¿Por qué las compañías tabacaleras se comportan así?

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Tras 16 años trabajando como abogado en cuestiones relacionadas con el control del tabaquismo, he aprendido varias lecciones. La primera de todas es que cada vez que nos dedicamos a tomar medidas potencialmente eficaces en materia de salud pública, nos topamos indefectiblemente con la industria del tabaco.

¿Por qué las compañías tabacaleras se comportan así?

David Sweanor

El vector de la enfermedad
Tras 16 años trabajando como abogado en cuestiones relacionadas con el control del tabaquismo, he aprendido varias lecciones. La primera de todas es que cada vez que nos dedicamos a tomar medidas potencialmente eficaces en materia de salud pública, nos topamos indefectiblemente con la industria del tabaco. Entre los amigos y colegas que trabajamos sobre estos temas, se considera que si la industria tabacalera no se opone a uno, entonces es probable que uno no esté haciendo nada útil.

Comprender la industria tabacalera se convierte así en un asunto clave para todo aquel que pretenda alcanzar objetivos en lo referente al control del tabaquismo. ¿Por qué la industria hace lo que hace y cómo podemos conseguir objetivos sanitarios mundiales cuando esa industria se nos opone?

Para estudiar las enfermedades causadas por el tabaco y el papel desempeñado por la industria tabacalera, empecemos viendo cómo enfrentamos las demás enfermedades. En el caso de la malaria, por ejemplo, sabemos que la enfermedad es causada por un parásito, que el parásito es transmitido por mosquitos y que los mosquitos proliferan en medios tales como los terrenos pantanosos. Existen varios métodos para luchar contra la malaria, pero cualquier enfoque que ignorara los mosquitos estaría destinado al fracaso.

Las enfermedades causadas por el tabaco pueden ser consideradas del mismo modo que la malaria. Tales enfermedades son causadas por un agente: los productos derivados del tabaco. Este agente de enfermedad, al igual que los parásitos causantes de otras enfermedades, sería un problema mucho menor si no tuviera un vector (es decir, algo que transmite la enfermedad a grandes cantidades de personas). En el caso de las enfermedades provocadas por los productos del tabaco, el vector de enfermedad es la industria tabacalera.

Considerar la industria tabacalera como un vector de enfermedad ayuda a determinar el tipo de acciones que podemos emprender para encarar la epidemia de enfermedades causadas por el tabaco. Desde el momento mismo en que las principales compañías tabacaleras transnacionales son también entidades legales que se negocian públicamente en las principales bolsas de valores, hay muchas maneras de determinar lo que justifica su comportamiento y de informarnos de los mejores métodos para alcanzar de objetivos de salud pública.

Los vectores empresariales son diferentes en muchos aspectos de los vectores que transmiten enfermedades contagiosas. El deseo de sobrevivir y desarrollarse es, sin embargo, el mismo. En el caso de las compañías tabacaleras eso es sinónimo de beneficios. Tales beneficios vienen determinados por la combinación de los productos que venden, la gente empleada y el entorno regulador en el que tiene lugar su actividad.

El afán de lucro
El objetivo de las compañías multinacionales del tabaco, como de todas las compañías públicas, consiste en hacer dinero para los accionistas. Los beneficios que acumulan las compañías tabacaleras pueden ser enormes. No es raro que consigan un rendimiento de la inversión superior a 100% al año, lo cual es algo extraordinario para cualquier compañía y prácticamente imposible para los vendedores de un producto establecido. Sin embargo, las compañías tabacaleras son capaces de conseguir tales beneficios anuales.

El secreto del éxito financiero de las compañías tabacaleras se debe a la combinación de varios factores. Para empezar, la fabricación del producto es muy barata. Los cigarrillos se pueden fabricar por menos de un centavo por pieza. De hecho, en algunos mercados de Asia y África, los cigarrillos se venden al por menor (impuestos incluidos) a menos de 20 centavos la cajetilla. Un producto de fabricación barata no conduce necesariamente a la riqueza. El éxito financiero de la industria tabacalera se basa en su capacidad para vender este producto de fabricación poco costosa con un margen de beneficios enorme. Esos cartones de 200 cigarrillos, que las compañías fabrican por menos de dos dólares, a menudo son vendidos (antes de añadir los impuestos y beneficios de los minoristas) cinco veces más caros.

Estos márgenes de beneficios se consiguen, en parte, debido a que la industria tabacalera es un oligopolio (es decir, una industria donde el mercado es controlado por un pequeño número de actores). En casi todos los países, la venta de cigarrillos es controlada por dos compañías, que suelen competir en cuestiones de imagen más que en cuestiones de precio, lo que resulta lógico dado el grado relativamente bajo de reacción ante los precios de los productos del tabaco. Los oligopolios tabacaleros pierden dinero compitiendo en precios y hacen beneficios mucho mayores cuando coordinan el incremento de los precios. A medida que la industria tabacalera se consolida, los gigantes (Philip Morris y BAT) se hacen más grandes, los mercados nacionales son dominados cada vez por menos actores y las compañías se vuelven financieramente más poderosas.

