La convivencia familiar. La etapa escolar (primera de dos partes)

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La entrada a la escuela primaria supone una etapa de cambios sustanciales para el niño. Acostumbrado al juego-trabajo del jardín de niños y de la preprimaria, en donde la mayoría de los compañeros eran menores -y si acaso-, algunos un poco mayores que él, ahora enfrentará un mundo más grande: una escuela en donde la mayoría de compañeros,

La convivencia familiar
La etapa escolar

(primera de dos partes)

Julio E. Hernández Elías

La entrada a la escuela primaria supone una etapa de cambios sustanciales para el niño. Acostumbrado al juego-trabajo del jardín de niños y de la preprimaria, en donde la mayoría de los compañeros eran menores --y si acaso--, algunos un poco mayores que él, ahora enfrentará un mundo más grande: una escuela en donde la mayoría de compañeros, así como las tareas y la disciplina serán más grandes y más complejos. Requerirá haber dominado sus instintos primarios y las pasiones propias de las etapas anteriores para enfrentarse con determinación al mundo básico del saber.

Generalmente, a los seis años de edad, niños y niñas ya se identifican con el padre del mismo sexo y buscan su compañía, parecerse a él (ella) lo más posible e imitar lo que hace. El contacto y la relación afectiva que el niño tiene con otros adultos fuera de la familia crece y posibilita apoyos a su crecimiento. Profesores, vecinos u otros allegados adultos pueden funcionar como marcos de seguridad adicionales, debido a que contribuyen a reforzar vínculos positivos, a resolver conflictos y a compensar posibles carencias.

Recuerde conmigo, querido lector, cómo vivíamos esos años escolares, donde alguna figura docente, algún vecino o algún otro adulto, marcaba huellas indelebles en nuestra alma, corazón y vida. Ahora, como entonces, los niños aprenden del mundo adulto y más que antes, necesita que padres y profesores le brinden su afecto sin condicionarlo a sus logros escolares. Así, por ejemplo, un profesor, puede convertirse en una persona significativa que apoye al niño ante situaciones familiares problemáticas.

Estrechar los vínculos de atención y afecto en la familia y la escuela posibilita a los niños la tranquilidad de ser queridos y aceptados, aun cuando los resultados de sus acciones no sean las esperadas; podrán aprovechar el apoyo para intentar la superación ante el fracaso, sin perder el afecto.

En el mundo escolar, el niño necesita hallar un lugar entre los individuos de su misma edad, porque no puede ocupar un sitio en igualdad de condiciones entre los adultos. El tema y principal interés de esta fase refleja su determinación de dominar las tareas que afronta.

El conflicto psicosocial que deberá resolver se da entre la polaridad marcada por su sentido de industriosidad versus un sentido de inferioridad. Por una parte, hay un constante movimiento de energía para consagrar todo esfuerzo posible a la producción. El temor del pequeño se acentúa también por el hecho mismo de que todavía es un niño, aún no adulto, situación que tiende a generar sentimientos de inferioridad.

Más o menos entre los siete y los 11 años, intenta resolver los sentimientos de inferioridad; utiliza todas las oportunidades de aprender haciendo y experimenta con los rudimentarios conocimientos requeridos por su cultura. En la medida que aprende a manejar instrumentos y símbolos, comprende que este aprendizaje le ayudará a convertirse en una persona competente.

Su maduración física se produce a un ritmo más lento, como tratando de consolidar lo que ya ha ido incorporando. El desarrollo psicológico tiene la misma característica. Temporalmente, el niño y la niña encuentran, cada uno, sus límites psicosociales.

A esta etapa, los psicoanalistas la denominan latencia, porque los impulsos del niño para establecer vínculos con un asociado del sexo opuesto se encuentran dormidos. Con respecto a toda su demás energía libidinal, la sigue invirtiendo en sí mismo para desarrollar sus cualidades corporales, musculares, perceptivas. Su creciente conocimiento del mundo acapara mucha de su atención, pero el interés se va focalizando en su capacidad para relacionarse y comunicarse con los individuos que le son más significativos: sus pares.

Las nuevas metas para el niño lo encaminarán a evitar el fracaso, casi a cualquier precio; y un sentido de realización por haber actuado eficazmente lo impulsará a ser el más fuerte, el más rápido, el más inteligente, el mejor. Trabaja para asimilar las tareas del yo entre sus compañeros, mientras el ello y el superyó se mantienen en límites seguros. Siente que si demuestra sus cualidades en las áreas en que es más competente se asegurará un futuro exitoso.

Aprende a existir en el espacio y en el tiempo tal como aprende a ser un organismo en el espacio-tiempo de su cultura. Cada función de las partes así aprendidas se basa en cierta integración de todas las modalidades de los órganos entre sí y con la imagen que, a partir de su cultura, tiene del mundo.

Al jugar, el niño se apoya mucho en el aspecto social e incorpora a dicha actividad situaciones de la vida real. El sexo no siempre es el contenido del juego; los dos sexos tienden a segregarse en diferentes formas de juego, aunque en ocasiones los varones y las niñas entran en el mundo del grupo opuesto participando en juegos considerados en general como propios del otro sexo. De todos modos, las modalidades básicas relacionadas con los roles sexuales psicosociales determinan la preocupación fundamental del juego de un individuo.

Hacia el final de esta fase, el juego comienza a perder importancia con la próxima pubertad y la incorporación de valores adolescentes; el individuo abandona lentamente sus hábitos anteriores, y lo que había sido un compromiso industrioso en el juego se funde, poco a poco, con un compromiso de trabajo que al principio participa a medias del juego y que luego deviene real.

Las relaciones niño-progenitor evolucionan hacia un nivel realista de dependencia en las áreas en que ésta es aún necesaria o deseable; en otras áreas, el niño propende a relacionarse con sus padres y con otros adultos sobre una base más igualitaria. Ha comenzado a reconocer que con el tiempo tiene que romper con su acostumbrada vida familiar. La lucha edípica por el poder empieza a superarse y compara a sus padres --como representantes de la sociedad en donde debe actuar--, con otros padres.

Los amigos de sus padres y los padres de sus amigos cobran nueva importancia para él; sus vecinos y la escuela se convierten en determinantes sociales significativos, y los desconocidos constituyen descubrimientos sugestivos e importantes. Niños y niñas buscan identificarse con otros adultos, porque los padres ya no pueden satisfacer totalmente sus requerimientos en esta área.

Continuará...

Para consultar:
Organización Panamericana de la Salud, Manual de identificación y promoción de la resiliencia en niños y adolescentes, Salud, Familia y Población, 1998.
Evans, P., Diálogos con Erik Erikson, México, fce, 1985.
Maier, Henry, Tres teorías del desarrollo del niño: Erikson, Piaget y Sears, Buenos Aires, Amorrortu, 1984.