Familia y televisión

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Los medios masivos de comunicación tienen un importante papel en la dinámica sociocultural contemporánea. El presente documento nos ofrece una breve reflexión acerca de los aspectos relacionados con la función que cumplen los medios de comunicación, específicamente la televisión. Se analizan brevemente los contenidos de la programación que aborda el drama, explotando lo marginado o parodiando lo establecido, como es el caso de los controvertidos talk show. Finalmente se discuten algunos de los efectos que tiene la televisión sobre las formas de interacción de la familia moderna.

Familia y televisión

Julio E. Hernández Elías

Los medios masivos de comunicación tienen un papel en la dinámica sociocultural contemporánea. La televisión particularmente, como hemos afirmado en las entregas anteriores, influyen en el desvanecimiento de la visión del ideal familiar, ya que desde hace algunas generaciones, es el vehículo principal mediante el cual los niños aprenden cómo debe verse y oírse una familia. La televisión no presenta, simplemente, un vasto rango de estilos familiares y posibilidades de lo ejemplar y lo consanguíneo presente en la enorme barra de novelas, sino de lo peculiar a lo intencionalmente desagradable como los tan controvertidos talk shows. Los dramas familiares demasiado saludables y de la vida real, ahora se vuelven tediosos si no son puestos al día con tramas y valores rentables. Lo que alguna vez fue considerado bueno, valioso y ético deviene en cliché y hasta mojigato. Lo que en alguna ocasión fue serio ahora es utilizado para la comedia y se le considera nostálgico o realismo autoconsciente, y pierde su capacidad para conmover a la gente.

"La televisión ha pasado a sustituir, en la estructura del espacio hogareño, el lugar y la función de la antigua chimenea. Antaño la familia se congregaba en tomo a ella y focalizaba su mirada en las llamas. La abuela contaba cuentos a los nietos, que eran plenamente interactivos porque los niños preguntaban qué hizo después la bruja o dónde se escondió la princesa. La aparición del radio no modificó este modelo de distribución espacial, porque la radio no implicaba al sentido de la vista.

El televisor doméstico es un aparato que se interpone --de modo interesado y nada inocente-- entre la mirada humana y la sociedad. La pantalla de la televisión, con su luz fría ha reemplazado la chimenea en el corazón de la familia y le ha impuesto temas de conversación despérsonalizadosl".

En la búsqueda de nuevas formas de abordar el drama e intentando mantener la atención de la audiencia, los productores explotan lo marginado y parodian lo establecido. Por ejemplo, Los Simpson, presentan las virtudes familiares tradicionales convertidas en caricatura ridícula y burlesca.

"El televisor se ha convertido en una especie de altar laico y pagano que ocupa un lugar privilegiado en la vivienda y se ha constituido en una ventana o escaparate permanente abierto en el interior del hogar, para gozo de sus moradores. Los datos cuantitativos son apabullantes acerca de su protagonismo social2".

A diferencia de la lectura, la televisión se dirige antes a la esfera emocional del sujeto antes que a su esfera intelectual, ya diferencia de la radio, la televisión muestra cuerpos, cuidadosamente segmentados en sus encuadres, los parcela de un modo funcional y eficaz para la comunicación audiovisual. Esta característica permite que el lenguaje no verbal de los cuerpos presentados contradiga las más de las veces, de manera abierta, los contenidos verbales transmitidos. Las imágenes dicen mucho más que las palabras; con su intermediación, el hombre sustituye con la mirada su prosaico mundo cotidiano por otro que se acomoda a sus deseos.

En nuestra sociedad mediática, las imágenes certifican la realidad, y si no hay imágenes, nada ha sucedido y nadie se inmuta.

La televisión, en nuestra cultura, es fundamentalmente, una máquina productora de relatos audiovisuales espectacularizados --en diversos géneros y formatos--, portadores de universos simbólicos, diseñados y difundidos para satisfacer las apetencias emocionales de su audiencia. La programación de los contenidos pregrabados permite el control político, sexual, religioso, etcétera, sobre el material emitido.

Los mensajes emitidos por la televisión son institucionalmente regulados, calibrados para atender el delicado equilibrio entre atractivo comercial y respetabilidad social, entre permisividad y prudencia moral, y atendiendo a factores contextuales como el horario de emisión.

