Una panacea cultural que se llama tabaco

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Por mucho tiempo no se identificó al tabaco como una sustancia que produjera adicción, ya que no altera la conducta del individuo de forma radical. Este artículo cumple el objetivo de dar a conocer las diversas maneras en que se ha utilizado el tabaco y como éste se ha integrado a la cultura de los pueblos a través de los siglos. Se ejemplifican formas de uso desde épocas precolombinas, siglos XVI y XVII, hasta nuestros días.

Una panacea cultural que se llama tabaco

Carlos Ramón Morales

La culturización del tabaco no se dio de la noche a la mañana. El tabaco, como el guajolote o el jitomate, fue una aportación cultural del Nuevo Mundo a Europa. Desde los testimonios de Cristóbal Colón se encuentran referencias a esa planta que fuman sin pipas, enrollándolas en forma de cucuruchos. De cultivo noble y generoso, el tabaco pronto se aclimató a suelos y climas europeos y asiáticos, aun cuando las características geográficas de América producían el tabaco de mejor calidad. Se le atribuyeron cualidades medicinales, como el alivio de la jaqueca, o la eliminación de los humores superfluos del cerebro. Hubo incluso quienes creyeron encontrar en él las virtudes de un remedio universal.

Durante los siglos xvi y xvii el tabaco se consumió fumado en pipas, aspirado (como la cocaína) y masticado. Las primeras dos formas fueron las más aceptadas. Al tabaco aspirado se le combinaba con otras especies como el amizcle, el azahar o el ámbar, de tal manera que se produjeron distintos prestigios y costos entre el tabaco al estilo de España, con perfume de malta o con perfume de Roma. Este uso del tabaco tenía un aura de gran refinamiento. Las mujeres de las cortes lo consumían como signo de distinción y linaje. Pero sería en el Nuevo Mundo, hacia finales del siglo xviii, donde se definiría el uso más difundido del tabaco: el cigarrillo. El tabaco enrollado en papelitos se popularizo en tierras americanas, y ya en las guerras napoleónicas era de uso popular entre las tropas.

Aunque las autoridades europeas intentaron prohibirlo o restringirlo, su uso superó cualquier intento de censura. Y es que el tabaco vino a ser la sustancia ideal para acompañar la conformación de las nuevas relaciones sociales de las comunidades burguesas: era una droga que no provocaba alteraciones graves de conducta, por lo que acompañaba con mucho éxito tertulias y reuniones, no se requería de un lugar especial para su consumo, de ahí que se pudiera usar en la calle, los cafés o las casas, su humo sugería un ambiente muy ad hoc con las brumas románticas y decadentes, y lo mejor: no provocaba (o al menos en apariencia) una adicción tan brutal y destructiva como el opio o el alcohol.

De entonces a nuestro siglo xx, la afición por el tabaco ha acompañado evoluciones morales, sociales y artísticas de todo tipo: los artistas fuman para inspirarse entre la niebla del cigarro y sus meditaciones, las mujeres fuman como signo de liberación e igualdad sexual las clases altas fuman puro y así delimitan su jerarquía, las clases bajas fuman cigarrillo y con estos enfrentan la soledad, la desigualdad, las conspiraciones o los actos comunitarios.

Así como en siglos pasados fue la aristocracia el modelo a seguir para la difusión del tabaquismo, en el siglo xx los mitos cinematográficos se encargaron de establecer el estereotipo de los fumadores contemporáneos. La imagen de la femme fatale va indisolublemente asociada al tabaco (con boquilla larga, como lo fumaba la cachondísima Eva Gardner); los hombres rudos, sean detectives o vaqueros (desde Humprey Bogart hasta John Wayne) lo usaban en la comisura del labio, a punto de caerse y siempre humeante; los rebeldes sin causa de medio siglo lo fumaban con nerviosismo y a medias, y cuando los personajes europeos de las películas existencialistas encienden un cigarro, los espectadores tenemos claro que ha llegado el momento de meditar.

Los censores ya se han percatado de esta promoción involuntaria, de ahí que en las películas hollywoodenses, los personajes no pueden prender un cigarro hasta diez minutos después de iniciado el filme (la burla genial la hace David Lynch en Wild at heart: espera paciente a que transcurran sus diez minutos de prohibición, y de inmediato presenta un espléndido big close up de un cigarro a medio consumir, y el personaje que fuma lo hace con tal placer, que se vuelve inmediato el antojo por sacar la cajetilla, el encendedor y provocar una gran humareda en la sala de cine) y en los melodramas de Televisa de plano no se ha inventado el tabaquismo (así como tampoco se ha inventado el gobierno, los partidos políticos, los frijoles refritos con queso Chihuahua, las ganas de ir al baño y el lenguaje coloquial).

Así es como el tabaco, ha venido a erigirse a través de los siglos como una panacea cultural: no ha curado los males físicos, como lo creyeron los europeos ilustrados, pero si ha colaborado con usos y costumbres que serían muy difíciles de pensar sin su presencia: lo mismo protege al tímido que impulsa al osado, con él se emancipa la mujer y controla sus excesos el hombre, sirve para acompañar la soledad del anciano y para festejar la agrupación de los adolescentes, es símbolo de rebeldía, de serenidad, de firmeza, de aventura, de ritual, de evasión y de confrontación. De ahí que sea tan difícil combatirlo, eliminarlo de los hábitos personales o canjearlo por otros hábitos, ciertamente más sanos, pero menos prestigiados también.