Praeventum

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¡Aquí no pasa nada! Una expresión que quisiéramos que fuera cierta y repetirla varias veces. Sin embargo, eso no es posible si nos detenemos a pensar en las crisis económicas, como uno de aquellos múltiples factores que condicionan, o bien sirven como detonantes, razones o pretextos para que alguien se inicie o bien abuse en el consumo de drogas con fines de intoxicación.

Praeventum,
Aplíquese para evitar las adicciones

Jesús García Rosete

¡Aquí no pasa nada! Una expresión que quisiéramos que fuera cierta y repetirla varias veces. Sin embargo, eso no es posible si nos detenemos a pensar en las crisis económicas, como uno de aquellos múltiples factores que condicionan, o bien sirven como detonantes, razones o pretextos para que alguien se inicie o bien abuse en el consumo de drogas con fines de intoxicación.

Visto de manera simple se podría pensar que se está economizando un problema social y de salud pública, como lo es la farmacodependencia. Veamos qué trae tras de sí una crisis económica para los habitantes de un país como México; desempleo, pérdida de poder adquisitivo por la inflación, modificaciones a los hábitos de consumo, cambios de lugares de residencia, desatención de la salud, cambios de escuela y/o deserción escolar, etcétera, etcétera.

Después de esta breve enumeración de cambios y pérdidas es difícil volver a usar la expresión inicial de ¡Aquí no pasa nada! Por más esfuerzos que hagamos en el empleo de nuestros diferentes mecanismos de defensa psicológica con los cuales tratar de hacer menos impactante la crisis en el vivir cotidiano de cada quien, muy a pesar de ello, la realidad es otra, pues es imposible negar las consecuencias de una crisis como la que padecemos en los momentos actuales.

A riesgo de ser redundantes señalaremos algunos ejemplos concretos en los que se manifiesta la crisis en el hogar y que padres e hijos tienen que sortear dando y buscando respuestas útiles para establecer algún grado de equilibrio que no permita a sus miembros iniciar en el uso y abuso de substancias con efectos psicotrópicos, una salida a la presión y malestares inducidos por la crisis.

Un ejemplo podría ser el siguiente: un padre de familia que fue despedido de su trabajo modifica obligadamente sus rutinas familiares en el afán de volverse a emplear. Esto ocasiona la desatención de los hijos y la esposa, además del inherente cambio en su estado de ánimo, mismo que se proyecta y repercute en todos y cada uno de los miembros del grupo familiar, ya que el clima emocional se torna tenso y cargado de ansiedad, producto de la incertidumbre y la baja o nula oferta laboral. A esta última se suma la exigencia de la satisfacción de las necesidades básicas de la familia y el cumplimiento de otros compromisos. Sin duda, una situación tan agobiante hace que los miembros de la familia, principalmente hijos y esposa, asuman actitudes de tipo protectivo para con el padre, cuando éste es la única fuente de ingresos, pues adoptan el silencio, entre otras actitudes, para ocultar las demandas que el estilo de vida tenido hasta ese momento les reclama. Con ello evitan y reprimen la expresión de emociones, malestar e insatisfacción que dicha situación extraordinaria les acarrea.

En la medida que esta tensión generada por la crisis en el hogar se prolonga, llega a reflejarse en la somatización de las diferentes reacciones emocionales (coraje, miedo, abandono, etcétera), mismos que se traducen en mayor susceptibilidad para las infecciones, problemas de conducta, insomnio, trastornos de la alimentación, jaquecas, urticarias, etcétera. La desorganización emocional que se vive en esos momentos puede conducir a los adultos y adolescentes a abusar en el consumo de substancias psicoactivas. Si, en el mejor de los casos, no se presenta la pérdida del empleo, otros elementos de la crisis, como lo es la inflación económica, también impacta la vida familiar de diversas formas, sólo por indicar algunas de estas diremos que: una familia habituada ha de acudir a espectáculos como el cine, el teatro, conciertos, toros, fútbol, centros de diversiones, pistas de patinaje, ferias, etcétera, como recursos para ocupar su tiempo libre y convivir. Estas posibilidades son más esporádicas, e incluso excepcionales; este hecho trastoca la dinámica relacional, no sólo de la propia familia, sino también del círculo de las amistades, pues ante la pérdida de poder adquisitivo muchas familias se ven obligadas a dejar su lugar de residencia, el colegio o bien los grupos en los que se desarrollaban cotidianamente. Estos hechos requieren que las personas, sean adultos o menores, inicien cuánto antes diversos procesos de duelo y acepten su nueva condición socioeconómica, para la cual precisan de un amplio esfuerzo de ajuste y adaptación en el que lleven a cabo una revaloración de aquello que es necesario para su desarrollo personal, familiar y sociocultural; de tal manera que, independientemente de la duración de la crisis, la comprensión y, desde luego, el menor gasto posible, se den y aprovechen las oportunidades reales para crecer como personas y miembros de una sociedad.

Dicho de otra manera, la crisis y los acontecimientos inesperados nos plantean una serie de desafíos para romper con aquellos patrones de conducta que nos mantienen atados a esquemas consumistas que anteponen los valores materiales a los humanos y espirituales, mismos que crean en nosotros una sensación de vacío, angustia y sin sentido que entorpecen nuestra vida relacional (nuestro trato con los demás), en la cual somos más vulnerables al espejismo anestésico que representan el uso y abuso de las drogas (alcohol, tabaco, mariguana, cocaína, etcétera).

Para concluir, sólo insistiremos en un punto: no hagamos como que no pasa nada en nosotros y en nuestros seres queridos; revisemos cómo nos afecta, en particular, la crisis económica y si tienen que tomarse decisiones difíciles en materia de economía familiar, consideremos la manera de enfrentarlas con responsabilidad, creatividad y conciencia familiar, para que los desequilibrios emocionales puedan ser superados con oportunidad y suficiencia y, así, ningún miembro de la familia piense en las drogas como en una salida desesperada a la situación que se vive.

¡Aquí sí pasa algo!