Testimonio 2

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Mi nombre es Agustín y soy un enfermo más del alcoholismo. El día de hoy me es fácil decirlo y, más importante aún, sentirlo. Para haber podido llegar a esto han pasado varios años, durante los cuales he ido peregrinando, empezando por una clínica para el tratamiento del alcoholismo en el estado de Morelos, donde me hablaron de que era un enfermo y que me iba a recuperar

Testimonio de Agustín

Mi nombre es Agustín y soy un enfermo más del alcoholismo. El día de hoy me es fácil decirlo y, más importante aún, sentirlo. Para haber podido llegar a esto han pasado varios años, durante los cuales he ido peregrinando, empezando por una clínica para el tratamiento del alcoholismo en el estado de Morelos, donde me hablaron de que era un enfermo y que me iba a recuperar y ahí conocí gente bonita cuyos problemas eran diferentes a los míos, o al menos eso era lo que pensaba yo --me sentía diferente--. Al llegar un grupo de aa, al cual me mandaron de la clínica al terminar mi tratamiento y yo me moleste, ya que cómo era posible que después de lo que había pagado fuera a un lugar donde no cobraban y no había psiquiatras ni psicólogos --no entendía cómo alguien igual que yo me iba a ayudar--, me dijeron los que ahí se reunían que eso era lo único que funcionaba para estar sobrio; pero yo sentía que ese no era mi lugar pues en la clínica había oído hablar de que el haber estado en tratamiento era como si hubiera escuchado no recuerdo que número de juntas así que eso no era para mí. Yo pensé que como era joven y sano no tenía nada en común con la gente de ese y otros grupos. Ellos me hablaron de perder una familia, de estar recluido en un hospital psiquiátrico, en la cárcel o, tal vez, de la misma muerte. Yo no les creí. Pensé que ellos sí eran enfermos y que sí necesitaban de eso, así que no regresé.

Pasó el tiempo y un día, al tener un problema con mi pareja, decidí suicidarme, ya que el tiempo que llevaba sin beber había estado sobrio por ella. Pero para hacerlo decidí primero anestesiarme con unas copas. Empecé a beber ya pensar en cómo iba a ser mi funeral y mi entierro; en toda la gente que iba a desfilar por mi ataúd y cómo iban a llorar y a pedirme perdón; en cómo la mujer a la que yo amaba no iba a poder vivir tranquila, ya que ella era la causante, en fin... No me suicidé y mejor me emborraché. Sentí que esa vez iba a ser diferente, que iba a controlar al alcohol. A los pocos días perdí el control... Una noche me puse a beber y tuve un accidente que me hizo llegar a un hospital. Al estar ahí me juré que no lo volvería a hacer, que los Alcohólicos Anónimos tenían razón, pero al mismo día que salí del hospital seguí bebiendo. No sabía cómo terminaba; simplemente me despertaba y me encontraba tirado en algún lugar de la casa, con moretones en el cuerpo y, una que otra vez, descalabrado; o bien me despertaba y lloraba amargamente por la desesperación que sentía de no poder detenerme. Pero todo esto fue en vano... Día con día lo mismo, beber y quedar inconsciente, hasta que un vecino, que es Alcohólico Anónimo, me dijo que mejor me fuera a un grupo, que escuchara una junta, y yo acepte. Lo que el no me dijo fue que la junta iba a durar tres meses. Me llevó a un grupo donde me encerraron y, al pasar el sopor alcohólico y verme ahí, quise irme pero no me dejaron. Les dije que era ilegal mantenerme ahí y se rieron. Me dijeron que la ley ahí no existía, que ellos estaban por encima de ella. Aquí ya no fue como la clínica; aquí eran golpes y maltratos tísicos y verbales. Cuando un familiar me fue a ver y le dije qué era lo que pasaba me dijo que eso no era cierto, que los padrinos le habían dicho que eran cosas que yo inventaba para salir de ahí y seguir bebiendo. y así pasó el tiempo, entre mentadas y sapes, hasta que un día salí y ya no regrese. Lo primero que hice fue lo que no debí hacer: volver a drogarme. Me regresé a México a la brevedad posible, pues tenía pavor de volver a caer en las manos de los supuestos alcohólicos que tenían el cometido de ayudarme a dejar de beber, aunque yo no lo deseara, ya fuera golpeándome o humillándome. Tenía que dejar de beber como ellos querían; era algo así como una competencia desigual donde si yo no hacía lo que decían ellos me castigaban como si fueran la justicia divina... algo muy raro.

