Violencia y familia

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Ausencia de autoridad y falta de límites son los ingredientes para que, dentro de la familia, se desencadene la violencia. Además de la violencia física y verbal, existe la violencia psicológica. Una forma en que este tipo de violencia se manifiesta es en actitudes pasivo-agresivas que suelen ser comunes en el ámbito familiar aunque sean más difíciles de identificar, ya que no se escuchan y no dejan moretones ni sangre. El artículo realiza un breve análisis de esta problemática y se afirma que reconocer que existe tal problema es el primer caso para cambiarlo.

Violencia y familia

Doctor Deimos Aguilar

Dos gobiernos en la misma familia: el papá dice una cosa y la mamá dice otra. Ausencia de autoridad y falta de límites son los ingredientes para que se desencadene la violencia, porque cada quien hace lo que quiere. Además existen otros factores que fomentan la violencia y la destrucción, como maltrato infantil, abuso sexual, alteraciones cerebrales; alcoholismo y farmacodependencia; bajo autoestima de los padres, etcétera.

Los trastornos de conducta en los niños obedecen a síntomas emocionales, cerebrales o reflejan la vida familiar. Las alteraciones en el comportamiento del adulto denotan patologías psiquiátricas que requieren de tratamiento específico. No es lo mismo un niño que se porta mal a un adulto que se porta mal. Hay una gran diferencia entre el niño que agrede a su padre o madre, al adulto que agrede a sus hijos, porque el adulto ya tiene formada su moral, y el niño apenas la está desarrollando. Sin embargo, existen familias cuyo modo de vivir es agrediendo, burlándose, descalificando, manipulando o chantajeando, insultando, violando o engañando. Esto permite que los niños vivan la violencia como algo cotidiano, y consecuentemente la practicarán con los demás como algo normal. Las personas con esta historia andan agrediendo a todos, no se dan cuenta y luego se preguntan: ¿por qué ya no me invitan? ¿por qué dejo de hablarme?, ¿por qué me agreden si yo no les he hecho nada? Agreden sin darse cuenta porque traen mucho coraje y resentimiento dentro de sí. Existen, por ejemplo, madres que agreden pasivamente a sus hijos, ya que no los defienden del progenitor y además hacen que el niño lo odie, porque le permiten presenciar escenas de violencia en las que la madre asume el papel de víctima y le envía a su hijo un mensaje: tu papá es tan malo que hasta a mí me pega.

Las actitudes pasivo-agresivas también son comunes dentro del ámbito familiar. Más difíciles de identificar, no se escuchan, no dejan moretones ni sangre, unos ejemplos son los siguientes: llegar a la casa y no saludar, acudir tarde a una cita, olvidar una fecha muy importante, subirle el volumen a un aparato de sonido cuando se está hablando de algo importante, no hacer caso de un tema trascendente, hacer gestos desagradables, no llegar al hogar por varios días sin avisar, descuidar la salud para preocupar a los demás, hacer mal las cosas deliberadamente, tardarse a propósito, no contestar una pregunta, gritar, mentir, etcétera.

La forma más común de agredir pasivamente es sobreprotegiendo a un niño, porque es una manera de tratarlo como tonto, y eso hace que el niño no desarrolle sus capacidades de autonomía e independencia. Los padres se excusan: es que lo quiero demasiado, pero toda persona que ama o quiere demasiado no sabe amar, porque se debe amar lo justo, ni más ni menos.

Así se manifiesta el problema de la violencia familiar son estos padres que creen amar a través de golpes e insultos, o de aquellas madres que aman demasiado y sobreprotegen a sus hijos. Los dos maltratan a su estilo.

¿Qué se debe hacer para modificar el comportamiento violento? Lo primero es reconocerlo; enseguida se debe aceptar que no saben amar y sus acciones son más bien destructivas; posteriormente hay que someterse a un tratamiento en donde primero se practiquen estudios de la personalidad del agresor, para saber si requiere someterse a un tratamiento psiquiátrico. Dicho tratamiento científico va dirigido a todos los integrantes de la familia, pero un niño jamás va a concertar la cita con el terapeuta familiar, lo tienen que hacer los adultos responsables del destino histórico de su familia. ¿Se atrevería usted a someterse a tal tratamiento? ¿O prefiere seguir viviendo en la violencia?.