Testimonio 18

Tal como lo recuerdo hoy, llegué a mi primera junta de Comedores Compulsivos Anónimos con bastante flojera. Se suponía que yo iba acompañando a una persona que amo profundamente y que estaba ya harta de los problemas que le producía su manera de comer. Digo se suponía, porque pronto comprendí que las explicaciones

Testimonio de Laura

Tal como lo recuerdo hoy, llegué a mi primera junta de Comedores Compulsivos Anónimos con bastante flojera. Se suponía que yo iba acompañando a una persona que amo profundamente y que estaba ya harta de los problemas que le producía su manera de comer. Digo se suponía, porque pronto comprendí que las explicaciones que esta persona me había dado de manera reiterada formaban parte de una estrategia para que yo, la que pesaba unos 130 kilos en aquel entonces y llevaba una vida más o menos ingobernable, yo y no él, asistiera algún día a un grupo de esa naturaleza.

Lo que sentí casi desde el inicio de aquella mi primera junta fue una mezcla de profundo pavor y profunda tranquilidad. Recuerdo específicamente el momento en que escuché que existía algo que se llamaba comer compulsivamente y que se trataba de una enfermedad. y cuando las personas que allí estaban me compartieron sus historias, supe que eso era yo. Lo supe así, de inmediato, automáticamente. Entiendo hoy que eso fue lo que me produjo tranquilidad. Y pavor.

También se me dijo que el comer compulsivamente era una enfermedad trifásica, conformada por un elemento físico, otro emocional y un tercero de carácter espiritual. Eso también me pareció, de alguna manera extraña, bastante razonable. No entendía nada en realidad, pero sentía. Sentía la rara calma con la cual las personas que allí estaban contaban cosas terribles, vergonzosas, que yo misma hacía o pensaba desde hace años y que jamás hubiera contado a nadie. Sentía el humor con el que se referían a un pasado que para mí era presente. Sentía el afecto que gratuitamente me demostraban. Sentía el orden que parecía reinar en aquel sitio, en ausencia de alguien que ordenara. Sentía los silencios, las miradas, los tonos de voz y sabía, simplemente, que aquella gente, que decía haber vivido cosas que yo vivía, tenía algo que yo estaba lejos de tener.

"Ha de ser eso que llaman espíritu", pensé. y salí de allí aparentando que no pasaba nada, casi sin hablar, pero con el hondo deseo de llegar a mi casa y quedarme sola un rato. y así lo hice. y resultó que lo que quería era llorar. Y también lo hice, largo y tendido, sin saber por qué.

"Ha de haber sido por la cosa esa del espíritu", pienso hoy. y lo creo firmemente, con todo y que aún no comprenda bien a bien cómo funciona ni como cuidar algo que sabía que existía en los libros y en las iglesias, pero no en mí, no de verdad.

El día de hoy soy de las que andan por ahí diciendo que el programa de los Doce Pasos es un programa espiritual; que asistir a las juntas no es suficiente, que nada es suficiente, si una no trata de arrimarse conscientemente a ese trasfondo. Sin embargo, mi torpeza para tratar ese tema sigue siendo grande. Siempre viví completamente al margen de cualquier religión o cosa que se le parezca y aún hoy recelo de las instituciones eclesiásticas en todas sus manifestaciones.

Pero procuro atender, a través de los Doce Pasos, el espíritu que hoy sé que tengo, mi querido y laiquísimo espíritu, por medio de lo cual, un poco a tientas y un poco a locas, salvo la vida.

 

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