Sobre los infiernos de los artistas

Uno de los mitos más recurrentes en los medios artísticos o intelectuales tratan de cómo, el artista, para encontrar a Estética Verdadera, la Perfección Total, la fórmula secreta que lo llevará a conseguir el producto artístico ideal, debe sumergirse en un mundo de ensimismamiento, marginación y autodestrucción -con una adicción evidente como principal causante del deterioro-

Sobre los infiernos de los artistas

Carlos Ramón Morales

Uno de los mitos más recurrentes en los medios artísticos o intelectuales tratan de cómo, el artista, para encontrar a Estética Verdadera, la Perfección Total, la fórmula secreta que lo llevará a conseguir el producto artístico ideal, debe sumergirse en un mundo de ensimismamiento, marginación y autodestrucción --con una adicción evidente como principal causante del deterioro-- al que pomposamente llaman mi infierno particular.

Al modo de Dante y su paseo con Virgilio por los nueve círculos del Averno, los artistas contemporáneos emprenden su tarea: preparan pinceles, lápices, pianos, equipos de body pierce, tesis irrebatibles sobre la inexorable decadencia del ser humano, y se sumergen en el terror de sus propios monstruos y fantasmas.

--Y sumergirte en el infierno está cabrón. No sabes ni en lo que te metes-- me explica una amiga, para después contarme sobre un poeta joven, harto talentoso pero azotado, quien se encerró cerca de seis meses en su departamento de la colonia Condesa para autocompadecerse, mal comer, fumar mota y terminar escribiendo un poemario. El libro en cuestión obtuvo un premio importante, fue publicado con un bonito cintillo rojo y el autor agradeció haber terminado su trabajo, pues le permitiría rehabilitarse y no volver a enfrentarse a la poesía (y a la mariguana) en, al menos, unos cinco años.

¿A poco es tan terrible escribir poesía? ¿A poco crear es un proceso tan duro, que se necesitan litros de alcohol, jardines de mariguana y cantidades industriales de anfetaminas? Es entonces cuando se presentan dos extremos del fenómeno creativo: quienes asumen el arte como una actividad cotidiana, que eligieron ejercer ya la que dedican disciplina y oficio, y quienes han sido iluminados por circunstancias insondables, mas no por ello inválidas, y que atendiendo a ese llamado suprareal padecen el diario encuentro consigo mismos y con sus propias angustias.

Artistas azotados, nostálgicos de la muerte, escépticos de la vida que, paradójicamente, crean sus obras al tiempo que ejercen un proceso de autodestrucción. Los ejemplos son varios, aunque se hacen más constantes a partir de los románticos de los siglos xviii y xix. Con la indagación, más profunda y ensimismada, del yo, se pierde a un tipo de artista que había dominado en los siglos anteriores: el artista medieval o renacentista, que asumía el arte como una actividad igual de importante que sus actividades políticas, militares o de orden científico. De tal modo, Maquiavelo escribía consejos para príncipes siniestros y comedias de teatro; Garcilaso de la Vega medía sonetos entre campaña y campaña bélica; Leonardo de Vinci pintaba, inventaba, proyectaba máquinas voladoras y hasta el lujo se dio de redactar un recetario de cocina que en la actualidad es una de las más oscuras joyas bibliográficas sobre gastronomía de épocas antiguas.

Para los hombres de esta época, ejercer el arte era un atributo al que se sumaba la virilidad, el gusto por la guerra o la astucia en los negocios. Para ellos no era importante descender a un infierno particular. Incluso, para Garcilaso, la amada que no le correspondía era un ser absolutamente tangible, un problema evidente que habrá de representar de manera insuperable en sus sonetos. Pero después, probablemente a raíz de las investigaciones filosóficas del xvii y de la importancia que se le dio a la individualidad humana, el interés de ser una especie de artista comunitario, de oficio, fue transformado por la visión del artista iluminado, del artista atormentado que quiere decir lo inexpresable (menuda labor) y que para ello recurrirá a todo tipo de mañas o artilugios, por antiéticas, peligrosas o destructivas que sean.

Es en este momento cuando cobran auge las adicciones en los artistas. Tal parece que el consumo de alcohol o cualquier otra sustancia es condición necesaria para mostrar la seriedad, profundidad y determinación con que se asume un oficio. La autodestrucción entra entonces como una especie de mérito histórico: Edgar Allan Poe murió de cirrosis y locura por el exceso de ajenjo, pero nos legó una colección de cuentos inolvidables. Como este hay un gran número de casos, en los que la única justificación ante esos procesos de adicción y degradación cotidiana son las grandes obras artísticas que heredaron a la posteridad.

Las preguntas, más que morales, se tornan éticas entonces: ¿Vale la pena crear una obra de arte importante, si en ello va a irse la salud o la vida del hacedor de la obra? , o ¿es mediocre generar un arte superficial, que no lo enfrente a uno consigo mismo, que no lo cuestione ni lo hunda, pero que al menos tenga el mérito de salvar al artista del proceso destructivo al que pudiera caer si intentara apuntalar su creación con algún proceso adictivo? Arte y adicciones no son sinónimos, pero decadencia y adicciones si tienen que ver, y alrededor de la decadencia se esboza una de las obsesiones más recurrentes de los artistas de los últimos dos siglos. Obsesión muy poco sana, pero acaso el precio que se tiene que pagar por fungir como el sensor de una sociedad y un tiempo histórico específicos. Aunque quizá, también, habría que replantear la consigna: decadencia, incomunicación, abismos existen todos los días, en artistas o no artistas, en gente iluminada o normal, con el uso de sustancias adictivas o sin ellas. Todo es cuestión de cómo se enfrente el compromiso vital de cada quien, y de cómo se enfrente, también, el propio proceso creativo. y si bien aquí no se trata de juzgar a uno o a otro, si se puede señalar cómo, por los estereotipos, muchos talentos pueden desviar rutas y terminar en propuestas que quizá no eran sus destinos originales.

 

Nota*Carlos Ramón Morales es egresado de la Escuela de Escritores de la Sogem. Actualmente escribe guiones educativos.

 

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