Pareja y adicciones: y en medio de nosotros, la dependencia como un dios

"Y todo volvió reflejado en mi alma, y observarlo no me resultó doloroso. Pensé de pronto que el amor hacia los otros empieza por el amor hacia mí mismo. Con esta frase, Kinnall Darival, protagonista de la novela Tiempo de cambios del escritor de ciencia-ficción Robert Silverberg, inicia el encuentro consigo mismo y, por lo tanto, con su capacidad de amar.

Parejas y adicciones: y en medio de nosotros,
la dependencia como un dios

Carlos Ramón Morales*

"Y todo volvió reflejado en mi alma, y observarlo no me resultó doloroso. Pensé de pronto que el amor hacia los otros empieza por el amor hacia mí mismo." Con esta frase, Kinnall Darival, protagonista de la novela Tiempo de cambios del escritor de ciencia-ficción Robert Silverberg, inicia el encuentro consigo mismo y, por lo tanto, con su capacidad de amar. Es el momento culminante de la novela, pues aquí, Darival rompe con el atavismo que ha provocado sus desgracias en las primeras 100 páginas del libro. Los infortunios de Darival provienen de un pacto suscrito entre los fundadores del continente Velada Borthan, quienes decidieron que, para evitar los errores de sus antepasados terrícolas, debían evitar al máximo la subjetividad, por lo que se conciben como seres impersonales, carentes de sensibilidad y convicciones propias. A tal grado llega la despersonalización, que hablar en primera persona es considerado como una grosería. La metáfora del mundo en que vivimos (como la gran mayoría de las metáforas que propone la ciencia ficción) es por demás contundente. Pero lo que seguramente habrá de chocar a los lectores de este artículo (público que, de un modo u otro está involucrado con el conflicto de las adicciones) es que la revelación del personaje se da gracias al uso de una droga.

Qué peligroso es mostrar en este espacio que Kinnall Darival inicia el encuentro con su capacidad de amar después de consumir una droga. Ni siquiera el hecho de que Silverberg escriba su novela en 1971, época dorada del uso de sustancias psicotrópicas como método de autoconocimiento, podría justificar el modo en que el autor resuelve su anécdota. Y sin embargo, la analogía con nuestro mundo sigue siendo fiel y, por lo tanto, inquietante. ¿Cuántas personas no buscan --y quizá encuentran-- en la droga, su necesidad de amor? ¿Por qué buscar el amor en las sustancias adictivas, y no en otros campos mucho menos dañinos?

El amor, valor universal al que se le han achacado tintes redentores, también ha sido cuestionado por muchos autores del presente siglo. Simplemente pienso en tres ejemplos de películas en las que se entremezcla la búsqueda del amor con las actitudes adictivas, y peor aún, en las que asumir y respetar la adicción de la persona amada significa la prueba más clara del amor.

Sea la película More. Filmada en 1969 por Barbet Schroeder (dos años antes de publicarse la novela de Silverberg), muestra con una crudeza documental el modo en que una pareja se relaciona, crece, madura y se destruye por medio de las drogas. Fiel a las búsquedas existenciales de la época, Boy (Klaus Grünberg) termina la Universidad y decide recorrer Europa para empezar a vivir. Su concepción de lo que debe ser la vida se resuelve en las primeras secuencias: basta integrarse a la sordidez de una parranda hippie para que se inscriba en el círculo de los consumidores de opio. De entre los asistentes a la fiesta, muy pronto le llamará la atención Estelle (Mismy Farmer), belleza andrógina a la Eddie Sedwick, piernas largas y mirada profunda, yonqui experimentada que se acuesta con todo mundo para conseguir dinero y comprar mariguana, opio, y después heroína. Boy y Estelle se enamorarán, y seguirán juntos la travesía por Europa, metiéndose todo lo que pueden y compartiendo la emoción de la destrucción mutua. Cuando se inician en el consumo de la heroína, Boy se da cuenta de que ya ha sobrepasado sus límites. Trata de rehabilitarse y, apoyándose en el amor, trata de rehabilitar a su pareja. El proceso es penoso y tal parecería que va a dar resultado, de no ser porque los dos personajes, desintoxicados y lo suficientemente lúcidos como para confrontarse, descubren que no pueden seguir una relación de pareja si no existe la droga, pues de hecho, ésta era el único vínculo real, entre los dos. El momento más terrible de la película es cuando ella, tras inyectarse su primera dosis de heroína después de meses de abstinencia, obliga a que Boy, como prueba de amor, la imite. Y si no hay más amor que el que se pueden profesar dos intoxicados, y si quizá no habrá mayor futuro que el que Boy encuentra en el cuerpo de Estelle, la obediencia se presenta como una muestra de solidaridad, de reconocimiento en el otro, y muy trágicamente, de amor. A partir de aquí, el final de la cinta es por demás previsible: a los espectadores sólo nos queda atestiguar el final de la destrucción, mientras la música de Pink Floyd aprende a ser oscura.