La rentabilidad global de esta industria no sólo es el resultado de disponer de un producto rentable, sino también de venderlo en grandes cantidades. El mercado mundial para productos del tabaco es enorme. Ya solamente los cigarrillos dan cuenta de un mercado anual mundial de 300 000 millones de dólares. Para tomar un punto de referencia, esto es equivalente a las ventas combinadas de la totalidad de la industria farmacéutica.

Finalmente, esos beneficios son mantenidos en virtud de la capacidad de las compañías tabacaleras para pasar sus gastos a otros. El tabaco entraña una pérdida neta enorme para los recursos mundiales. Cada cigarrillo consumido supone un empobrecimiento de la humanidad. Si la industria tabacalera tuviera que adherirse al principio de el que contamina paga, quedaría arruinada. La industria sobrevive y se desarrolla gracias a su capacidad para guardar los beneficios conseguidos y pasar los gastos a otros. Son los gobiernos, las familias y los particulares quienes soportan el peso de los costos generados por el tabaquismo, mientras que las compañías tabacaleras se limitan a retener los beneficios.

Esta rentabilidad tiene como resultado dos problemas fundamentales para las actividades de control del tabaquismo. En primer lugar, genera en la industria tabacalera un interés considerable por oponerse a cualquier medida que pueda tener efectos adversos en su negocio. Y en segundo lugar, le proporciona los fondos necesarios para hacer frente a tales medidas.

El producto
Los modernos productos derivados del tabaco son dispositivos que liberan nicotina con fina precisión. Los principales investigadores en materia de nicotina lo han expresado así y los documentos internos de la industria tabacalera, publicados a raíz de recientes litigios en Estados Unidos, dejan bien claro que las compañías son perfectamente conscientes de ello.

La nicotina liberada por los cigarrillos es altamente adictiva. Cuando se absorbe fumando y llega hasta los pulmones, la nicotina alcanza el cerebro en pocos segundos, produciéndole una estimulación, considerable. Cuando los efectos se disipan, se hace necesaria una nueva estimulación, lo cual conduce a otro cigarrillo. Aunque casi todos los fumadores empieza a fumar por razones sociales, luego se vuelven dependientes y siguen fumando para obtener nicotina.

El resultado de esta dependencia es que la industria del tabaco posee un mercado cuyos consumidores no pueden abandonar fácilmente el producto, al margen de cómo se sientan con respecto a él. Si bien una proporción considerable de fumadores quiere abandonar el hábito, los índices de éxito son realmente bajos: oscilan entre 3% y 5% en el caso de fumadores de países desarrollados que lo intentan sin ayuda (y la ausencia de ayuda ha sido y sigue siendo la norma). Esto ha proporcionado cierta garantía a las compañías tabacaleras. Pueden aumentar los precios (y, por ende, los beneficios) o presenciar importantes campañas sanitarias sabiendo de antemano que pocos de sus clientes conseguirán dejar de fumar. Los documentos de la industria tabacalera ilustran este punto: las compañías controlaban de forma continuada las actitudes con respecto al hábito, la intención de dejarlo y los intentos realizados. Pero se percataban también de que el enorme interés en dejarlo se reflejaba en pocos casos exitosos.

Desde la perspectiva de la industria tabacalera como vector de enfermedad basado en aspectos económicos, la naturaleza de este producto conduce a varias conclusiones. Una es la importancia de enganchar candidatos nuevos. Si se puede inducir a la gente a probar productos derivados del tabaco, las probabilidades de afluencia de beneficios a largo plazo son enormes. Es evidente que para las compañías tabacaleras, la gente joven es más interesante que las personas mayores por la sencilla razón de que los jóvenes representan una futura afluencia de ingresos más duradera.

Los actores
Los trabajadores de la industria del tabaco a menudo son muy diferentes de los empleados de otras industrias u ocupaciones, y ello es particularmente evidente en países donde las actividades del control del tabaquismo están muy avanzadas. He hablado con ejecutivos tabacaleros que confiesan tener problemas de relaciones sociales y estar condenados al ostracismo cuando revelan la naturaleza de su trabajo. Suelen relacionarse poco y eligen la compañía de trabajadores de empresas de su mismo sector para no sentirse amenazados.

Pero no siempre ha sido así. Hace varias décadas, los empleos tabacaleros no eran tan diferentes de otros tipos de trabajo. Puede que el consumo de tabaco generara preocupación moral, pero el producto en sí nunca fue considerado diferente de otros.

