1. Si atenté contra mi vida fue un poco por depresión, pero un mucho por cobardía e irresponsabilidad: preferí inferir una nueva tristeza a los míos que afrontar la situación en que yo, y solamente yo, me he metido, Recuerdo mi rostro justo antes de cometer mi nuevo error de conducta: había la sospecha de que no moriría, de que mi acto era el colmo de la autocompasión y la pereza.

Necesité humildad para aceptar que mi hermana, por azares del destino, (léase Poder Superior), me obsequiara sus reservaciones en Huatulco, porque a ella le surgió un compromiso. Primero me negué a recibirlo, pensando que mi realidad no me permitía hacer un viaje de ese tipo. De corazón, ella no esperaba nada a cambio. Había que estar en dos horas en el; aeropuerto.

Una hermana suya me contó que lo perdió el saber que mi madre se entregó a otro antes de ser su mujer; alguien más dice que fue a raíz del fraude de su socio en un negocio de joyería. Él dice que así ahoga las decepciones de la vida, y yo creo que más bien ha sido su falta de decisión para enfrentarse a ella.

Iba yo camino a la clínica. Mi sentimiento era de esperanza, de fe, de inicio y de renovación. Sentía como un nacer a la luz, al amor, agradecida con una gran amiga que me esperaba, para llevarme ahí.
Mi vida llevaba un tiempo con una gran desolación, en el autoengaño, oscura y sin sentido. Así, oscilando entre esa gran tristeza y un leve soplo de vida y esperanza, llegué a la clínica.

Mi nombre es Agustín y soy un enfermo más del alcoholismo. El día de hoy me es fácil decirlo y, más importante aún, sentirlo. Para haber podido llegar a esto han pasado varios años, durante los cuales he ido peregrinando, empezando por una clínica para el tratamiento del alcoholismo en el estado de Morelos, donde me hablaron de que era un enfermo y que me iba a recuperar

 

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