La convivencia familiar La etapa adolescente (primera de dos partes)

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La adolescencia, es el periodo durante el cual el niño se convierte en adulto y transcurre a lo largo de la segunda década de vida. Este tema ha sido abordado desde diferentes enfoques y por los más variados observadores del desarrollo del ser humano, desde los clásicos griegos hasta nuestros días.

La convivencia familiar
La etapa adolescente
(primera de dos partes)

Julio E. Hernández Elías

La adolescencia, es el periodo durante el cual el niño se convierte en adulto y transcurre a lo largo de la segunda década de vida. Este tema ha sido abordado desde diferentes enfoques y por los más variados observadores del desarrollo del ser humano, desde los clásicos griegos hasta nuestros días.

Aquí mismo, en el número 41 de LiberAddictus, describimos las características generales de las fases del proceso adolescente, desde la perspectiva de teóricos de la talla de Sigmund Freud, Jean Piaget, Erik Erikson así como de los no menos importantes expertos de la Organización Panamericana de la Salud y otros más.

Sabemos que existen diferencias entre ellos y que, en esencia, no son modelos polarizados sino complementarios, y que las diferencias se dan en diferentes niveles de comprensión y sus correspondientes áreas de aplicación. Tal variedad óptica, nos permite conformar una suerte de mapa o sistema holográfico del fenómeno, conformado por diversos factores, cuyos límites, no resultan ser muy precisos. Un ejemplo común de estas diferencias entre autores, como la de incluir a la pubertad como el inicio de la adolescencia o no, plantean especificidades teórico técnicas, en donde los criterios empleados para distinguir el inicio y término de cada etapa, se basan en la maduración de las diferentes funciones que pueden alcanzarse en distintas etapas del proceso de desarrollo.

Posiblemente usted, querido lector, tenga contacto con jóvenes que se encuentren en la edad de los 12 a los 16 años, o si es usted padre de hijos de ésta edad, reconocerá que los cambios púberos más notables y la crisis de identidad que ellos experimentan, continúan presentándose de manera gradual, ahora incrementados por la maduración de las funciones sexuales, en un cuerpo infantil.

En esta ocasión, ahondaremos en el conflicto central del joven para adquirir el sentido de identidad al mismo tiempo supera la difusión de su identidad infantil, con una auténtica disposición para afrontar, como posible igual, los problemas del mundo adulto.

La identidad por la que el joven lucha, no se puede separar del desarrollo histórico de la sociedad en la que se encuentra inmerso. En el mundo actual, como lo refiere Erikson, afrontamos problemas de identidad racial, nacional, personal, profesional, etcétera y no podemos separar el crecimiento personal del cambio social. Este problema implica una especie de relatividad social, ya que el desarrollo de la identidad no sólo depende del desarrollo evolutivo personal, sino también de cuestiones sociales en un mundo caracterizado por los cambios.

Para el adolescente, la conciencia de identidad está relacionada con la confiabilidad de los adultos que lo educan y con la reconciliación que él hace de toda la niñez que ahora debe quedar atrás, mientras los esfuerzos se orientan al logro de una posición permanente.

Los jóvenes de hoy ya no se preguntan quiénes son ellos mismos sino qué y en qué contexto pueden ser y devenir. De tal manera que la identidad depende de la transformación de un mundo más amplio, que incluye la que se tiene y con la que es posible contar.

A medida que el niño madura físicamente para convertirse en adulto, experimenta un rápido crecimiento corporal, con los cambios psicológicos y anatómicos. La confianza en su propio cuerpo y el dominio de sus funciones, ahora se ve amenazada y necesita recuperarla lo más rápidamente posible, aunque en forma gradual, mediante la constante reevaluación de sí mismo. Los pares, que se encuentran en el mismo estado de cambio, son buscados para confrontarse y recibir la aprobación requerida. También los ritos de la pubertad y la confirmación religiosa juegan el papel de marcas culturales de su nuevo status dentro de la continuidad de sí mismo.

