¿Qué mago nos enseñará a prescindir de la poción?

A las películas de Walt Disney le debo muchos momentos felices, pero también dos pesadillas. La primera la provocó la muerte de la mamá de Bambi. La certeza de que tarde o temprano mis padres también morirían, y que yo debería llevar solo las riendas de mi vida, me provocaron lloriqueos que, curiosamente, comparto con muchas personas, quienes coinciden en señalar a esta escena como una

¿Qué mago nos enseñará a prescindir de la poción?

Carlos Ramón Morales

I

A las películas de Walt Disney le debo muchos momentos felices, pero también dos pesadillas. La primera la provocó la muerte de la mamá de Bambi. La certeza de que tarde o temprano mis padres también morirían, y que yo debería llevar solo las riendas de mi vida, me provocaron lloriqueos que, curiosamente, comparto con muchas personas, quienes coinciden en señalar a esta escena como una de las más tristes en toda la historia del cine.

La segunda pesadilla tuvo que ver con Alicia (la del país de las Maravillas), cuando tomó la poción mágica que había en una botella con la provocadora etiqueta: Bébeme. Alicia bebía de la botella y empequeñecía, después encontraba un pastel que pedía ser comido y crecía, y le causaba mucho sufrimiento presentir que nunca recuperaría su tamaño original. A mí me fascinaba la magia de las sustancias, pero también me aterraba entender que el mundo ya no volvería a ser igual para la protagonista de la historia.

Esta fascinación y aversión hacia el bebedizo y el pastel de Alicia se parece mucho a la inquietud que provocan las drogas. La curiosidad por saber qué se siente al consumir alguna sustancia adictiva, se pelea con el miedo a caer en un proceso irreversible de dependencia. De hecho, la pelea entre el deseo y la contención es la manera más simplista de promover la prevención contra las drogas: llegan los diseñadores de los programas preventivos a las escuelas, pegan carteles, regalan folletos, resuelven dudas, se marchan creyendo que han dejado un mensaje en su auditorio, pero la fascinación permanece, e incluso se incrementa: estamos de acuerdo en que las drogas son malas, pero, ¿no tendrán algo de bueno, si tanta gente las consume? La duda no es nueva, ni proviene de alguna película en la que los personajes se inyecten o inhalen o fumen con un fondo musical pegajoso. La duda ha quedado desde las historias de infancia, desde que el héroe de los cuentos infantiles se ayudaba de alguna sustancia para vencer al ogro y ganar el corazón de la princesa.

II

No sólo es Alicia consumiendo bebedizos y pasteles. La tradición de héroes que toman pócimas, hierbas milagrosas o alimentos mágicos es amplia y compleja: es común leer en los Hermanos Grimm que un mago crea sustancias para que el héroe adquiera fuerza, inteligencia o algún otro atributo que le permita salir airoso de su batalla. Panoramix le da a beber a Asterix un elíxir cuya fórmula se pierde en los orígenes del tiempo, y el pequeño bigotón se convierte en el ser más fuerte de toda Galia; Supercan guarda una cápsula en un pequeño anillo que lo hace volar con más energía y rescatar en un dos por tres a la bella Polly; y hasta nuestro superhéroe nacional, el Chapulín Colorado, con sus famosas pastillas de chiquitolina queda del tamaño de un alfiler y así puede derrotar a los malos. Solamente las espinacas de Popeye fracasan como elemento de fortaleza. pues su sabor, tan desagradable para la mayoría de la infancia, hace preferir otros recurso menos saludables para obtener poder.

El consumo de sustancias mágicas en los cuentos de hadas tiene --como todos los elementos de este tipo de relatos-- un simbolismo primigenio: atrás de la sustancia se encuentra el agua, y el agua, en culturas muy antiguas, representa el nacimiento, pero también la posibilidad de transformarse. En tanto el agua tiene un estado líquido que puede tomar la forma del recipiente que la contiene, así también el ingerir un líquido (una poción, por ejemplo) le da al héroe la posibilidad de transformarse en lo que sea. Un curioso matiz machista demuestra que los héroes masculinos son capaces de dominar estas transformaciones, en tanto las heroínas por lo regular se vuelven víctimas de las pociones: las Blanca Nieves y las Bellas Durmientes comen manzanas envenenadas o se pinchan los dedos con las agujas de las ruecas, y caen en letargos muy semejantes a los de los consumidores de heroína. Las únicas mujeres capaces de manejar con éxito estas sustancias son las brujas, lo que ofrece otro simbolismo perturbador: enfrentar y vencer las sustancias requiere malicia; la inocencia completa, la desinformación, provoca daños tan severos como los sueños eternos que sólo podrán contrarrestarse con el beso del príncipe azul.

III

Si viviéramos en Estados Unidos, la solución más fácil sería prohibir los cuentos de hadas y encarcelar a los cuentistas tradicionales por promover --seguramente pagados por el cártel de Ciudad Juárez-- el uso de sustancias peligrosas. Como afortunadamente vivimos en México la posición se matiza y se enriquece: más importante que el uso de las pócimas, es el descubrimiento que provoca el haberlas consumido. Porque los héroes que han recurrido a estas sustancias, siempre terminan descubriendo que lo más valioso para vencer al dragón o al ogro fueron los valores que existían en ellos independientemente del uso de la poción. Esto recuerda los testimonios que hacen quienes han sabido usar los alucinógenos sin caer en la adicción: la mejor experiencia que se deriva tras el consumo de la mariguana o el peyote, es que no se necesita de ellos para encontrarle riqueza a la vida. Este tipo de aprendizaje es similar a las enseñanzas del chamán Juan Matus: no es malo consumir peyote, pero sí lo es considerarlo la única vía para el autoconocimiento. Resulta muy curioso que tales lecciones provengan de un brujo, así como las brujas malas, o como los Magos Merlines que le recomiendan al héroe tomar el elixir con mesura y sabiduría. Y quizá eso es lo que hace falta para atacar la adicción: brujos que nos ayuden a reconocernos a pesar de las sustancias mágicas. Magos que nos enseñen a prescindir de la poción.

 

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