Herencias malditas

El artículo se ubica en el debate de la influencia de la genética y de las condiciones medioambientales sobre lo que somos los humanos. Se afirma que en el centro de la especulación genética se encuentra la idea del determinismo, que deja de lado aspectos íntimos, inalterables de cada persona. En opinión del autor se tiene el reto de realizar un esfuerzo superior a lo que puedan decir los análisis de sangre o cromosomas puesto que también somos nuestra personalidad. Somos cuerpo pero también somos imaginación. El autor concluye que en temas como las adicciones, el trabajo, la pareja y la vida es indispensable tomar en cuenta precisamente esa imaginación.

Herencias malditas

Carlos Ramón Morales

La publicidad de la película Gattaca (Nicol, 1997) fue agresiva e intimidatoria: basta quitarnos una pestaña para que se sepa quiénes somos, cualquier gota de sudor contiene el día y la hora de nuestra muerte; con la uña de mi pie derecho se explica por qué nunca tocaré con excelencia el saxofón. Al final, la película resultó una gringada más: Vicent Freeman (Ethan Hawke) no tiene la información genética necesaria para tripular una nave espacial, debe ingeniárselas para conseguir los genes de otro, consigue engañar a casi todos los encargados de autorizar el vuelo y amargó las palomitas de muchos espectadores que atestiguamos, impotentes, cómo enamoraba (en la ficción y en la vida real) a Uma Thurman, mientras nosotros sólo podíamos suspirar.

También nos dejó el terror de imaginar a la genética como un modo de control y manipulación de la sociedades. La referencia común a la paranoia genética es la novela Un mundo feliz, de Aldous Huxley, donde se fabrican seres humanos por serie, según las necesidades de trabajo, administración, gobierno, etcétera. En este mundo feliz, cualquier malestar se soluciona con una dosis de soma, droga futurista a medio pelo entre la cocaína y la heroína. El uso de sustancias opera entonces como evasión ante el espejo que no nos deja ser otro que nosotros mismos. Contra el espejo, los mundos artificiales que podrían sugerirnos una nueva personalidad.

Hijo de tigre...En el centro de la especulación genética se encuentra la idea del determinismo, la cual propone que todos nuestros actos obedecen a la causalidad, y que ningún acontecimiento es autónomo. Tal creencia justifica la inmovilidad de las clases sociales. El siglo xix fue particularmente afecta a la concepción, en tanto la nueva burguesía necesitaba de un sustento ideológico que le permitiera edificar su linaje. De tal manera, el determinismo se convirtió en una forma de explicar el estatismo de las masas desde un punto de vista acrítico y cómodo para quienes emprendían la consolidación de sus jóvenes fortunas.

Dos conceptos científicos apuntalan al determinismo social: el evolucionismo darwiniano y el positivismo de Comte. Con el primero se acuña la fórmula de la "supervivencia de los más aptos", según la cual, las especies mejor preparadas para enfrentar al medio ambiente serán las que sobrevivan. Esta concepción derivó en la Teología de la población, deducida de la ley general de la fertilidad animal, de Herbert Spencer (1820-1903), donde justifica la actitud de los burgueses capitalistas, al argumentar que ellos han triunfado en la "lucha por la vida",  por lo tanto, han demostrado ser "los más aptos" por la naturaleza.

Mientras tanto, el positivismo de Comte es una escuela de pensamiento social que no acepta sino lo que responda a observaciones y a leyes científicas. Siguiendo las aportaciones en el campo de las ciencias naturales, Comte concibe al conglomerado social como un organismo vivo que debe regularse bajo leyes precisas, generales y absolutas, como en las ciencias formales. Así es como Comte, creador de la sociología, parte de los conceptos más estrechos para el estudio de la sociedad. Para él, las características de determinado conglomerado social serán inamovibles, y esto mismo impide imaginar la movilidad de los individuos en los distintos estratos.

A la par de estas ideas surge el movimiento literario del naturalismo, el cual pretende rescatar las investigaciones científicas de su tiempo para emprender una jornada de denuncia y acicate de la sociedad. En 1870, al final del Segundo Imperio, Emile Zola, acompañado de los hermanos Goncourt y el cuentista Guy de Maupassant, urden historias donde sus personajes padecen la mala fortuna de haber nacido en medios ambientes adversos, lo que seguramente los llevará a la perdición, o a alguna especie de locura. Los relatos eran denuncia pero también conformismo ante la falta de alternativas; aún la misma actitud de denuncia habría de verse limitada por no concebir más destino que la fatalidad. Era necesario algún otro estímulo, probablemente Marx, Nietzche o Freud, los creadores del siglo xx, según ciertos estudiosos. Entre el determinismo y la fatalidad, quedaba el puente de la psicología.

