La moral infantil y la farmacodependencia

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A través de un breve análisis de dos fenómenos inherentes a la naturaleza humana como lo son el dolor y el hedonismo, el autor explora las teorías del desarrollo moral infantil y cita a Hoffman quien señala que son tres las principales: 1.- La doctrina del pecado original, 2,- La doctrina de la pureza innata y 3.- La doctrina de la tabla rasa o manos limpias. Agrega la postura de Piaget que sostiene que existen básicamente dos etapas en el desarrollo moral. Señala que los adictos suelen manifestar una moral infantil y concluye que un buen programa terapéutico debe re-estructurar la relación entre padres e hijos para eliminar las interferencias de relación retrospectivas, en la medida que se ha comprobado que a mayor desamparo infantil (incluida la violencia, el abuso, la explotación, la humillación, etcétera.) mayor será el potencial adictivo y menor el desarrollo moral.

La moral infantil y la farmacodependencia

Doctor Deimos Aguilar Jiménez*

La lección más importante que se debe recordar frente al dolor es que duele, cualquiera que sea su causa. La persona con dolor agudo gime, se retuerce, suda, pide ayuda y muestra una gran angustia. Cuando el dolor persiste durante días y semanas, se vuelve soportable; la persona aprende a tolerarlo de tal modo que puede aparecer en público sin hacer sentir incómodos a quienes lo rodean.

Sin embargo, es importante atender al dolor, porque es un aviso de alarma. La International Association for the Study of Pain (iasp) ha reconocido la importancia esencial de los componentes sensoriales y emocionales del dolor, al que define como una experiencia sensorial y emocional desagradable, asociada a una lesión real o potencial de los tejido". En tanto señal de alarma, constituye una función nervioso arcaica ligada al sistema de defensa y protección del organismo. El dolor contribuye a organizar el esquema corporal; tiene un valor existencial, por eso la intensidad del dolor depende de la personalidad de cada uno.

El dolor psicógeno es el dolor molesto y persistente que, al no reconocer causa orgánica explicable, debe atribuirse a factores emocionales. El dolor nociceptivo se debe a la activación de las fibras sensoriales aoc, ocasionado por la estimulación térmica, mecánica o química de los receptores periféricos especializados del dolor. Las situaciones emocionales indudablemente pueden producir un dolor que hace sufrir tanto como el de un tumor o el de una herida por arma de fuego.

En esta cultura evitamos a toda costa del dolor. El principio del placer freudiano, que para el psicoanálisis rige la actividad psíquica, contrasta con el principio del dolor.

En el caso del placer, se ha generalizado su concepto como condición de bienestar y satisfacción, libre de sensaciones de tensión y desequilibrio psíquico. En el aparato psíquico, toda incorporación de energía o excitación produce displacer y su eliminación produce placer. El aparato psíquico rato entonces de reducir las cantidades de energía o mantener las constantes. El placer no estriba tanto en la satisfacción de una necesidad, sino en la tendencia a recuperar el equilibrio perdido.

Desde el punto de vista racional se distinguen las jerarquías de los placeres; los sensoriales en primer lugar: el sexo, la movilidad, la distracción; luego la apropiación de bienes, el consumismo, etc. Le siguen los placeres relacionales: los encuentros, las amistades, el amor, el juego, el ejercicio del poder. Los cognitivos abarcan, entre otros, el conocimiento y el erotismo de la cultura. Los estéticos comprenden las artes en general. Y en la cúspide se encuentran los placeres éticos, síntesis de ambigüedad y angustia, resultado o síntesis del constructo axiológico personal.

Ortega y Gasset enlazaba felicidad, vocación, actividad vital y voz íntima. El hombre no es feliz al poseer lo que desea, decía, sino al considerarlo como motivo de actividad plena y enriquecedora. La moral debe entrar en el placer pero también el placer tiene que entrar en la moral. Al abjurar de él, la mutilación de un rasgo humano constituye la salida vicariante.

El placer es el puente a la felicidad y el punto de enlace entre lo pasado y lo futuro. Felices los felices, afirma Jorge Luis Borges. Sin embargo, dentro de los derechos humanos tan frecuentemente citados, no figura explícitamente la protección del hedonismo. Se resguarda al niño, a la madre, al anciano, pero no al humano feliz.