Meses después de mi salida del grupo me puse a consumir de una manera exagerada ya las pocas semanas le hablé a mi psiquiatra pidiéndole que me desintoxicara. El accedió, así que me interné otra vez, con todos los buenos deseos de no volverlo a hacer. Pero la última noche en el hospital me fue a ver un conocido de la clínica y me planteó, de una manera bastante objetiva, que lo que debía de hacer era cambiar de sustancia y acepté. De hecho, para celebrarlo, me di un toque con él y quedé convencido de que el alcohol era el problema. Todo se volvió a caer. Seguí bebiendo, pues la mariguana no era suficiente. Luego llegaron las pastillas y luego más problemas, más sufrimiento, más aislamiento. Hay imágenes que recuerdo fijamente, como el ir caminando por las calles, temblando, todo hinchado de alcohol, buscando un trago y pidiéndole a Dios, al encontrarlo, que no lo fuera a vomitar, que se me quedara.

Volvió a pasar el tiempo y un día recordé que había conocido a otro Alcohólico Anónimo que me llevó a un grupo con anexo. Yo tenía miedo de que me encerraran, pero ahí fue diferente. Nadie estaba contra su voluntad; el lugar estaba limpio y la atmósfera era diferente. Decidí irme para allá. Ahí me cuidaron, me escucharon, lloraron conmigo. Por primera vez sentí que alguien me entendía. En ese lugar viví experiencias de lo más variadas. Un día, cuidando a una persona que recién había llegado, le dio un ataque y se murió. Yo estaba a su lado. Eso me hizo ver que el alcohol mataba. Sentí mucho miedo yeso me hizo permanecer hasta concluir mi anexo. Al irme, salí confundido, pues el error durante mi estancia fue el haberme engañado diciendo cosas que no eran ciertas y, por consiguiente, el no haberme liberado de lo que realmente me dolía. Esto me hizo volver a usar y volver a caer en lo de siempre; dejar todo y estar borracho solamente, con la idea de que cuando quisiera dejaría de hacerlo, hasta que otra vez decidí buscar ayuda y me fui a un grupo con una casa hogar. Los tres primeros días fueron horribles, temblando, vomitando, con la boca reseca, sin sentirle sabor a nada. A la tercera noche sufrí una convulsión y me llevaron a un hospital. Al día siguiente regresé al grupo. Terminé mi estancia, pero algo había cambiado en mí... Tal vez fue lo que los alcohólicos llaman un despertar espiritual... Sentí que mi vida se estaba extinguiendo, que si no dejaba de beber me iba a morir y sentí que no deseaba morir, que después de todo estaba vivo y volvía a tener la oportunidad de empezar de nuevo. y me quedé a militar ahí, porque sé que solo no puedo, que necesito de otros, que el Programa de los Doce Pasos sí funciona, que el que no quería funcionar era yo.

Después de lo que he vivido creo que todo sirve si uno lo quiere, pero que si uno está empeñado en su autodestrucción todos los esfuerzos serán en vano; que me pude ahorrar muchas situaciones, es cierto, pero en Alcohólicos Anónimos decimos que nadie llega ni antes ni después sino en el momento justo, cuando el Jefe así lo considera. Yo hoy me siento parte de un maravilloso movimiento que salva a la gente y que nunca me cerró las puertas para tener otra oportunidad de dejar de beber, por estas veinticuatro horas.