Testimonio 10

Estoy en la recámara. Al parecer, hace meses que estoy en la recámara. Para ser más específicos, estoy en la cama. Aparentemente, también llevo meses en la cama. Son las doce del día. Otra vez.
Me desperté a la hora en que mi esposo se despertó y estuve un poco con él mientras se preparaba para salir a trabajar. Desayuné con él. Procuré darle la impresión de que mi día empezaba,

Testimonio de Laura

Estoy en la recámara. Al parecer, hace meses que estoy en la recámara. Para ser más específicos, estoy en la cama. Aparentemente, también llevo meses en la cama. Son las doce del día. Otra vez.

Me desperté a la hora en que mi esposo se despertó y estuve un poco con él mientras se preparaba para salir a trabajar. Desayuné con él. Procuré darle la impresión de que mi día empezaba, de que cuando él saliera por la puerta de la casa yo me quedaría en pie y haciendo mis cosas. Sin embargo, siempre supe exactamente qué iba yo a hacer cuando él saliera, no mis cosas sino mi cosa. Y mi cosa, desde hace varios meses, se compone principalmente de dos actividades: comer y dormir.

Son las doce del día, otra vez, y yo me levanto por segunda ocasión de la cama y me dirijo a la cocina. Y me atraganto. No me atraganto de nada en especial. Me atraganto de esto y de aquello, de cualquier cosa, pedazos de comida que saco del refrigerador y que jamás caliento, mucho, pero mucho pan, galletas, papas fritas, queso, chocolate para untar, a cucharadas o con los dedos, mantequilla de cacahuate, en fin, cosas por el estilo.

Y vuelvo a acostarme.

Y me angustio: ¿Cómo es posible que ya sea la una de la tarde y yo no haya hecho nada? ¿Cómo es posible que pese lo que peso y siga comiendo de esta manera? ¿Cómo es posible que no me haya vestido siquiera? ¿Cómo es posible que no haya empezado siquiera a hacer todo lo que tengo qué hacer para la universidad? ¿Cómo es posible que ni siquiera lave la montaña de ropa que tengo arrumbada en el piso del closet? ¿Cómo es posible que sea tan gorda, tan fea, tan güevona, tan desorganizada?

Cómo es posible que nada me importe.

¿Nada me importa?

Son las dos de la tarde. Otra vez. Voy a bañarme. Si me baño, quizás no se note tanto todo lo que he comido. Si me baño, quizás me sienta mejor. Más limpia, por lo menos.

Salgo de bañarme y no encuentro qué ponerme. Otra vez. En parte porque toda mi ropa está sucia o arrugada y en parte porque no hay mucho qué me quede y lo que me queda no me gusta.

Saco y saco ropa. Es inútil. Otra vez. Acabo poniéndome cualquier cosa.

Son las tres de la tarde. Salgo dispara da a la calle a comprar comida ya hecha.

No me dio tiempo, otra vez, de cocinar. Lo único que importa ahora es moverme aprisa para que cuando llegue mi esposo parezca como que hice algo en el día. En el camino compro también los periódicos y la revista Hola.

Vuelvo con la comida, pongo la mesa y, mientras lo hago, como. Es imposible dejar un plato sobre la mesa sin que lo haya probado primero. Termino, pongo algo de música y me siento en la sala a esperar que mi esposo llegue. Leo los periódicos y las revistas. Fumo y bebo mucha, pero mucha Coca Cola.

Son las cuatro de la tarde. Mi esposo llega.

Mi nombre es Laura y soy comedora compulsiva.

Hace algún tiempo, poco, mis mañanas eran todas así. Sólo que a mí no me parecía raro. Así vivía, así comía y punto. Esa era yo y esa era mi vida. Sin embargo, cuando llegué a un grupo de Comedores Compulsivos Anónimos comencé a entender que la vida, como dicen, estaba en otra parte.

Sólo por hoy mis mañanas son cada día más hermosas.

 

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