Hijo de charro...Si el naturalismo francés se centró en la crítica a los excesos del Segundo Imperio, la versión mexicana se enfrentó al conflicto de pertenecer al mismo sistema que hubiera podido criticar: el principal representante, Federico Gamboa, formaba parte del cuerpo diplomático del gobierno del general Díaz, y tan generoso cargo apenas le permitía describir con objetividad el mundo de injusticias perpetrado durante el porfiriato. Resulta curioso revisar sus denuncias, casi siempre ante una fuerza oscura, indeterminada, que impide el desarrollo de las clases bajas. Si acaso, será hasta una de sus últimas novelas, La llaga, de 1913, donde sea capaz de emprender cierta crítica directa en contra de las autoridades, si bien nunca las nombra como parte de algún régimen de gobierno particular, sino como una fuerza anónima y corrupta en la que se sustenta parte de los males del país: "Los cómplices eran los ricos, los detentadores de los bienestares temporales, de los dineros y las industrias"(¿a qué se parece esta historia?).  Más amargo aún, el triunfo de la Revolución Mexicana habrá de terminar con el impulso narrativo de Gamboa; en un mundo revolucionario, más cercano al siglo xx que al xix, el mundo narrativo creado por Gamboa (mundo eminentemente porfirista, amparado bajo el lema del "Orden y progreso") ya no tiene razón de ser.

La más famosa novela de Gamboa, Santa, es uno de los grandes símbolos oscuros de la mitología mexicana. La prostituta violada en Chimalistac, mujer de lujo en los burdeles de la metrópoli, representa la otra cara de múltiples mujeres honorables y recatadas. Tal fuerza ha hecho que Santa haya sido llevada en muchas ocasiones al cine, y que sea de los pocos clásicos de la literatura mexicana que se venden más allá de las necesidades escolares. Se dice que con Federico Gamboa se tiene al primer best seller mexicano. Si bien en la actualidad Santa no suele ser muy apreciada por la crítica especializada, se le reconoce una deliciosa ambigüedad que lo mismo parece advertir sobre los riesgos de una vida disipada, que regodearse las descripciones mórbidas de la mujer:

...y las piernas, que cruza y campanea, son muy bonitas, patrón, delgadas al comenzar, no crea usté, y luego, yendo pa'arriba, gordas, haciéndole una onda onde todos tenemos la carne, atrás.... Ora ¿quiere usté que le siga diciendo lo que se le señala más y lo que más le estrujan sus marchantes cuando la jalonean y se la sientan en las piernas, allá en la sala?... es su seno que le abulta lo mismo que si tuviera un par de palomas echadas y tratando con sus piquitos de agujerear el género del vestido de su dueña, pa'salir volando... asustadas, según veo yo que tiemblan cada vez que las manos de los hombres como que las lastimaran de tanto hacerles daño.

Pero probablemente lo más perturbador de Santa sea lo irreversible de su destino: desde que es violada sabe que terminará sus días de mala manera, y que la sexualidad, aunada a la culpa, ejercerán el centro de su vida. El determinismo vuelve a operar, y limita las posibilidades del personajes a solamente un par de alternativas (aunque justamente en esta limitación se encuentre un malsano gusto, el mismo que seguramente debió entusiasmar a la población masculina de inicios de siglo).

En la búsqueda de la personalidad
Más allá de lo que puedan enseñarnos las novelas decimonónicas, lo más importante sería iniciar la reflexión personal sobre lo que en forma de fatalidad, científicamente comprobada, se nos presenta en el presente y el futuro. El reto será procurar un esfuerzo superior a lo que nuestra escéptica información genética podría suponer, arriesgar un poco más de lo que puedan decir los análisis de sangre o cromosomas. Somos nuestros genes, cierto, pero también somos nuestra personalidad.

Con base en ella se tiene que crear una fortaleza congruente con lo que imaginamos, no con lo que nos constituye. Somos nuestro cuerpo, pero también somos nuestra imaginación. Y las adicciones, el trabajo, la pareja, la vida, será mejor si la asumimos con esas partes íntimas, inalterables, de cada uno de nosotros

 

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