Una historia sin alcohol (primera de dos partes)

Una regla tácita de la creación indica que el pesimismo, la desazón, resultan mejores elementos para hablar de la condición humana que la bonanza o la felicidad. Obras que tratan sobre la cultura de las adicciones, como Bajo el volcán de Lowry, Adiós a las Vegas de O´Brien o Se está haciendo tarde (final en laguna) de José Agustín, culminan con la destrucción del protagonista,

Una historia sin alcohol
(primera de dos partes)

Carlos Ramón Morales

Una regla tácita de la creación indica que el pesimismo, la desazón, resultan mejores elementos para hablar de la condición humana que la bonanza o la felicidad. Obras que tratan sobre la cultura de las adicciones, como Bajo el volcán de Lowry, Adiós a las Vegas de O'Brien o Se está haciendo tarde (final en laguna) de José Agustín, culminan con la destrucción del protagonista, que de manera implícita se celebra, pues ésta ha sido un requisito para que el personaje alcance un conocimiento supremo de sí mismo. En esta tendencia se cifra una paradoja: la inmersión en el averno lleva, simultáneamente, a la sublimación del ser. La idea no es tan herejecomo podría parecer al principio, pues las principales filosofías místicas combinan el punto más alto de la exaltación religiosa con la aniquilación de la personalidad (mundana, frívola, humana-terrestre). El budismo pide la renuncia de uno mismo para alcanzar el nirvana, el taoísmo indica que sólo conocerá el Tao quien desista de cualquier apuro terrestre, y el mismo cristianismo despoja a su dios de sus prendas y habilidades y lo sacrifica en una cruz para poder resucitarlo y llevarlo a la gloria.

La similitud de estas constantes con el proceso autodestructivo de las adicciones se antoja peligroso y persuasivo. De hecho, la apología del consumo de drogas y alcohol coincide con esta necesidad de llegar a una crisis de fondo en la cual se revele algo inédito y esencial de quien ha sufrido de la dependencia a una sustancia.

En contrapartida, la narrativa que se encarga de enaltecer los procesos de recuperación de los adictos adolece de la carga dramática que contienen las historias destructivas. Frente al brutal conocimiento del terror, la historia del rehabilitado corre el riesgo de ser cursi, moralina y dogmática. Mientras las historias destructivas ahondan en las preguntas, las historias de regeneración parecer tener en un concepto clave (Dios, la familia, Mc Donalds) todas las respuestas a la soledad.

El Libro Grande
La "literatura de doble a" (Alcohólicos Anónimos, pues) comprende básicamente un título, Alcohólicos Anónimos, conocido por los entendidos como El Libro Grande (las mayúsculas denotan el respeto), suerte de Biblia y manual práctico-místico para todo aquel que intente dejar la bebida. Junto a éste existen otros títulos, todos relacionados con la recuperación o la historia del grupo. El Libro Grande es, sin embargo, la piedra de lanza de la literatura de AA, y uno de los fundamentos básicos del grupo.

El Libro Grande se publicó en 1939. A pesar del pretendido anonimato de los integrantes del grupo, se sabe que la mayor parte lo escribió Bill Wilson, cofundador de AA. Más allá de su importancia como guía para la rehabilitación del alcohólico, este título es fundacional por varias razones: resume un experimento social-terapéutico que para entonces ya llevaba cuatro años de existencia, y masificó una teoría que sólo en los círculos médicos se empezaba a considerar: la posibilidad de que el alcoholismo fuera una enfermedad y no una deformación perversa de la conducta. Pero a la luz de la distancia, también es apreciable porque inaugura dos fenómenos sociales complementarios, aunque antitéticos, del siglo xx: la integración de los individuos a grupos afines a sus inquietudes y problemas personales (presumiblemente, Alcohólicos Anónimos representaría el nacimiento de eso que hoy conocemos como "sociedad civil"), pero también la peligrosa inserción de los individuos en corrientes sectarias, ortodoxas, que puedan apresarlo en una ideologíaférrea y confusa. Todos los matices caben en los grupos AA. El mejor grupo se acerca a la rica tradición de grupos y técnicas de autoayuda para problemas concretos de adicción y otros padecimientos de la conducta. El peor semeja una religión de utilería, con peligrosos dogmas de sometimiento y enajenación.

Sería una estupidez hablar sobre la calidad literaria de Bill W., cuando Alcohólicos Anónimos sólo pretende dar testimonio de una enfermedad y su solución. Imagino que para el adicto que se topa con el libro, sus palabras le serán sumamente gratas y no le importarán las torpezas, la confusión de ciertas ideas, el mesianismo de sus momentos religiosos. En cambio, es digno de atención el bagaje intelectual y espiritual en el que se sustenta. Norteamericano, blanco, de tendencia conservadora, Bill W. pertenece a una generación de norteamericanos que emprenden la modernización de los Estados Unidos y miran, impávidos, su derrumbe, durante la depresión económica de 1929. Las propias actividades comerciales de Bill sufren de esta crisis. El pretexto para beber es ideal, mucho más si recientemente se han abolido las leyes prohibicionistas del alcohol. Es digno de resaltar que ni Bill W., ni el cofundador de Alcohólicos, Robert Holbrook Smith (conocido en la hagiografía de AA como el doctor Bob), presumieron de su condición de bebedores, antes bien, siempre estuvieron conscientes de que su dependencia al alcohol era la fuente de todos sus problemas de conducta. Solamente esta conciencia pudo hacer posible, primero su recuperación, y después la fundación de Alcohólicos Anónimos, así como la elaboración de todo su sistema filosófico y espiritual.