Cuando surgieron las preocupaciones por la salud, los ejecutivos tabacaleros trataron de arreglar los problemas. Hablaron de determinar la sustancia causante de enfermedades, de modo que fuera retirada del producto. Durante un tiempo se pensó que productos menos dañinos resultarían ventajosos para su comercialización, lo que, en la década de los cincuenta, llevaría a la industria a hacer declaraciones que iban más lejos que las que estamos acostumbrados a oír en nuestros días. Muy pronto, sin embargo, se puso de manifiesto que el consumo de cigarrillos, en cualquier dosis, era nocivo. El producto mataba aun si se usaba siguiendo estrictamente las recomendaciones del fabricante y constituía también la causa de una epidemia. Ello limitó considerablemente el alcance de las medidas que la industria podía tomar para reducir el número de muertes. La situación se agravó aún más con la intervención de los abogados tabacaleros que trataron de esquivar juicios demoledores evitando tener que reconocer, directa o indirectamente, la magnitud del riesgo de los productos.

¿Qué debían hacer, pues, los ejecutivos de las empresas tabacaleras? Desde un punto de vista ético, podría decirse que estas empresas y sus ejecutivos deberían haber modificado su enfoque para sumarse a los esfuerzos encaminados a reducir el consumo de sus productos. Pero no fue eso lo que sucedió, y por muy buenas razones.

Para entender lo que sucedió realmente hemos de remitirnos a la noción de cultura empresarial, dictada en gran parte por el derecho y la economía corporativos. Actuar en interés de la salud pública ni siquiera era una opción, ya que la organización jerárquica empresarial lo impedía. Los ejecutivos de compañías tabacaleras, por muy buena voluntad que tengan, rinden informe a los ejecutivos superiores, que, a su vez, rinden informe a las juntas de directores, las cuales velan por los intereses de los accionistas. Así pues, admitir y encarar el problema era una no opción, ya que hubiera supuesto la destrucción efectiva de las compañías.

Su vía de escape fue echar mano de una estrategia de negación. No había posición intermedia para un producto cuyo consumo en cualquier dosis era nocivo y acarreaba enormes consecuencias para la salud. El objetivo consistió en tratar de posponer la eventual desaparición de la industria sin dejar de sacar provecho de su extraordinaria rentabilidad. Muy pronto, la industria tabacalera dejó de afrontar honestamente cuestiones científicas e incursionó en asuntos de política, derecho y relaciones públicas. La confusión se convirtió en su producto primario.

El entorno regulador
Desde el momento en que las compañías tabacaleras pueden ser consideradas vectores de enfermedad que operan dentro del ámbito de la economía, es importante examinar qué es lo que podría limitar sus actividades y ver por qué son tan eficaces a la hora de hacer dinero al mismo tiempo que propagan la epidemia. Esto nos remite al análisis de leyes importantes, ya que el ámbito legal es el que dicta a una industria dada muchas de las posibilidades económicas. Un análisis del ámbito jurídico para productos derivados del tabaco pone de manifiesto que las estructuras reguladoras han respaldado e impulsado considerablemente la epidemia del tabaquismo.

Los productos derivados del tabaco escaparon a las leyes de protección al consumidor puesto que éstas fueron desarrolladas en el presente siglo. Esta nueva legislación concernía a cuestiones como alimentos, drogas, venenos y productos peligrosos, y estaba destinada a proteger al público de riesgos exagerados e innecesarios. Los productos del tabaco estaban ya en el mercado cuando esas leyes fueron presentadas y el temor justificado fue que la rigurosa aplicación de esa legislación a tales productos acabara prohibiéndolos.

La decisión de eximir a los productos derivados del tabaco de leyes que protegieran al consumidor pudo haber sido una decisión pragmática. Naturalmente, prohibir un producto usado por un elevado porcentaje de la población no es algo que los políticos hagan a la ligera. Pero este enfoque tuvo dos consecuencias, probablemente no deliberadas, que han determinado en forma considerable el comportamiento de las compañías tabacaleras desde entonces.

La primera consecuencia es que los productos del tabaco se libraron no sólo de ser regulados por leyes generalizadas de protección al consumidor, sino también de someterse a controles reguladores alternativos. Esto puede ser difícil de entender desde una perspectiva normativa, pues habría resultado más razonable que los productos derivados del tabaco tuvieran su propio régimen regulador específico, uno que redujera los riesgos asociados a su disponibilidad en el mercado. Sin embargo, los controles reguladores aplicados a estos productos en la práctica son inexistentes, y las reglamentaciones referentes a la promoción y venta de los mismos son relativamente recientes.

