La convivencia familiar. Cuidados básicos del niño

Imprimir
Con el presente escrito comienzo una serie de sugerencias acerca de las prioridades educativas que conviene practicar en la convivencia familiar. Los aspectos relacionados con el inicio de la pareja, como la asimilación y la adaptación al nuevo estatus como pareja, viviendo conjuntamente, han sido abordados en escritos anteriores en esta sección.

La convivencia familiar
Cuidados básicos al niño1

Julio E. Hernández Elías

Con el presente escrito comienzo una serie de sugerencias acerca de las prioridades educativas que conviene practicar en la convivencia familiar. Los aspectos relacionados con el inicio de la pareja, como la asimilación y la adaptación al nuevo estatus como pareja, viviendo conjuntamente, han sido abordados en escritos anteriores en esta sección2.

En esta ocasión, enfocaré la atención a las necesidades del desarrollo de los niños desde el nacimiento hasta los seis años, época en la que los padres empiezan a ensayar su rol paterno, más allá de la relación de pareja en la que aprendieron a cuidarse y apoyarse uno al otro. Ahora, con la aparición del primer hijo, las tareas paternas demandarán mayor esfuerzo y energía para soportar el incremento de tensión que implica cuidar a otro.

El hijo recién nacido requiere de los padres cuidados básicos de amor, alimento y abrigo que se pueden cumplir proveyéndolo de amor incondicional, expresardo física y verbalmente, ya sea tomándolo en brazos, acunándolo, acariciándolo o usando palabras suaves para calmarlo, confortarlo y alentarlo a que se calme por sí mismo. Así como proveerlo de lactancia materna inmediatamente después del nacimiento y mantenerla como alimentación exclusiva por cuatro ó seis meses y extenderla --combinándola con otros alimentos--, hasta su primer cumpleaños.

Para los niños de dos a tres años de edad, los padres reforzarán reglas y normas de intercambio, y podrán utilizar la supresión de privilegios y otras formas de disciplina cuidando que no lo humillen, dañen o le expresen rechazo. Para ello, se requiere modelarles comportamientos que comuniquen confianza, optimismo y fe en la obtención de buenos resultados.

Conviene alabarlos por logros y progresos tales como el control de esfínteres (a la salida de esta etapa), autocontrol, progresos en el lenguaje o cualquier otro avance en su desarrollo.

Estimularlos a esta edad, contribuye a su entrenamiento para que intenten hacer cosas por sí mismos con un mínimo de ayuda de los adultos.

Reconocer y nombrar los sentimientos del niño, lo alienta para que reconozca y exprese sus propios sentimientos y sea capaz de reconocer algunos sentimientos en otros (por ejemplo: tristeza, alegría, pena, felicidad, enojo y demás emociones).

En la medida que se desarrolla el lenguaje del niño, se pueden reforzar aspectos de resiliencia3 que lo ayuden a enfrentar la adversidad. Por ejemplo, decirle "yo sé que lo puedes hacer", impulsa su autonomía y refuerza su fe en sus propias destrezas para resolver problemas; de la misma manera, decirle "yo estoy aquí, contigo", lo reconforta y le recuerda que hay una relación de confianza de la que puede estar seguro.

Alrededor de los tres años, es conveniente preparar al niño para situaciones desagradables o adversas (gradualmente, hasta donde sea posible), hablando sobre ellas, leyéndole libros, o en juegos de relación, por ejemplo. Este aspecto conlleva la responsabilidad de estar alerta no sólo del temperamento del niño, sino del propio para calibrar cuán rápida o lentamente introducir cambios, hasta dónde empujar, estimular, contener, etcétera.

Mantener el equilibrio en la libertad de exploración del pequeño, con apoyos seguros de los padres, es una cuestión relacionada con la conciencia del temperamento del punto anterior.

Ofrecer explicaciones y reconciliación, junto con reglas y disciplina, hacen el equilibrio.

Darle al niño consuelo y apoyo en situaciones de estrés y riesgo, complementa la armonía de las situaciones hogareñas.

En resumen: los padres deben proveer un ambiente muy estable en los primeros tres años de vida del niño, combinando novedades cotidianas (nuevas experiencias, nueva gente, otros lugares) con variaciones y adecuaciones en la mezcla de libertad y seguridad, explicaciones y disciplina, de acuerdo a lo que indiquen progresivamente sus reacciones.

Durante el periodo de cuatro a siete años del niño, se mantiene el ofrecimiento de amor incondicional al expresarle dicho amor verbalmente. Abrazarlo, mecerlo y usar una voz suave para calmarlo, se complementa modelándole técnicas (como respirar profundamente o contar hasta 10 antes de reaccionar) para que se calme antes de hablar de sus problemas o de comportamientos inaceptables.

Moldee en él comportamientos que sean producto del esfuerzo, la tolerancia y del amor frente a desafíos tales como problemas interpersonales, conflictos o adversidades. Demostrar la efectividad de los comportamientos apropiados en diferentes situaciones, permitirá al menor, permitirá promover en el menor el valor, la confianza, el optimismo y la autoestima de manera permanente.

Reforzar y/o adecuar normas y reglas, usando la supresión de privilegios y otras formas de disciplinar, establecen límites al comportamiento negativo y le muestran algunas de sus consecuencias, sin humillar al niño. No dude en alabarlo por logros tales como armar un rompecabezas o leer un folleto, o por conductas positivas como dejar los juguetes ordenados o expresar su enojo sin estallar en berrinches.

Anímelo para que actúe independientemente, con un mínimo de ayuda adulta.

Continúe ayudándolo en su aprendizaje de reconocimiento de sentimientos propios y ajenos, y a conocer su propio temperamento, por ejemplo, cuán tímido o extrovertido es. Aníme a que demuestre simpatía y afecto, a que sea agradable y a que haga cosas lindas para los demás; a que use sus destrezas para la comunicación y la solución de sus problemas, para resolver conflictos interpersonales o pedir ayuda de otros cuando lo necesite. Comuníquese a menudo con él para discutir sobre los acontecimientos y problemas cotidianos, así como para compartir ideas, observaciones y sentimientos.

Ayúdelo a que acepte responsabilidades por su propio comportamiento negativo y a que entienda que sus acciones positivas tienen consecuencias ulteriores que pueden favorecerlo.

Asimismo, padres y cuidadores pueden:

o Equilibrar tanto la provisión de ayuda como la estimulación de la independencia del niño.
″          Ofrecerle comprensión y oportunidades de reconciliación junto con la exigencia del cumplimiento de reglas y normas.
o Aceptar sus errores y fallas, pero al mismo tiempo orientarlo para que logre su mejoramiento.
o Darle consuelo y aliento en situaciones estresantes.
o Promover y desarrollar la flexibilidad en él, para que --como respuesta a situaciones adversas--, busque ayuda en vez de seguir solo en una situación muy difícil, muestre simpatía y comprensión en vez de continuar con enojo y miedo o comparta sentimientos con un amigo en vez de continuar sufriendo a solas.

En el próximo número: la etapa escolar.

Para consultar
1. El presente texto está basado en el Manual de identificación y promoción de la resiliencia en niños y adolescentes, de la Organización Panamericana de la Salud, dentro del Programa de Salud, Familia y Población, editado en 1998.
2. Para los temas de pareja consultar los números 17, 19, 20, 40, 43, 51 y 52 de LiberAddictus.
3. El tema de resiliencia es abordado en el número 32 de nuestra colección.