Testimonio de una hija (compilación)

Una hermana suya me contó que lo perdió el saber que mi madre se entregó a otro antes de ser su mujer; alguien más dice que fue a raíz del fraude de su socio en un negocio de joyería. Él dice que así ahoga las decepciones de la vida, y yo creo que más bien ha sido su falta de decisión para enfrentarse a ella.

Testimonio de una hija*

Una hermana suya me contó que lo perdió el saber que mi madre se entregó a otro antes de ser su mujer; alguien más dice que fue a raíz del fraude de su socio en un negocio de joyería. Él dice que así ahoga las decepciones de la vida, y yo creo que más bien ha sido su falta de decisión para enfrentarse a ella. Lo cierto es que desde que tengo uso de razón, y de eso hace ya más de treinta años, siempre había visto a mi padre tomado. Hasta hace aproximadamente ocho meses, en que decidió aceptar la ayuda de Alcohólicos Anónimos, todos los intentos de la familia habían sido inútiles. Acudimos incluso a una yerbera que nos recomendaron para retirarlo del vicio, sin lograr nuestro objetivo. En esa ocasión pensamos que el viejo se moría por la reacción que tuvo a lo que la señora esa le dio de beber. Creo que logró abstenerse una semana y luego que le pasó el vómito y las convulsiones volvió a lo mismo.

Si bien en mi infancia no hubo excesos ni derroches, mi madre y mis cinco hermanos vivíamos de una manera cómoda. Por ser la más pequeña, yo me quedaba en casa mientras mis hermanos acudían a una escuela particular. Teníamos un carro grande en el que todos los fines de semana salíamos de paseo. A mi padre le gustaba vemos correr y saltar por el campo. Él hacía lo mismo pues tenía muy buena condición física; le gustaba mantenerse siempre en forma, como en el tiempo en que fue novillero.

Un buen día lo vi llegar tarde a casa; se tambaleaba, hablaba raro ya todos nos insultó. A partir de entonces todo cambió. La armonía imperante en el hogar se terminó. Él descuidó su trabajo y, como consecuencia, escasearon los ingresos.

Con el tiempo mis hermanos y yo terminamos en escuelas oficiales. Los mayores no quisieron seguir estudiando y no hubo quién los orientara. Como que se perdió el control de nuestras vidas.

Independientemente de la inestabilidad económica todos sufrimos un descalabro emocional. A mi madre se la veía triste, angustiada, temerosa, ya que bajo el influjo del alcohol mi padre se transformaba. A ella, que antaño fuese algo sagrado, intocable, llegó a golpearla, y no se diga a cualquiera de los hijos que osara; contradecirlo. La segunda de mis hermanas tuvo que someterse a un tratamiento psiquiátrico, pues en una ocasión el viejo volcó toda su furia en ella al enterarse de que había reprobado una materia en la prepa. Fue tal el miedo, el dolor y el odio que sintió mi hermana, que estuvo durante horas agazapada en un rincón de su cama. Estaba como ida y temblaba parejita, incontrolablemente. Creo que, como ella, todos comenzamos a tenerle miedo. El gran cariño y respeto que le profesábamos se transformó. Con el tiempo y al ir creciendo, nos acostumbramos a verlo tomado. Tuvimos que aprender a soportar sus impertinencias, sus imposiciones, a disculpar su mal humor, e incluso aprendimos a ignorarlo cuando de plano era imposible continuar queriendo hacerlo entrar en razón.

Siento que su adicción se agudizó cuando se jubiló y, más aún, cuando murió mi madre. Primero porque no tenía ni quería hacer nada productivo, algo que lo mantuviera ocupado; y después porque los remordimientos por la vida infame que en los últimos años le dio a su compañera lo atormentaban.

Fueron muchas las veces que el viejo llegó golpeado a la casa; era tanto lo que tomaba que perdía el equilibrio y caía cuan largo es. En una de esas borracheras tuvieron que darle ocho puntos en la cabeza. Otras veces cambiaba el reloj o el anillo por una botella de licor. Nosotros nos sentíamos impotentes, desesperados, ante esa situación. Pero él no aceptaba que estaba enfermo, no quería reaccionar.

Un día amaneció hinchado, tembloroso y con un dolor en la boca del estómago que lo hacía desmayarse. Fue entonces

cuando mi sobrina, su nieta mayor de catorce años, lo conmovió con su inocencia y, a la vez, con su suspicacia; con gran decisión y ternura le pidió al viejo que dejara de beber. Le dijo que por su culpa su abuelita se había muerto y que no quería que a su mamá le pasara lo mismo, ya que, como hija mayor, su madre sufría mucho al verlo en ese estado. Además, le dijo que a ella le daba vergüenza que en la escuela le dijeran que habían visto a su abuelito borracho por la calle.

Quizá también el hecho de sentirse al borde de la muerte fue lo que lo hizo aceptar la ayuda que durante años rechazó. Sintió, quizás, que no podía seguir postergando la oportunidad de una vida mejor, tanto para él como para quienes lo rodeamos y, a pesar de todo, lo queremos.