El segundo problema es que cualquier producto que, en potencia, pueda competir desde una óptica sanitaria con los productos tabacaleros ya existentes, estará sometido a las leyes de protección del consumidor, de las cuales los productos deltabaco han sido dispensados. En consecuencia, las formas no-tabaco para la distribución de nicotina no pueden ser comercializadas, a pesar del hecho de que el causante de la mayor parte del mal no es la nicotina misma, sino los vehículos de liberación basados en el tabaco. El resultado de tal entorno normativo es la creación de un monopolio de abastecimiento de nicotina, donde cualquiera que necesite o quiera nicotina de modo continuado no tiene más elección que conseguirla mediante los productos derivados del tabaco (con el consiguiente riesgo de mortalidad de 50% a largo plazo).

Se ha creado una situación tal, que las compañías tabacaleras no están obligadas a innovar por miedo a la competencia de productos nuevos. Incluso los productos para dejar de fumar, sometidos a las leyes que los productos derivados del tabaco han podido esquivar, están generalmente restringidos desde el punto de vista de su posibilidad o imposibilidad de venderse, y de cómo y dónde. La ventaja reguladora de que gozan los productos del tabaco es tan importante que el entorno económico se inclina a su favor. Desde la perspectiva de la salud pública, genera una situación contraproducente en la que las mayores ventajas en cuestión de mercados van a parar al sistema de distribución de nicotina más nocivo.

Este entorno regulador no sólo protege a las compañías tabacaleras de una eventual competencia, sino que además las disuade de introducir cualquier tipo de innovación. Toda innovación industrial que pueda reducir muertes y enfermedades está bajo la constante amenaza de caer fuera del monopolio de abastecimiento de nicotina y tener que someterse a las leyes de protección del consumidor. Además, cualquier indicación de un producto menos nocivo haría añicos la invariable postura de la industria consistente en negar que fumar mata, dando así lugar a serios problemas de litigios. Sea como fuere, todo producto innovador causaría grandes dificultades legales (tanto en términos de regulaciones como de litigios), que posiblemente acabarían prohibiendo el producto.

El resultado es que las compañías tabacaleras están protegidas de la competencia de orden sanitario y amenazadas por las potenciales consecuencias de sus propias innovaciones. El camino más seguro y lucrativo para la industria es seguir comercializando un producto terriblemente mortal.

Cómo podemos ganar
Si queremos avanzar en forma seria en la lucha contra el tabaco, tenemos que ocuparnos del vector de la enfermedad. y para ello, hemos de modificar el entorno que en la actualidad permite el desarrollo de este vector. Tenemos que hacer frente a los terrenos pantanosos. Eso significa que debemos estudiar de qué manera se puede modificar el entorno regulador para hacer menos viable económicamente la fabricación y comercialización de tan nocivo producto.

Hay varias posibilidades de las que se ha echado mano o a las que se podría recurrir. Una consiste en servirse de la política económica (impuestos sobre el tabaco, por ejemplo) para encarecer estos productos. Otra es reducir las posibilidades de comercialización de los mismos mediante restricciones sobre dónde y cómo pueden venderse. También podemos causar un impacto sobre las fuerzas del mercado haciendo que el consumidor sea más consciente de los riesgos (mediante advertencias sanitarias, campañas educativas públicas y cese de la promoción de productos derivados del tabaco) y limitando los lugares donde tales productos puedan ser consumidos.

Más allá de estas medidas, muchas de las cuales han sido ya aplicadas, tenemos que examinar nuestro potencial para regular específicamente los productos tabacaleros. Podríamos suprimir la viabilidad económica de ciertas líneas de conducta de la industria limitando lo que les está permitido vender.

Las leyes podrían imponer la competencia de orden sanitario a las compañías tabacaleras. Un primer paso lógico sería aumentar considerablemente la disponibilidad de productos destinados a tratar la dependencia del tabaco. Son muy pocos los países que facilitan el acceso de los consumidores a productos farmacéuticos para dejar de fumar. Ningún país facilita el acceso a los productos contra la dependencia causada por el tabaco en la misma medida que el acceso a los productos que la causan. Ahora bien, si hubiera más personas que consiguieran dejar de fumar o fumar menos, la industria tabacalera sería menos lucrativa.

Finalmente, sería interesante examinar las medidas que pueden tener influencia directa en la viabilidad de los beneficios de la industria tabacalera. La responsabilidad legal por el daño causado es una estrategia viable y probada. Otra sería recurrir a la ley de la competencia para evitar que la industria tabacalera genere productos monopolísticos.

Podemos hacer frente a la epidemia del tabaco. Para ello tenemos que entender la industria tabacalera, su modo de operar y su talento para modificar el entorno económico en el que existe. Si lo conseguimos, los beneficios en salud rivalizarán con los avances más impresionantes de la historia de la salud pública.

Notas
* Ponencia presentada en el encuentro de la Coalición Internacional de Organizaciones No Gubernamentales Contra el Tabaco (ingcat) para la movilización de las ong internacionales, realizado en Ginebra los días 15 y 16 de mayo de 1999.
** Asesor jurídico, Smoking and Health Action Foundation, Canadá