Testimonio 3

Al llegar por primera vez a un grupo de Comedores Compulsivos Anónimos me enteré de que la comida podía producir adicción (especialmente ciertos alimentos como los azúcares y las harinas refinadas). Me dijeron que nosotros éramos como los alcohólicos, pero con la comida, en el sentido de que una vez que probábamos el primer bocado compulsivo nos era imposible parar de comer.

Testimonio anónimo

Al llegar por primera vez a un grupo de Comedores Compulsivos Anónimos me enteré de que la comida podía producir adicción (especialmente ciertos alimentos como los azúcares y las harinas refinadas). Me dijeron que nosotros éramos como los alcohólicos, pero con la comida, en el sentido de que una vez que probábamos el primer bocado compulsivo nos era imposible parar de comer.

No necesitaron convencerme, pues mi experiencia con la comida me lo había demostrado una y otra vez. Me queda claro qué tan semejante es mi enfermedad a la del alcohólico o a la de cualquier otro adicto.

No he vivido los delirios del alcoholismo, ni siquiera me he puesto hasta atrás alguna vez, pero sí he experimentado esa impotencia y esa falta de control de mi vida y de la sustancia (la comida, en mi caso).

Cuando nosotros los comedores compulsivos estamos en el atracón decimos que estamos en la actividad. y la vida en la actividad es una vida muerta. Los acontecimientos y las personas dan vueltas en la cabeza, se ven diferentes. Algunas veces más placenteras, otras más angustiantes. y mientras tanto, la zozobra de la parálisis y de no saber hasta cuándo uno podrá parar.

Una vez retacada de comida, hasta el punto de que ya ni el aire entra, surgen las ganas de vomitar, de echar fuera todo lo que una se ha metido y, de paso, todo el dolor y lo que en el fondo odiamos de nosotros mismos. En ese momento juro a la vida que mañana no será igual. Me sumerjo tanto en la fantasía que por un momento casi lo creo, pero en el fondo... en el fondo sé que apenas se aligere un poco mi estómago estaré de nuevo dispuesta a prostituirme por un pedazo de pan, a decir lo que no quiero decir, a estar con la gente que no quiero estar, a correr de un lado a otro con la desesperación de meterme algo a la boca.

Y la dignidad y el respeto se van como el hilo de una media. y el odio a mí misma se hace más patente, me envuelve, me acorrala y me entrecorta la respiración tras la preocupación constante de saberme yo.

Entonces viene el peor de los estados: el miedo. Toda la seguridad y el placer que creí sentir cuando emprendí toda esa corretiza se revierten sobre mí bajo la forma de un terror inconsolable. Ahí se alberga la desesperanza y la certeza de que toda yo soy un error. Sólo se distingue oscuridad y la vida parece tan amenazante... que lo único que pido es no despertar al día siguiente.

 

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