El arte de observar a la familia

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La labor de un terapeuta como agente de cambio implica el reto de saber observar. Como cualquier familia que recurre a tratamiento, en las que existe un problema de adicción, es muy importante que el terapeuta detecte el contexto en el que las familias se desenvuelven. En el presente artículo el autor brinda elementos para entender que el encuentro familia-terapeuta afecta a ambas partes, quienes deberán crear un código común para asegurar el clima de cooperación y una relación deseable que promueva el éxito de la terapia para que, dentro de un proceso evolutivo, la familia cambie su visión y obtenga herramientas para navegar, por sí sola, con los problemas cotidianos.

El arte de observar a la familia

Psicólogo Julio E. Hernández Elías*

La primera tarea de un terapeuta-observador consiste en distinguir los datos pertinentes de todo el conjunto de variables del hecho o proceso a estudiar. Sólo aquellos elementos que introducen diferencias con relación a un estado anterior de conocimiento son útiles. Lo que le resulta valioso, lo que para él deviene significativo, depende de su epistemología.

Nuestra epistemología es la forma de organizar el mundo para que nos resulte inteligible. Desde la infancia hemos sido influidos por una epistemología aristotélica, que nos lleva a dividir el fenómeno, para tratar sus partes por separado. La epistemología postaristotélica, por el contrario, ve al mundo como un conjunto donde las partes están en íntima relación y donde el común denominador --las reglas del sistema-- se encuentra en el centro de nuestra comprensión.

Las ciencias sociales y de la salud occidental han avanzado en esta epistemología e integran campos de conocimiento más holístico-sistémicos que nos permiten abordar fenómenos psicosociales más complejos, como las adicciones.

Observar bajo una perspectiva sistémica a las familias en las que existe un problema de adicción, implica detectar el contexto en el que éstas se desenvuelven. Es frecuente que a la familia le resulte imposible separa al enfermo de la enfermedad. Es necesario reconocer su esquema de orientación, en el que sus verdades, escala de valores y creencias permanecen implícitas y sin cuestionamiento. Las diferencias que llaman la atención al observador, son los eventos que afectan el orden natural del esquema de la familia. Todos los sistemas humanos pueden desarrollar estos eventos en forma de síntomas, enfermedades o estados de crisis a lo largo de su vida. Representan la suma de sus contradicciones y, al mismo tiempo, los intentos del sistema por resolverlas.

La gran mayoría de las familias contemporáneas se han desarrollado en un contexto social que paulatinamente ha ido olvidando cómo socializar a sus miembros y le ha dado carácter de dios al dinero. Los mensajes dobles, distorsionados o contradictorios, restan influencia a las instituciones y la familia, haciéndolas vulnerables a los fenómenos adictivos. La estructura familiar nace y se desarrolla generacionalmente con malos entendidos de la pareja de padres, los cuales dificultan el establecimiento de una disciplina que permita su organización. Esto imposibilita la adopción de roles y actitudes sanas.

Aprehender este sistema de autorepresentación resulta importante para evitar discusiones moralizantes sobre la naturaleza de la adicción. Observar a la familia en este contexto, implica tener en cuenta los criterios y la forma en que el terapeuta participará en esta experiencia.

En los primeros encuentros del proceso terapéuticos se evalúa la pertinencia de llevar a cabo la terapia o no. Ya sea por vía telefónica, o en una entrevista individual o familiar en el consultorio, los miembros de la familia refieren el motivo de consulta. En sus relatos permiten conocer la opinión sobre sus relaciones y el tipo de vínculo que desean con el terapeuta.

La familia se presenta con el deseo de integrar al terapeuta y, a la vez, con el deseo de evitarlo; hay miedo y ganas de expulsarlo, pero esperan que él identifique a detalle los factores de los problemas que le exponen. Por ejemplo, aquel miembro que asume la responsabilidad de explicitar la demanda, confronta al terapeuta con una paradoja; le pide un cambio para que desaparezca la enfermedad y contrariamente, quiere aplacar la crisis para preservar la actual estructura de la familia. Esta sesión es rica en contenidos en diferentes niveles lógicos.

En esta fase de evaluación, el terapeuta observa, participa equidistante, investiga, explora, identifica una imagen familiar, así como la de cada uno de sus miembros, e introduce alternativas, dudas. Sabe que el síntoma es producido por la estructura que lo posibilita. Las diferencias ocurrirán cuando entren en contacto, tanto la visión de la familia con su propia visión, las cuales habrán de compararse y, en su caso, modificarse.

Al igual que en la producción artística, el terapeuta pretende participar en los problemas que se le plantean como agente de cambio; se anticipa a él y, por tanto, es susceptibles de ser el depositario de las proyecciones públicas y familiares. Incertidumbre, resentimientos, miedos y fracasos que cohabitan con el síntoma, se organizan contra el cambio, contra lo nuevo.

El encuentro afecta a ambas partes, quienes deberán crear un código común para asegurar el clima de cooperación. El éxito de la terapia consistirá en que la familia cambia su visión a lo largo del proceso. Para hacer esto posible, el terapeuta asume actitudes que favorecen un contexto de aprendizaje nuevo, donde se ensaya la redistribución familiar: procura el cambio de óptica al cuestionar los aspectos que obstaculizan las soluciones, se reserva información, consejos o sugerencias, y se interesa por las relaciones actuales y los rasgos característicos del grupo familiar.

Durante el transcurso de la sesión, el terapeuta identifica al portavoz, quién lo eligió y qué hacen los demás; se cuestiona para qué sirve el síntoma y la relación que tiene con la geografía de la familia, con su asistencia, sus alianzas, su flexibilidad, sus límites y su organización.

Observa procedimientos, transacciones, ceremoniales, pactos, pasatiempos y hasta sus juegos. No negocia su encuadre ni el contenido del tratamiento. Determina quién participa, demarca límites y se dirige al grupo en su conjunto. Precisa el comienzo, la duración y el término del síntoma, para poder realizar su evaluación.

Lo importante está en las formas más que en los contenidos, con ellas, el terapeuta conecta la naturaleza de los problemas con la existencia del síntoma, es decir, esquematiza las interacciones como hipótesis explicativa, en forma de modelo fenomenológico circular, que dé cuenta de la situación real.

Hacia el final de la primera sesión, quizás la familia no haya logrado una comprensión muy amplia de la situación que vive, para lo cual el terapeuta podrá proponerles una comprensión más clara a través de representaciones corporales, gráficas, imaginarias o de metáforas.

La creación estética en terapia que resulta de este proceso es gradual, y en la medida en que brota el diálogo se van produciendo pequeñas modificaciones en ambas visiones y se generan con ello una creación a la medida, auténtica, inédita.

Este es un terreno frágil, se puede caer en la fascinación de lo siniestro, navegar por lo oculto y regresar con otra realidad nueva y bella.

Terapeuta y artistas se asumen como líderes del cambio para sí y para los otros. En este proceso, aparentemente inconsciente, se dejan fluir para poder captar lo que representa lo auténtico, siguen un proceso dialéctico, se incluyen creando y destruyendo el objeto artístico o la intervención estética que, si logra trascender, es porque su significado representa la reconstrucción de un mundo que es propio y de todos.

La relación deseable en terapia es un proceso evolutivo que maneje un diálogo de versiones originales de principio a fin, y que pueda transformarse constantemente.

Nota*Licenciado en Psicología. Terapeuta familiar y especialista en adicciones.