Hacer lo que uno quiere con sus hijos

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En este artículo se reseña brevemente parte del libro titulado Ventana a nuestros niños de Oaklander ya que brinda elementos de análisis que le permiten al autor responder a la pregunta de ¿hasta dónde llega la libertad de los padres para hacer con sus hijos lo que se desee? Se mencionan conductas que son manifestaciones de precaria autoestima en los niños y acciones y actitudes que los padres pueden promover para mejorar su relación con los hijos y ayudarlos a formarse como adultos responsables.

Hacer lo que uno quiere con sus hijos

Psicólogo Julio E. Hernández Elías*

Tomaba un café en un restaurante, en espera de un amigo. En la mesa de junto se encontraba una familia que trataba, sin éxito, de hacer comer a un pequeño de dos o tres años de edad. Sus padres ensayaban el avioncito con la cucharada de sopa para que aterrizara en la boca del pequeño, le hablaban de lo fuerte que se iba a poner, de lo bonito o guapo que se ve cuando obedece a mamá.

Todo resultaba inútil, el chico escupía los fideos, metía las manos en el plato y regaba la sopa por la mesa. Buscaba con los ojos su refresco. Le repetían que si comía bien se lo darían, antes no. Los padres intentaban limpiar con disimulo los residuos que salían de su boca y no caían dentro del plato, quedando dispuestos a manera de condecoraciones en el pecho del chico, quien parecía disfrutar del momento y de la atención de los padres. Una y otra vez se repetían los actos de convencimiento, que iban exasperando el ánimo de los padres.

Hubo un momento en que la mirada de la madre se cruzó con la mía, parecía preguntarme ¿qué hago? y a la vez yo lo controlo. Desde ese momento no dejaba de voltear a verme como buscando mi aprobación y ayuda. Yo sonreía con gesto de complicidad hacia el pequeño: a mí tampoco me gusta comer cuando no lo deseo, le decía con la mirada.

Me imagino que algo pensó la madre, ya que momentos después le decía en voz alta al chico: "¿Ves a ese señor? Pues él es doctor y te va a poner una inyección si no comes bien, verdad que sííí...?" --me cuestionaba--. Aún sin salir de mi asombro alcancé a ofrecer una sonrisa y a decir: "mmm... no".

Sentí los ojos de puñalada que me dirigían los padres. Deseando ayudar les propuse: "ofrézcanle algo fresco, parece que tiene sed...". Se miraron entre ellos y me dieron diplomáticamente las gracias.

En esos momentos llegó la persona que esperaba. Platicamos un rato. Para entonces, el pequeño lloraba y los padres, visiblemente molestos discutían en voz baja. Preparaban su salida. Llegó la cuenta y se marcharon.

El episodio me dio vueltas en la cabeza algunos días. Pensaba en esos padres que hacen todo por el bien de sus hijos, aun a costa de los propios hijos y su derecho a no comer cuando no tienen hambre. Reflexionaba sobre cuántos padres, bajo ese mismo principio, no respetan a los niños. Recordaba muchas parejas de padres que desean obtener amor y aceptación de sus hijos y de otras personas, tratando de hacerlos perfectos.

¿Hasta dónde llega la libertad de los padres para hacer con sus hijos lo que se desee, sobre todo cuando los padres no han tenido los elementos disciplinarios suficientes para consigo mismos? Entendamos por disciplina personal la capacidad de aprender a vivir productivamente y con amor, como una manera de reducir el sufrimiento en la vida.

Sabemos que vivimos en una sociedad que no nos permite tener la mejor formación, desarrollo o convivencia posibles, y cuando hablamos de ser padres simplemente repetimos los patrones aprendidos en nuestra familia de origen. Es hasta que nuestros hijos se salen del huacal (conductual, ideológico, psicológico, costumbrista, etc.) que nos preguntamos: ¿en qué fallé o estoy fallando?

La sociedad es difícil de cambiar, sólo nos resta empezar a cambiar nosotros mismos. Recordemos que nuestros hijos harán lo mismo que nosotros hagamos, no lo que les digamos que hagan: digamos la verdad, pospongamos la gratificación un poco, seamos honrados y responsables con nosotros mismos para poder transmitirlo a nuestros hijos. Cuando se trata de los hijos, se piensa en ellos como lo más importante, dicen muchos padres. Pero más importante es tener la conciencia de sí para educarlos en ella, es decir, reconocer lo que sucede en nosotros mismos en la relación y compartirlo con el otro.

