho algunas mamás de sus amigos que él estaba consumiendo mariguana, pero al esculcarle sus cosas no encontré nada. Así pues, el diez de mayo le pregunté si usaba mariguana y me respondió que muy poquita. Yo me quedé con mucha angustia, aunque quería creerle que lo había hecho por curiosidad y sólo dos veces. Pasaron los días y la madre de otro jovencito me advirtió que estaban usando algo más que mariguana. Entonces empecé a encontrarle cosas en las bolsas. Viví una gran angustia, ya no dormía, quería que estuviera conmigo a la hora de la comida, le hablaba por teléfono todo el tiempo y lo buscaba con sus amigos. No notaba su cambio de conducta porque se lo atribuía a la adolescencia, y los hombres algunas veces actúan agresivamente. Llegó un momento en que me volvieron a hablar para decirme que usaba cocaína. Buscamos ayuda en los Centros de Integración Juvenil y en terapia psicoanalítica, pero no funcionó. Cuando me hablaron otra vez y me dijeron que mi hijo se estaba inyectando cocaína, fue terrible para mí. Le encontré en su bolsa una especie de ámpula y entonces entendí la gravedad de lo que estaba pasando. Busqué a alguien que supiera de adicciones, fui a verlo y le expliqué el caso. Yo todavía pensaba que con terapia individual podría solucionarse el problema, pero la persona con quien hablé me dijo que era un caso muy grave, porque ya requería desintoxicación. Mi hijo estaba consumiendo demasiada droga y su uso afectaba directamente al torrente sanguíneo, lo que la hacía mucho más peligrosa. Salí de ahí hecha pedazos. Cuando llegué con mi hijo le dije que iba a ser necesario meterlo a una clínica de desintoxicación. Convenimos hacerlo en las vacaciones para que no perdiera clases --porque yo, ilusoriamente, pensé que él iba a la preparatoria, y sí iba, pero casi no entraba a clases--, pero un mes después me dijo que no iba a la clínica. Siguió mi vida con angustia y desesperación, hasta que un día él me dijo que quería internarse; eso fue el 23 de noviembre. Del 23 al 24 pasamos una noche terrible. En la mañana del 24 se internó, decidió quedarse en la clínica y fue algo terrible porque nunca nos habíamos separado, y fue más angustioso dejarlo con un problema tan grave.

El proceso de des intoxicación fue muy difícil para los dos. Nos enfrentábamos, llorábamos, sentía que me odiaba y yo también lo odiaba. Durante la primera etapa tuvimos la oportunidad de salir a comer. Terminamos discutiendo, nos agredimos y nos separamos de una forma muy violenta. Él regresó a la clínica, después yo fui para hablar con él y un terapeuta tuvo que servir como puente para que pudiéramos comunicarnos. Pasado un mes, los terapeutas, mi hijo y yo decidimos que se quedara seis meses más en el nivel intermedio del hospital, el de Medio Camino. Fue un proceso muy importante. A él le sirvió de fortaleza ya mí me ayudó para ir trabajando el nuevo encuentro en el hogar; el reencuentro en nuestras vidas.

En esos seis meses tuvimos la oportunidad de vernos, de comer juntos, de entablar poco a poco una nueva relación. Cuando él salió nos cambiamos de casa, y ya teníamos una actitud diferente. Yo estaba dispuesta a poner la mejor de mí para tener una buena relación, iba a las terapias ya los grupos de familias para tener más conocimiento de las drogas; y mi hijo, con su grupo, trataba de trabajar consigo mismo. Regresó a la escuela, seguimos una vida más o menos normal desde las zonas de nuestras actividades, pero diferente en nuestra relación. Procuré no recriminarlo tanto, traté de escucharlo, de aplicar lo que fui aprendiendo en la clínica en torno a su enfermedad. No ha sido fácil reintegrarnos, han habido momentos muy difíciles porque a veces las expectativas son muy altas y no se alcanzan a cubrir, o a la mejor se alcanzan a cubrir pero no como yo espero. Ha sido un proceso triste para mí porque a veces me enfrento con que no he cambiado la suficiente y necesito trabajar mucho más conmigo. Nuestras primeras conversaciones eran de tres minutos y terminábamos, sino peleados, sí tensos. Pero aprendimos a pedirnos perdón ya reconocer cuándo teníamos o no la razón. Hicimos el convenio de platicar media hora en la noche, a la hora de cenar, y eso nos ha servido para conocernos más.

El proceso no ha sido fácil porque él es un adolescente y yo soy una mujer madura que también tiene problemas personales, entonces me ha costado trabajo, pero ha sido satisfactorio. Los quince días antes de cumplir el año de su rehabilitación fueron angustiosos, hasta llegamos a discutir porque había una tensión muy especial. Cuando cumplió el año me sentí contenta, pero parece que también se perdió algo. Cuando en la noche pudimos platicar pensamos que algo había pasado. Había mucha felicidad por haber logrado el primer año de abstinencia y del reencuentro, pero era una sensación muy especial, quizá con tantas emociones...

 

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