Ejemplo más amable, pero no por ello menos significativo, es la comedia española Átame (Almodóvar, 90). Si bien la adicción no es el tema central de la película, sí resulta factor fundamental para la demostración amorosa de la pareja protagónica. Marina (Victoria Abril), la actriz porno secuestrada por el demente Ricky (Antonio Banderas) necesita de pastillas para sobrevivir. Como Ricky necesita demostrarle a ella que es su hombre ideal, el perfecto amante, el padre de sus hijos, el sujeto con el que ella querrá vivir el resto de su vida, le consigue las pastillas. Aunque lo importante de la historia tiene que ver más con la conformación de la pareja, es justamente a través de la relación que Marina tiene con la sustancia adictiva que se consuma el amor, pues Ricky conquista a la actriz porno después de conseguirle la droga. La relación amorosa inicia al aceptar la adicción del otro y al permitir, incluso, que el otro la continúe y la lleve a sus últimas consecuencias. Conforme avanza la cinta, Almodóvar se desentiende del problema adictivo de Marina, en tanto le interesa más ironizar sobre el amor de dos inadaptados sociales, que circunscribirse al campo de las adicciones.

Más desgarrada será la propuesta del americano Figgis, en su película Leaving Las Vegas (1995), basada en la autobiografía del fallecido John O'Brien, y estelarizada por Nicolas Cage y Elizabeth Shue. En ella, un mediocre guionista de televisión viaja a Las Vegas para ingerir alcohol hasta morir. En la ciudad conoce a una prostituta un tanto avejentada, con la que entabla una relación amorosa que se basa en la tolerancia de las inadaptaciones sociales del otro. Así como Sera soporta el alcoholismo de Mike, el tolerará (sin mucho esfuerzo, por cierto) el oficio de ella. Conforme la película transcurre se va afianzando el amor de Sera hacia Mike, a fuerza de demostraciones que aceptan y propician su alcoholismo; y que van desde regalarle una botella de plata para que en ella guarde su licor, o cumplirle la fantasía de lengüetear un cuerpo de mujer completamente bañado en whisky.

Estas uniones, tan retorcidas y opuestas a nuestras concepciones clasemedieras de lo que debiera ser el amor y las relaciones humanas, seguramente han de impresionar e incomodar a muchos satanizadores de las drogas y los adictos, quienes habrán de encontrar en ellas neurosis, traumas, codependencias y demás términos que ayuden a confundir eso con el sentimiento puro y transparente del amor. Pero es justamente aquí donde las historias cumplen con su función de termómetro social, al mostrarnos relaciones amorosas no muy halagüeñas, pero sí acordes con la insensibilidad del mundo que vivimos, con la indiferencia que existe más allá de las adicciones y sus consecuencias, que se da en la misma clase media, entre gente que, apoyados por sus temerosos valores humanos, son incapaces de generar una verdadera relación interpersonal, y prefieren cubrirla con hábitos sociales y de conducta. En este sentido, las tres parejas reseñadas, así como el protagonista de la novela de Silverberg, no nos llevan tanto a cuestionar la permisibilidad de las adicciones, como el riesgo que entraña vivir en una sociedad que cada vez ofrece menos canales de comunicación honestos, constructivos, humanos. Una sociedad que siempre habla en tercera persona, como la de Velada Borthan, el continente en el que Kinnall Darival habrá de encontrarse con el extraño descubrimiento que siempre es el yo.

 

Nota*Carlos Ramón Morales es egresado de la Escuela de Escritores de la Sogem. Actualmente escribe guiones educativos.

 

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