Testimonio 6

Soy un adicto más en recuperación y, durante el tiempo que me he encontrado en ella, me he hecho esta pregunta: ¿desde cuándo sentí que tenía problemas con mi manera de drogarme?
Tal vez la sentí, no muy bien iniciada mi carrera adictiva, cuando fui detenido por posesión de marihuana a los catorce años. Pudo haber sido a los quince, cuando me accidenté en un automóvil siendo hospitalizado

Testimonio de Cuauhtémoc S.

Soy un adicto más en recuperación y, durante el tiempo que me he encontrado en ella, me he hecho esta pregunta: ¿desde cuándo sentí que tenía problemas con mi manera de drogarme?

Tal vez la sentí, no muy bien iniciada mi carrera adictiva, cuando fui detenido por posesión de mariguana a los catorce años. Pudo haber sido a los quince, cuando me accidenté en un automóvil siendo hospitalizado por lesiones aunadas a una congestión de anfetaminas y alcohol. Sentir esa problemática fue un suceso repetido: a los dieciséis, nuevamente en la cárcel de los militares destacamentados en Huautla de Jiménez, Oaxaca, estando intoxicado con hongos alucinantes. Viví, pues, una adolescencia minada por el consumo de drogas. Mis estudios fueron continuos, pero siempre afectados por el rechazo que sentía de mis compañeros de estudios por el hecho de ser drogadicto.

Tuve que formarme una barrera defensiva ante ello y justificar mi actitud. Mis problemas relacionados con la adicción se repetían una y otra vez, en el seno familiar, en el ambiente profesional, en mis relaciones amorosas, siempre mancharlas por los efectos de mi manera compulsiva de consumir drogas.

Sentía que mi estigma era una carga de la cual nunca en la vida podría librarme por mí mismo. Viví muchas veces la desesperación de no poder vivir sin drogarme, buscando siempre en mis relaciones personas con la misma obsesión maligna. Siempre enmascaraba mi principal problemática, cuidaba al máximo mi imagen, pero los esfuerzos eran infructuosos, pues las evidencias eran palpables hasta para mí mismo.

Durante mucho tiempo viví sustituyendo una sustancia por otra. Cuando la anterior ya no me daba servicio o me sentía enganchado a ella, cambiaba de pareja, de lugar, de trabajo, en fin... busqué muchas maneras y probé casi todas las drogas. No había una solución que pudiera aplicarme a mí mismo.

A los treinta y un años me casé. Siento que se había iniciado en mí un proceso de regresión mental del cual aún no me recupero. En ese entonces me encontraba consumiendo grandes dosis de cocaína base, al grado de que no podía dejar de fumar para poder cocinarla. Estaba en el camino final. No sentía que hubiera salida. Ya no imploré a Dios que me liberara de la compulsión. Solamente le pedía que en los accesos de locura total que me daban no fuera yo a dañar a alguien, especialmente a mi esposa.

Hubo una pequeña ventana un año después: en uno de loS rituales de intoxicación solitaria de mayor profundidad, tuve el tino, enviado por mi Poder Superior, de Pedir Ayuda. Fui internado en una clínica, gracias a la ayuda de mis padres. Allí comenzó mi otra vida; conocí el Programa de loS Doce Pasos y hoy me mantengo en él. Al cumplir un año de sobriedad escribí lo siguiente:

Desenmascaramiento
Se escondía de muchas maneras. Lo busqué siempre, incluso llegué a explorar otros estados de conciencia, con tal de encontrarlo y vencerlo. Ahora sé quién es y dónde se oculta el mayor de mis enemigos. No es el encapuchado ni el que se disfraza con gracia, ni aquel luchador enmascarado, ni el Maligno Ser, aunque este último lo acompaña de forma fiel. Me tomó una vuelta al sol, un circuito por los ejemplos del infierno que radican en otras mentes.
Rompecabezas que parece aún hoy indescifrable, identidad ubicada pero desconocida, objetivo incierto. A veces lo busqué en figuras inocentes y con ira las dañé, culpándolas, siendo yo el responsable. Sólo por Hoy ya Dios gracias, descubrí su escondite y puedo, entonces revelarlo: habita en el interior de mi alma, enemigo desconocido pero ahora ubicado; me libera el saberlo y decirte además que ya no te odio por ser yo mismo; ahora te quiero dejar salir, pues ya no me dañarás con tus múltiples, erráticas y engañosas manifestaciones.
Escribiendo esto, hilo en el pasado e incluso me mueve a risa cómo fuiste de engañoso y sé que aún lo eres. Te presentes como te presentes, en tus múltiples actitudes, hoy te perdono y le doy a Dios gracias, pidiéndole que te acompañe, para que ya no sufras.

Puedo hoy terminar este testimonio, repitiendo algo que he escuchado por ahí: ¡Sí se puede!

 

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