Los cambios determinados por la maduración invariablemente transforman el equilibrio de la integración de su aparato psíquico, haciéndose necesario incorporar las nuevas fuerzas psicológicas emanadas de los impulsos. Los factores que constituían estos impulsos psicosexuales, previamente latentes o sublimados, ahora requieren de toda la atención del joven.

El incremento de estos procesos impulsivos se irán equilibrando con procesos educativos y de control social más amplios relacionados con la edad. La propia conciencia del adolescente es la que debe contener los impulsos postpuberales y negociar las nuevas reglas del juego social.

Con todo lo anterior, los conflictos familiares se incrementan, cuando cuestionan las normas paternas, se resisten a vestirse como los adultos sugieren o indican, no aceptan las opiniones de sus padres sobre sus amistades: buscan la diferencia para llegar a la afirmación de lo propio, lo cual puede estereotiparse o agudizarse como una rebeldía generadora de dificultades cotidianas. Aquí, el amigo idealizado, se convierte en compañía inseparable, apoyo, cómplice y confidente.

En las grandes ciudades como ésta, los conflictos del joven, con frecuencia suelen incrementarse. Los complejos mecanismos sociales que dificultan la inserción laboral y que aumentan la deserción escolar, dividen a la población adolescente en: i) los que continúan la escuela y obtienen mejores oportunidades de empleo y capacitación, son una minoría; ii) los que llegan al mercado laboral en condiciones precarias de capacitación y iii) los desempleados, que son la mayoría.

Este panorama socioeconómico a contribuido a que la adolescencia se haya transformado en una etapa cada vez más compleja y difícil de resolver. Para los jóvenes, la mayor contradicción se plantea entre la necesidad psicológica de independencia y las dificultades para instrumentar conductas independientes en un medio social que los obliga a prolongar situaciones dependientes con respecto a los adultos.

A pesar de lo anterior, el mundo familiar sigue siendo un apoyo importante para el joven, quien puede experimentar culpas inconscientes por el conflicto con los padres y quiere diferenciarse de ellos, aunque los ame. Los padres, por su parte, no siempre responden al joven con conductas que muestran su afecto incondicional y generalmente, no comprenden que el conflicto no va dirigido a la destrucción de los padres, sino a la imagen que el joven tiene de ellos.

Muchos son las áreas de conflicto y se producen muchos enfrentamientos del adolescente con el mundo adulto, ya que lo que está buscando son figuras que los impulsen a cruzar el puente de salida del círculo familiar. Cuando los adultos logran entender sus conflictos, y no se distancian de él para transformarse en censores, pueden lograr establecer los vínculos afectivos que el joven necesita.

Cuando estos enfrentamientos se producen con los profesores, puede ser debido a que el adolescente desplaza los conflictos con los padres a las autoridades escolares. Usualmente los padres apoyan a sus hijos obrando en el único espacio de coincidencia que queda entre ellos, protegiéndolos ante una posible intransigencia escolar.

No resulta nuevo ni sorprendente que los conflictos del joven con los docentes tiendan a intensificarse alrededor de los 15 o 16 años, para lo cual, se requiere de maestros mejor capacitados en el conocimiento de los procesos adolescentes y que la organización escolar trabaje en pro de la superación del alumnado.

Continuaremos en nuestra siguiente entrega con la realización de la fidelidad necesaria para convertirse en adulto

Para consultar:
Manual de identificación y promoción de la resiliencia en niños y adolescentes de la Organización Panamericana de la Salud, dentro del Programa de Salud, Familia y Población, editado en 1998.
Evans, P. Diálogos con Erik Erikson. Fondo de Cultura Económica, México. 1985.
Maier, Henry, Tres teorías del desarrollo del niño: Erikson, Piaget y Sears, Buenos Aires, Amorrortu, 1984.