La función de la ciencia es orientar, apoyar y contribuir a la elaboración de políticas, pero también es su responsabilidad inalienable criticar, cuestionar y mantenerse alerta. La ciencia debe tener una visión más amplia de sí misma que la de limitarse a ser una obediente herramienta de gestión (Edwards, 1993, p.13).
Para cumplir la "función de la ciencia" señalada por Griffith Edwards, los científicos que trabajan en el ámbito de las drogodependencias deben, a menudo, negociar en qué medida los organismos que financian sus investigaciones pueden controlar el contenido de sus investigaciones y su difusión. La capacidad de los organismos financiadores para regular y, en ocasiones, censurar los resultados de las investigaciones que financian es una cuestión relevante, compleja y controvertida. Aunque no disponemos de datos contrastados sobre la prevalencia de la censura o de otras formas de regulación, el intercambio de impresiones con colegas que investigan en el campo de las drogodependencias en Australia, el Reino Unido y Estados Unidos indica que se trata de un fenómeno cada vez más común.

Si tuviéramos que aventurar cuáles son las características de las adicciones sin drogas, ya sean compras, móviles, sexo, etcétera, la respuesta podría resumirse en los cuatro puntos siguientes.
1. Asintomáticas. En primer lugar, estas formas adictivas han sido descritas como asintomáticas. Las personas, más dueñas --y al mismo tiempo esclavas-- que nunca del mítico destino del "todo es posible", contamos con una multitud de objetos que no sirven para alcanzar tal idílico fin. Podemos elegir entre una serie de objetos con los que rellenar la siempre incompleta fábula personal que cada cual atesora para sí. Podemos elegir diferentes grupos de pequeñas identificaciones diseminadas para construir, en el peor de los casos, un búnker donde refugiarnos del peligro exterior e intentar disfrutar de uno mismo; en lugar desde el cual podamos buscar el éxito sin exponernos, que puede derivar fácilmente en una solución excesiva para evitar el dolor y perseguir la felicidad, para calmar adecuadamente la angustia, para mitigar lo que cada persona quiera evitar, porque de eso se trata y no de otra cosa.

Existe hoy, entre los profesionales, una clara conciencia de la capacidad de Internet como vehículo de comunicación y transmisor de una gran cantidad de información, lo que ha motivado su utilización para tareas de prevención, tratamiento, investigación y formación. La inversión en tecnología para mejorar el acceso a Internet pretende conseguir efectos positivos en la prevención y en el tratamiento de las drogodependencias. Pero no olvidemos que el mercado de las drogas, tanto legales como ilegales, utilizan, con mucha habilidad, estos recursos para mejorar beneficios, por lo que seguirán promocionado el consumo de las diferentes drogas. Esta situación contradictoria, en relación con las drogas, invita a comprender la cuestión de éstas en toda su complejidad, así como la acción preventiva y terapéutica para poder ejercer la mediación que convenga en cada caso y situación.

En las tres más recientes tesis doctorales sobre drogodependencias que he podido leer -una de la Universidad de Navarra y dos de la Complutense de Madrid-, encontré un punto en común: ninguna de las tres dedica un solo capítulo a la historia. La historia, es cierto, venía incluida en la introducción o en la fundamentación, o únicamente diluida en un par de páginas de algún capítulo suelto. Para una investigación, sea ésta del tipo que sea, el concepto de historia significa o comprende los estudios coetáneos desarrollados, aproximadamente, en los últimos 20 años, un periodo que, por lo general, comienza alrededor de las décadas de los ochenta y noventa del pasado siglo xx.

 

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