El precedente directo de Alcohólicos Anónimos es el Grupo Oxford, al que acudieron Bill y Bob (el primero en Nueva York, el segundo en Akron, Ohio, su lugar de residencia). Fundado en 1921 por el ministro luterano Frank Buchman, dicho grupo pretendía recuperar el cristianismo anterior a la Iglesia Católica, y buscaba su regeneración espiritual al rendirse ante Dios por medio de un autoexamen en el que confesaban los defectos de carácter de los participantes (de ahí toma AA la dinámica del orador que inicia su discurso dando su nombre y asumiéndose como alcohólico). El programa del Grupo Oxford se basaba en lo que llamaban los "cuatro absolutos": honestidad absoluta, desinterés absoluto, pureza absoluta y amor absoluto. La conformación de este grupo, más que evocar a los primeros cristianos, se convirtió en un espacio de reflexión religiosa para personas de alto nivel económico y la inclusión en el grupo lindaba con privilegios similares a los de las sectas masónicas.

Precisamente el prestigio de los miembros del Grupo Oxford hizo incómoda la posición de los alcohólicos que participaban en él. Era fácil redimir actitudes humanas como el egoísmo, la soberbia o la envidia. No pasaba lo mismo con el alcoholismo, que, como enfermedad, no quedaba solucionado con la confesión de la culpa. Cuando el alcohólico recaía, el Grupo Oxford ya no era capaz de apoyarlo. Podía existir la comprensión para alguna conducta errada, no para un enfermo cuya voluntad estaba controlada más por la sustancia adictiva que por su propia capacidad de comprensión. Fue necesario crear un grupo especial de personas que entendieran del mal, porque ellos mismo lo padecían.

Entonces inicia la leyenda de AA. Se cuenta que el 11 de mayo de 1935, Bill W., de visitas de negocios a Akron, estuvo tentado de entrar al bar del hotelMayflower. Llevaba tres meses de no probar una copa, pero la mala jornada y la soledad lo tentaba. Justo en el umbral del bar llegó al borde de su desesperación, ahí sintió la urgencia de hablar con alguien, para vencer sus ganas de consumir alcohol. Pero no podría hablar con cualquier persona; era necesario conversar con alguien que comprendiera plenamente su malestar. Necesitaba hablar con otro bebedor. Buscó el teléfono del Grupo Oxford de la ciudad y se encontró con Henrietta Seiberling, quien al mismo tiempo buscaba la mejor forma de ayudar al doctor Bob, quien no hallaba la manera de alejarse del alcohol. Pronto se hicieron las llamadas pertinentes y el día siguiente, hacia las cinco de la tarde, se encontraron los dos bebedores en casa de Henrietta, junto ésta y Anne, la mujer de Bob. Cenaron, y después Henrietta los retiró a su biblioteca, donde hablaron hasta las once de la noche. A pesar de que tanto Bill como Bob se encargaron de relatar después, en múltiples ocasiones, lo que se dijeron en aquella reunión, el mito del secreto puede más. Los dos hombres solos, reunidos en una biblioteca, estaban fundando un nuevo modo de comunicación. No se trataba solamente de hablar de sus adicciones (aunque eso fuera el principal motivo de la charla), sino de empatar lo más íntimo, lo más sórdido de la frustración humana. De todos los testimonios sobre aquella charla, el más enriquecedor lo da Bob, cuando explica: "De mucha mayor importancia fue el hecho de que él [Bill] era el primer ser humano con quien yo había hablado, que sabía lo que estaba diciendo en lo que se refiere al alcoholismo, sacado de la experiencia real. En otras palabras, hablaba mi lenguaje. Sabía todas las respuestas y por cierto no era porque las hubiera aprendido en sus lecturas."1

El secreto del éxito de Alcohólicos Anónimos se centra, pues, en la conversación honesta, sin tapujos, de un mal compartido. No hay un terapeuta experto que explique e interprete, ni una autoridad moral que reprenda o amenace. Se trata de una charla entre seres humanos que aceptan su fracaso, que comprenden cabalmente su problema común, que mantienen la solidaridad ante un esfuerzo mutuo, incluso proclive a fracasar. Por eso es que no se toma ese día como el nacimiento de Alcohólicos Anónimos, sino el 10 de junio del mismo año, cuando el doctor Bob, asistiendo a una conferencia, recae en el alcohol, y entonces Bill acude en su ayuda. Contra la intransigencia, Bill opone la comprensión, y éste se transforma en un elemento de gran importancia para los Alcohólicos Anónimos: no hay un mal reprochable, sino el entendimiento mutuo de una lucha que se emprende a solas, pero que es más fácil de sobrellevar en la colectividad.

Notas
1. Alcohólicos Anónimos, Central Mexicana de Servicios Generales de AA, México, p. 160.

 

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