Fue precisamente durante una reunión familiar en la que todos nos disponíamos a brindar, cuando de manera tajante rechazó la copa destinada para él. Sin saberlo nosotros le había pedido a un compañero que lo llevara a las reuniones de Alcohólicos Anónimos. El primer paso estaba dado y, después de muchos años, abrigamos una luz de esperanza. Sabemos que para él es duro abstenerse, pero con cariño y comprensión siento que todos saldremos adelante. Por lo menos mi padre ya no tiembla ni se desespera por un vaso de vino; ya no acude con los vecinos y familiares cercanos como lo hacía antes, sin ningún recato, cuando no tenía dinero para comprar alcohol. Ahora su vida ha tomado un nuevo rumbo. Se le ve rejuvenecido, positivo. Definitivamente ha recobrado su valor humano.

He constatado que a veces se necesita tocar fondo para resurgir, igual que el ave fénix de las cenizas. y con la enfermedad de mi padre --tardamos mucho en tomar conciencia de que el alcoholismo lo es--, nos hundimos. Por muchos años permanecimos en la profundidad del abismo, un abismo de dolor, de miedo, de inseguridad, de privaciones.

Ahora que cuento esto, ya través de los testimonios que hemos tenido que dar en Al-Anón,** todo lo vivido nos parece una mala pesadilla, a veces sólo superada por otras experiencias que hemos conocido de otros familiares de adictos. A la distancia, muchas vivencias adquieren otra dimensión y, en ocasiones, al menos en mí, en lo personal, me producen satisfacción, no las circunstancias en sí, sino la forma en que las superamos.

Por ejemplo, cuando lo del fraude, a mi padre lo privaron de su libertad. Durante el tiempo que estuvo detenido sufrimos la angustia de mi madre, quien se ausentaba del hogar casi todo el día, tratando de conseguir dinero para sacarlo. Ello implicaba dejarnos solos, a veces sin comer, expuestos a los accidentes caseros ya la mala fe de la gente, misma que, en lugar de apoyarnos, nos desdeñó. Poco a poco, mi madre acabó con sus alhajas. Algunas las empeñaba y otras de plano las malbarataba; lo mismo hizo con los muebles y con cuanto había de valor en la casa. Nos dolió vernos en la ruina total, pero al mismo tiempo nos alegró volver a ver el viejo en el hogar.

He de confesar que, después de eso, él ya no fue el mismo. Pienso que se sentía derrotado, humillado y, sobre todo, lleno de rencor. En cuanto salió compró una y otra botella. Necesitaba evadir la realidad, la suya y la de su familia. Era tanta su desesperación que, a veces, se desquiciaba y arremetía contra todo y contra todos. Recuerdo las muchas tardes que mi madre aguardaba en la calle el regreso de mis hermanos de la escuela, para entrar todos juntos a la casa. Nos encerrábamos en un cuarto y rezábamos mientras el viejo golpeaba las paredes de la habitación contigua, siempre amenazante y completamente fuera de sí.

Al ver la situación mis dos hermanos mayores tuvieron que truncar sus estudios para comenzar a trabajar en lo que fuera: lo primero era comer. Siento que en ese momento inició nuestro resurgimiento. En la casa había muchas necesidades y todos, de una u otra forma, pusimos nuestro granito de arena para salir adelante. Los mayores, e incluso mi madre, aportando dinero para el sustento, en tanto que los que estudiábamos lo hicimos con más ganas. Siento que fue como una forma de pagarles su esfuerzo y de forjarnos un futuro mejor.

Después de la tempestad volvía la calma y todos tuvimos rachas buenas. Mi madre siempre nos inculcó el deseo de superación, y también nos enseño a tratar al viejo como a un amigo, a convivir con él, a aceptarlo con su problema.

Creo que, si se hubiera atendido antes y nosotros hubiéramos tenido acceso a estos grupos de auto ayuda, las cosas hubieran sido diferentes... tal vez más fáciles o, por lo menos, nos hubiéramos evitado muchos malos ratos.

Ahora estamos conscientes, todos, de que lo que mi padre necesita es mucho amor, distracción y trabajar, aunque sea en los desperfectos caseros. Esto lo ayuda a mantenerse activo, a sentirse útil y, cuando hay oportunidad, sin que se sienta ofendido, lo retribuimos económicamente.

Para nadie ha sido fácil atreverse a descubrirse ante la gente, contar a muchos que no conoces una serie de experiencias, la mayoría de las veces nada halagadoras, pero ello es un reto. De entrada es mostrarte humilde y valorarte. Es querer aceptarse a ti mismo con todos tus defectos. Es dejar que te ayuden, que te estimulen; no que te compadezcan sino que te sientas apoyado en esta nueva etapa de tu existencia. Es mostrarte abierto ante una nueva oportunidad en la vida.

Nota
*Compilación: Mireya Ballesteros
**Los grupos de auto ayuda AL-ANÓN y Alateen son una sociedad formada por los familiares y amigos de alcohólicos que quizá siguen bebiendo compulsivamente todavía o que tal vez se han hecho sobrios gracias a Alcohólicos Anónimos o por otros medios.

 

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