A través de un breve análisis de dos fenómenos inherentes a la naturaleza humana como lo son el dolor y el hedonismo, el autor explora las teorías del desarrollo moral infantil y cita a Hoffman quien señala que son tres las principales: 1.- La doctrina del pecado original, 2,- La doctrina de la pureza innata y 3.- La doctrina de la tabla rasa o manos limpias. Agrega la postura de Piaget que sostiene que existen básicamente dos etapas en el desarrollo moral. Señala que los adictos suelen manifestar una moral infantil y concluye que un buen programa terapéutico debe re-estructurar la relación entre padres e hijos para eliminar las interferencias de relación retrospectivas, en la medida que se ha comprobado que a mayor desamparo infantil (incluida la violencia, el abuso, la explotación, la humillación, etcétera.) mayor será el potencial adictivo y menor el desarrollo moral.

La prehistoria en el niño equivale a la ontogenia y a la filogenia, y la historia son sus abuelos y sus padres. Estudiando la historia infantil en las diferentes culturas del planeta, y conociendo qué importancia ha tenido el niño en los diferentes ámbitos sociales, pedagógicos, lúdicos o familiares, podemos entender de qué manera ha evolucionado el concepto y el trato de los infantes.

En la antigüedad aparece una diversidad insospechada de actitudes hacia los infantes. Desde la severa educación espartana hasta el liberalismo ateniense, pasando por el omnipotente pater familias romano, capaz de la mayor crueldad, como del cariño más conmovedor. Mientras los galos tenían derecho a decidir la vida o muerte de sus hijos, en la India antigua se les mimaba.

Ante el problema de que en muchas familias de farmacodependientes los padres aún están deseosos de que sus padres los quieran y siguen buscando ser aceptados, el autor recuerda las funciones del núcleo familiar en un intento por ofrecer elementos que ayuden a que los padres no pierda su rol de padres y no generar así un caos en el sistema familiar. Concluye que la mejor herencia que los padres pueden darle a sus hijos es una infancia feliz.

Ausencia de autoridad y falta de límites son los ingredientes para que, dentro de la familia, se desencadene la violencia. Además de la violencia física y verbal, existe la violencia psicológica. Una forma en que este tipo de violencia se manifiesta es en actitudes pasivo-agresivas que suelen ser comunes en el ámbito familiar aunque sean más difíciles de identificar, ya que no se escuchan y no dejan moretones ni sangre. El artículo realiza un breve análisis de esta problemática y se afirma que reconocer que existe tal problema es el primer caso para cambiarlo.

 

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