El amor es cosa de niños

Con el nacimiento de un nuevo miembro de la familia, suele decirse hijo de tigre, pintito, para hacer referencia a las características que el nuevo ser ha heredado de sus padres. En el artículo, el autor argumenta que desde que identificamos a nuestro pintito, los padres iniciamos la reedición de nuestras propias etapas de desarrollo y analiza el impacto de esta situación en la gestación de crisis y dificultades paterno-filiales como puede ser la adicción de algún miembro de la familia. Afirma que la primera acción preventiva contra las adicciones exige que los padres comprendan la importancia de su presencia y que permanezcan con ellos de manera amorosa, respetuosa y digna.

El amor es cosa de niños

Psicólogo Julio E. Hernández Elías

Desde tiempos remotos encontramos en nuestras sociedades mensajes o ruidos significativos en forma de refranes populares, como: "el que nace pa' maceta del corredor no pasa" o "el árbol que crece torcido jamás su tronco endereza", que nos advierten de la importancia que tienen las experiencias infantiles en el desarrollo de todo sujeto. Éstas suelen traducirse en los cimientos de su futura identidad, de sus actitudes y de su estilo de vida.

Con el nacimiento de un nuevo miembro de la familia, se oye decir en su vecindario "hijo de tigre, pintito", aludiendo así a las características que el nuevo ser ha heredado de sus padres. Las características físicas, fácilmente reconocibles, serán complementadas con otras menos evidentes, transmitidas a través del moldeo de conductas y actitudes paternas.

La influencia de la sociedad y la familia --sobre todo la que ejercen los padres sobre los hijos-- es determinante para enfrentar con éxito o fracaso las crisis naturales que provocan las relaciones interpersonales que se establecen durante la vida. Recordemos que la mayoría de las adicciones se dan en individuos cuyas habilidades adaptativas y su identidad personal han sido pobres o incongruentes.

Los niños dependen de sus padres para satisfacer sus necesidades básicas de alimento, abrigo y amor. La necesidad afectiva es la que implica mayor complejidad para su satisfacción. Las emociones que experimente el niño se convertirán en el contacto directo con su realidad inmediata, ya que se expresan en su organismo antes de que tenga plena conciencia de ellas. A partir de entonces, las emociones serán la fuerza motivadora que lo impulsará a satisfacer sus necesidades y medios para actuar, pensar y decidir.

La primera acción preventiva contra las adicciones requiere que los padres comprendan el impacto de su presencia y que permanezcan con ellos de manera amorosa, respetuosa y digna.

Desde que identificamos a nuestro pintito, los padres iniciamos la reedición de nuestras propias etapas de desarrollo, con nuestras necesidades infantiles no satisfechas. Con mucha frecuencia, en ese momento empiezan a gestarse las crisis, con sus dificultades paterno-filiales concretas en cada etapa.

El primer año
Desde el nacimiento, hasta el primer año de su vida, el bebé requiere sentir la confianza de que será alimentado, cobijado y aceptado con amor incondicional por sus padres. De esta manera fortalecerá la esperanza de una vida segura.

No reprima sus emociones, permítale llorar y reír, respételo y tómelo en cuenta. Protéjalo como el niño-dios que es. Trate de comprender la sabiduría que encierra el comportamiento de su pequeño: descansa y duerme cuando tiene sueño, come cuando tiene hambre, respira con el estómago, le gustan las caricias y devuelve maravillosamente una sonrisa a quien se la ofrece. No se obsesione ni gaste su energía tratando de analizar todo, esto le impedirá sentirlo. Un sujeto  que padece alguna adicción aprendió a no sentir, entendió y creyó que no valía y  prefirió alejarse de esa realidad dolorosa.

El segundo y tercer año
Durante los dos años siguientes se ramifican las emociones primarias de sorpresa, placer, miedo e ira, y aparecen el orgullo, la vergüenza y la culpa. En esta etapa, el niño desarrolla la conciencia de sí mismo y con ello, empieza a incorporar los límites (normas, reglas, costumbres) y expectativas que evaluarán sus acciones. En su búsqueda de satisfacción se topa con los remordimientos que emanan de los sentimientos de amor-odio hacia sus padres, es decir, experimenta remordimientos cuando siente miedo al castigo o a dejar de ser amado. La manera en esta etapa es lograr que el niño adquiera la suficiente fuerza de voluntad para contenerse y relajarse, sin dañar el equilibrio de sus emociones. Del éxito o aprobación que hagan los padres de estas prácticas, nacen sentimientos de orgullo y valía personal que se traducen en dominio y autonomía de sí mismo; del fracaso se producen la herida, la tristeza, la vergüenza y la duda.

Es necesario poner atención en la forma en que se le imparte al niño la enseñanza de la disciplina. Sin ella, se vuelve voluntarioso, impulsivo, terco. Si por el contrario, los padres son obsesivos y muy controlados, harán hijos rígidos, faltos de espontaneidad y muy obedientes. "Ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre", reza el refrán. El pequeño requiere de tiempo y espacio para jugar libremente con sus sensaciones, para que ensaye su agresión, sabiendo que sus padres permanecerán a su lado. Necesita experimentar autoridad sin dominio y reducir el sufrimiento con disciplina.

El cuarto y quinto año
De los cuatro a los cinco años, el niño lucha entre sentimientos de culpa (producto de sus primeras fantasías genitales con su madre) y el sentido de iniciativa que surge del progreso de su desarrollo. Piensa en ser grande y tiende a identificarse con lo que aprecia y entiende. Empieza a comprender que no todo lo que desea es posible. Debe adaptarse a cosas concretas y tiene que adecuar sus propósitos. Mantenga la congruencia en su comportamiento, esto le brindará tanto a él como a usted elementos de constancia y seguridad.

Las emociones que transmitimos a nuestros hijos en estas primeras etapas son una forma de mostrarles el mundo, esto nos definirá el tipo de vínculo que establecemos con ellos. Es cierto que ser padre es la profesión más difícil, pero podemos mejorarla si mantenemos la mente abierta y estamos dispuestos a modificar nuestros pensamientos, revisar nuestras motivaciones y prioridades. Así, la prevención de diversos trastornos emocionales se estaría construyendo a través de acciones concretas de convivencia familiar desde la infancia. Por ello pienso que el amor en familia es cosa de niños.

 

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