Hacer lo que uno quiere con los hijos, lleva a hacer lo que uno puede o entiende que les será benéfico. Aunque éste es el principio del que se parte, no hay que confundirlo con hacer lo primero que se nos ocurra con ellos. La atención que podemos procurar a los niños está basada en el respeto, el cuidado y la honestidad que tenemos para nosotros mismos. Todos los comportamientos de los padres funcionan como directivas para los infantes. Todos nuestros actos son mensajes que los hijos decodificarán en función del modo de relacionarnos con ellos.

A partir de dichas relaciones se desarrollarán o no las habilidades adaptativas. En su libro Ventana a nuestros niños, Violet Oaklander refiere que algunas manifestaciones de los niños muestran una precaria autoestima. Algunas señales comunes son: la timidez, el lloriqueo, la necesidad de ganar, hacer trampas en el juego, el fanfarroneo, recurrir a trucos para atraer la atención como hacer el payaso, bufonear, provocar, desarrollar conductas antisociales, ser muy autocrítico, culpar de todo a los demás, inventar excusas, disculparse por todo, desconfiar de la gente, necesitar muchas cosas, conducirse a la defensiva, comer en exceso, tratar de complacer siempre, sentirse incapaz de elegir y tomar decisiones, y otras más.

Con el fin de orientar las acciones y actitudes que los padres podemos realizar en nuestro trato con los niños, Oaklander propone los siguientes puntos:

 

1. Acéptelo tal como es, tómelo en serio, escúchelo, reconózcalo, acepte su juicio (cuando dice que no tiene hambre, no tiene hambre).
2. Sea honesto: cuando lo elogie, especifique qué está elogiando de él.
3. Tome en cuenta que las palabras son herramientas importantes para el contacto interpersonal. Es recomendable que nos escuchemos y decidamos si realmente estamos diciendo lo que queremos decir. No atribuya todo al interlocutor, como si él fuera la causa; cuando use un o un no, asegúrese de que signifiquen ahora (el presente) y no siempre.
El uso de siempre y nunca llevan una carga emocional muchas veces nociva, en vez de aclarar o favorecer una situación. Pueden ser sustituidos por a veces. Evite los deberías y los tienes que, pues encierran trampas de obligación o culpa. No sea criticón, ni dé consejos innecesarios.
4. De acuerdo a la etapa de desarrollo de su hijo, vaya dándole responsabilidades, independencia y libertad para elegir. Es importante involucrarlo en la resolución de problemas y la toma de decisiones que atañen a su propia vida.
5. Permítale experimentar, ser creativo, perseguir sus propios intereses.
6. Muéstrele lo maravilloso y sorprendente de ser único y diferente a los demás. Que reconozca el aprecio por sí mismo. Que aprenda a realizar tareas y sentirse satisfecho con lo realizado. Que sepa lo bueno que es encontrar placer en sí mismo.
7. Permita y acepte la expresión de sentimientos negativos. Una vez expresados, en forma abierta, pueden ser explorados plenamente.

Si usted tiene un hijo problema (insolente, rudo, turbulento, etc.) procúrele toda la ayuda posible, las mejores sugerencias que su sabiduría personal le permita y fíjele límites claros. Los niños difíciles no presionados ni llenos de culpa, pueden crecer con libertad y descubrir los preciosos que son, hasta convertirse en adultos responsables, ya que habrán puesto punto final a su niñez y plena expresión a sus tensiones. Se habrán reencontrado con sus sentimientos, con sus sentidos y con su propio yo.

Por lo demás, basta con que usted como padre o madre sea una persona de bien y realice una función útil en el mundo.

 

Nota
*Licenciado en Psicología y especialista en terapia familiar y adicciones.

Bibliografía
Bradshaw, John. Volver a la niñez. Selector. México: 1991.
Oaklander, Violet. Ventana a nuestros niños. Cuatro Vientos. Santiago de Chile, 1996.