De las funciones teóricas de la televisión --informar, formar y divertir--, se prefiere la de divertir, pues entre más extenso, indiferenciado y heterogéneo social y culturalmente es el público, tiene un gusto más mediocre y convencional. El televisor casero y gratuito se enciende preferentemente para los adultos por la noche, en horas de alto rating, al final de la jornada, cuando llegan cansados física y mentalmente en forma de golosina audiovisual o fast food para el espíritu cuyos estímulos primarios son regidos por la ley del mínimo esfuerzo psicológico e intelectual.3

Así, cada miembro de una familia se ha convertido en la "terminal de una red informática múltiple"4 que tiene efectos importantes en la calidad de la interacción familiar. La familia urbana postmodema es mucho más vulnerable al conflicto que las familias tradicionales. La relación con el contexto social, tan intercomunicado, transforma lentamente nuestras identidades, entre más otros hay, más nos transformamos y entre más distantes de casa --geográfica, emocional o intelectualmente-- encontremos nuestras relaciones, mayor es el potencial para las disputas en nuestra familia de origen o en nuestro matrimonio. Nuestras identidades entran en sintonía sólo con la poca gente que compone una red homogénea de familiares o una pequeña comunidad. Además del contexto de relaciones sociales, mientras miramos la televisión absorbemos los valores, actitudes, opiniones y gustos de otras redes que después llevamos a nuestras familias.

La casa tradicionalmente idealizada como un refugio de armonía, serenidad y entendimiento común, viene a ser el sitio de múltiples confrontaciones entre personas relacionadas por la consanguinidad y el matrimonio, pero no necesariamente por el género y por grupos señalados por la generación a la que pertenecen, la ideología, la familia de origen, la comunidad de su infancia, las instituciones educativas, las amistades o los amoríos.

Las dificultades se incrementan entre los miembros de la familia debido a que no hay modelos sencillos para señalar los desacuerdos, para ordenar los errores y aciertos o para discriminar lo racional de lo irracional, debido a que comparten una mínima parte de su realidad común.

Esta incapacidad para resolver los conflictos en la familia es intensificada por la pérdida del poder de la estructura: los padres sólo viven una realidad entre muchas, tienen sus relaciones hacia fuera {igual que sus hijos), con frecuencia están lejos, no parecen entender el mundo de sus hijos y, en la dispersión de la influencia general, pierden su posición de autoridad. Los hijos por su parte, por medio de la televisión, se han convertido en niños altamente sofisticados y maduros a una edad temprana. La desmitificación televisada del ideal de la sabiduría y de la competencia del adulto, mina su creencia y confianza en las estructuras tradicionales de autoridad.

Las familias postmodemas se descubren conviviendo en una estructura con límites difusos y vacilantes, mostrándose desorientados y tristes por el declinamiento de la unidad cohesiva, sólida y segura que la mayoría recuerdan como fantasía.

Muchos críticos, terapeutas y maestros añoran la antigua familia estable, segura, nutridora, protectora, sin destacar que también era autoritaria, opresiva, inflexible, sexista e intelectualmente estúpida. La inmersión en la multiplicidad cultural se está tomando mayor y nuestras capacidades para relacionamos electrónicamente aún están en pañales.

Sabemos que hay verdaderas pérdidas involucradas en la transformación familiar apenas descrita, pero se nos ofrece un panorama diferente en el cual los miembros de las familias nuevas pueden sentirse libres para expresar sus voces interiores, variadas formas de expresión del sí mismo que pueden generar una autocrítica más tolerante y una amistosa ironía compartida. Ahora las familias tienen mayor posibilidad de reconocer y aceptar, en cada uno de sus miembros, la personalidad incoherente que necesita el mundo actual, así como valorar la sorpresiva capacidad para la contradicción en la naturaleza humana. Recordemos que cuando existe un conjunto de personalidades tan variado, se forma un tipo de comunidad polifónica donde el tradicional autoritarismo familiar que ha nutrido la tiranía política es menos probable.

Bibliografía
1. Román Gubern, El Eros electrónico, México, Taurus, 2000.
2. Ibid.
3. Ibid.
4. Jean Baudrillard, El Otro por sí mismo, Barcelona, Anagrama, 1998.