Mi producción de arte y el consumo de sustancias enervantes o alcohol

Fui un niño asmático, tal vez sobreprotegido. Crecí contemplando un cuadrito de Cézanne recortado de la portada de Selecciones del Readers Digest, enmarcado en oro de hoja. Recuerdo las bellas manos catalanas de mi padre colgándolo sin saber que de ahí pendía mi futuro. Me lo aprendí de memoria... algún día repetiría esas pinceladas...

Mi producción de arte y el consumo de
sustancias enervantes o alcohol

Testimonio de Gonzalo T.

Fui un niño asmático, tal vez sobreprotegido. Crecí contemplando un cuadrito de Cézanne recortado de la portada de Selecciones del Readers Digest, enmarcado en oro de hoja. Recuerdo las bellas manos catalanas de mi padre colgándolo sin saber que de ahí pendía mi futuro. Me lo aprendí de memoria... algún día repetiría esas pinceladas... aún no logro plasmar siquiera una similar a las del maestro y sigo persiguiéndolas.

En mi adolescencia me llené de vivencias artísticas, desarrollé el dibujo que ya venía en mí como regalo de Dios, como un don que jamás podré explicar, y sin embargo, jamás me he sentido distinto, no me lo creo, lo tengo y ya. Tal vez no lo valoro y Dios me lo sigue incrementando, me deja ver, me brotan soluciones y resuelvo el dibujo brutalmente fácil (menos la figura humana para la cual he desarrollado una congruente deformación llamada estilo. Mi sueño: ser pintor, como si se pudiera ser pintor y ya acabaste.

No cursé más carrera artística que unos meses de arquitectura, pero otra vez Dios puso en mi destino una serie de maestros que amorosamente se fijaron en mí.

Recuerdo a Manuel Arellano, al maestro Arrieta en la acuarela, a Myra Landau, Ernesto Mallard, Herbert Hoffman, Giancarlo Novi, el Charro Medina y tantos más que dejaron una u otra lección; esto me fue marcando.

Por azares del destino me dediqué primero al arte comercial y después a la pintura, pero de repente mi obra comenzó a tener demanda. Una pintura gestual, rápida, sin retorno ni arrepentimiento de trazo espontáneo, caliente, sintetizada.

A los 22 o 23 años conocí la anfetamina. El frasco con 25 pastillas costaba siete pesos. Me permitía horas y horas de trabajo, en un apretar de diente no había cansancio. Pintaba desastres, monstruos comiendo monstruos, hombres en botellas, calaveras, todas las pinturas rápidas, obsesivas, cada una más que otra... me gustaba esto, no había tiempo --como dice Hernández el poeta: "siempre eran las 3 de la mañana"--, sentía todo mi cuerpo vibrando con el color, pero siempre acababa atrapado en la desesperación, destrozando dibujos, ocultando que eran producto de una sustancia que actuaba en mí, consumiéndome. Tras una sobredosis pude abandonar sin mayor esfuerzo el consumo de la anfetamina. Sabía que drogarme era antisocial, no tenía que confesar a nadie los placeres o infiernos que las pastas me proporcionaban. No me importaba tampoco nada ni nadie. Tal vez tomaba un tranvía en sentido contrario a mi casa y me ponía a sentir; así la llamaba yo.

Comenzó el alcohol. Me transportaba a los mismos viajes sin descanso que la anfetamina, pero era socialmente aceptado. Hasta hoy no recuerdo en treinta años un cuadro realizado sin alcohol: cuatro vodkas, una tela en blanco, Beethoven a todo volumen, colores, thinner, aguarrás y toda la fuerza en las mandíbulas me mantenían pintando. Pero poquísimas obras eran buenas y el arrepentimiento por haber ingerido la sustancia es proporcional a los que produje bajo su influencia. Solamente producía dolor obras desgastantes y, si bien intensas, también llenas de sufrimiento y búsqueda.

Destrocé un sinnúmero de obras grandes durante una desesperación alcohólica y en un intento fallido de suicidio acabé con el estudio entero. Lo destrocé con ira y toda mi impotencia pudo más que yo. (Recuerdo las palabras de un escritor bebedor: "no escribas con más de tres vodkas encima porque nada servirá.")

Hace año y medio que salí de Monte Fénix y comenzó mi recuperación, la cual, --menos mal-- durará tan sólo mientras viva (o por hoy nada más). Tengo pavor a enfrentarme a las telas en blanco sin la evasión fantasiosa y la euforia que me producía la sustancia... me he dado una tregua, dibujo todos los días, dibujo mucho, pero me encuentro paralizado en la pintura grande, tal vez como proceso de purificación para no volver a pintar con el alma sucia. Con la bebida dentro no puedo ser yo. La pintura no es obra de ebrios. Debe trascender por definición (si eres mal pintor, pues no); a la pintura se le toma en serio o te traicionas y la traicionas.

Cuando narré esto en Monte Fénix, la terapeuta me preguntó fríamente: "¿quién pinta, tú o al alcohol?" y la pregunta está clavada en mí como cuando me clavaba las uñas, en total estado alcohólico, frente al lienzo.

Volveré a pintar pero limpio, sobrio, entero, valiente, buscando nuevos estilos, sin desesperación, encontrando colores y texturas, formas y volúmenes con todos mis sentidos, para devolver a la gente el don con el que Dios me gratificó ¡qué lástima, qué desperdicio mucho de lo anterior!

Espero que mi nueva obra refleje la limpieza y plenitud que comienzo a experimentar, y el sano juicio, que poco a poco vuelve a mí, transforme mi sequedad en la luz del añorado pincelazo, seguro y pleno, que he perseguido desde niño. Así lo creo.

 

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