Conocemos de esta manera dos fenómenos inherentes a la naturaleza humana: el dolor y el hedonismo, los cuales, en la medida y forma que los padres se los den a conocer a sus hijos, les irán formando su aparato psíquico y su moral.

En relación a las teorías del desarrollo moral, los patrones morales incluyen no sólo el control de impulsos antisociales, sino también el imperativo a relacionarse con el bien, el placer estético y los sentimientos de los demás, y a ejercer juicio firme en cuestiones que implican conflictos de interés entre uno y los demás.

Martin L. Hoffman (1970) destaca que existen tres teorías principales que tratan el desarrollo moral de los niños:

1. La doctrina del "pecado original". Indica que todo niño nace con impulsos antisociales, que el adulto debe enseñarle a reprimir.
2. La doctrina de la "pureza innata". Postula que los niños son buenos desde el nacimiento y que la sociedad adulta puede corromperlos, y
3. La doctrina de la tabula rasa o "manos limpias". Supone que los niños no nacen buenos ni malos, sino que se convierten en lo que su ambiente los obliga.

Piaget sostiene que existen básicamente dos etapas en el desarrollo moral. Antes de los tres años, y previo a estas dos etapas, hay también un periodo temprano en el que el niño resuelve problemas de conducta en forma ritual, sin ninguna comprensión de los conceptos morales.

De los tres a los ocho años la moralidad se nomina realismo moral, moralidad de restricción o moralidad heterónima y se caracteriza por el absolutismo del valor, es decir, la creencia del niño de que todos comparten las mismas ideas de lo bueno o lo malo. En esta etapa es característica la demostración del error moral mediante sanciones: el niño distingue lo que no está bien cuando se le aplica un castigo; esto es muy importante, porque cuando a un niño se le castiga injustamente, con un alto grado de dolor, se devalúa y distorsiona negativamente la percepción que tiene de sí mismo.

Otro elemento de esta moralidad es la justicia inminente: la creencia de que una infracción a las normas sociales produce accidentes o infortunios inflingidos por la naturaleza o Dios (Kohlberg, 1963).

De aquí podemos desprender que la actitud de muchos individuos adictos que juran abstinencia, tiene una moral infantil, ya que cumplen su promesa por miedo a un castigo divino.

La segunda etapa de la moral es denominada moralidad subjetiva, autónoma, de cooperación o reciprocidad. Se caracteriza por desechar las ideas de moralidad fijadas anteriormente (es cuando nace un verdadero adulto) y se suplantan por un sistema de creencias que tiene en cuenta las intenciones del individuo y la posibilidad de error humano. Esta moral, que también puede llamarse sublime, tiene principios individuales de conciencia, considera leyes, reglas y valores internos mucho más evolucionados.

Cuando los padres son sanos y además están preparados e informados para criar a sus hijos, tenderán a equilibrar el dolor y el placer, para permitirles alcanzar el mejor desarrollo moral posible.

La regla es: a mayor desamparo infantil (incluida la violencia, el abuso, la explotación, la humillación, etc.), mayor será el potencial adictivo y menor será el desarrollo moral.

Esto se entenderá como retraso moral, y provocará una necesidad de placer sin la posibilidad de postergar su dependencia, como el niño que tiene hambre y llora porque no le dan su biberón.

De esta manera entendemos a los individuos urgidos del placer que les brinda la droga, como una forma de satisfacerse de madre o de padre.

Esta urgencia de placer será satisfecha por los receptores orales, visuales y también genitales, lo que explica las diferentes adicciones. De esta manera se establece el vínculo patológico: adicto-droga.

El fenómeno psicodinámico inviste a la droga de una valor sublime que sólo es equiparable al que se le puede tener a los padres, pues el equivalente sano es: hijo-madre.

Esta es una de las razones por las que fracasan los programas de tratamiento y rehabilitación: se les satura de información, se les orienta y hospitaliza, se les anexa, se les amenaza y en poco tiempo recaen.

Lo que un buen programa terapeútico debe intentar es estructurar la relación entre padres e hijos, para eliminar así las interferencias de relación retrospectivas.

Un hombre lleno de equilibrio (dolor-placer) buscará los placeres estéticos-morales.

Nota
* Psiquiatra Infantil y de Adolescentes.