Las sopas de perico de la familia Burrón

La teoría psicoanalítica del francés Jaques Lacan parte, entre otras propuestas, de la utilización de nuestro lenguaje como una forma representativa del inconsciente. El significado-significante de nuestras palabras puede conducirnos por rumbos interesantes de las motivaciones ocultas del ser humano. La vía de acceso hacia estas motivaciones es la palabra misma.

Las sopas de perico de
la familia Burrón

El Oso*

La teoría psicoanalítica del francés Jaques Lacan parte, entre otras propuestas, de la utilización de nuestro lenguaje como una forma representativa del inconsciente. El significado-significante de nuestras palabras puede conducirnos por rumbos interesantes de las motivaciones ocultas del ser humano. La vía de acceso hacia estas motivaciones es la palabra misma. En México, como en casi todos los países latinos le sacamos chiste a todo, por lo cábulas o pícaros que somos; distorsionamos con gran habilidad los nombres de las personas e instituciones haciendo notar sus verdaderas características.

Por ejemplo, si un lugar de diversión es peligroso le llamamos Riesgo Aventura; si la chica es muy entregada a la fogosidad y se llama Carolina lo transformamos inmediatamente en Calorina; si el Hospital de Emergencias da mucho que desear se convierte en el Hospital Rubén Me Muero, o peor todavía, Mejor Me Muero. En este sentido, pensamos que los lacanianos llegaron tarde a México (primero estaban los lacandones) o bien son demasiado sofisticados para nosotros. De hecho, a un psicólogo silvestre le preguntamos sobre Lacan y contestó: "...anda por ahí pegada y arrastrada por el-can...". Cualquier jarocho puede ser más hábil y hacer una magia envidiable con un juego de palabras que, enmarcado por un buen congal cantando "El animalito", pondría a temblar no sólo a las buenas conciencias sino a cualquier psicoanalista lacaniano con años de experiencia.

Qué diría Don Justo Sierra al enterarse que los estudiantes educados en la psicología conductista que practican con animales, en particular especies menores, desafían al Rector con un Por mi rata hablará el estímulo.

Las costumbres en el uso del lenguaje llegan al absurdo si se les ve desde otra perspectiva; o sea, desde fuera de tales costumbres. Usted, adicto lector o creativa lectora, podría repensar si Farmacodependiente, por ejemplo, es ¿el empleado de una botica?, o bien cuestionarse si los troncos ¿duermen? En este mismo sentido, los rayos ¿huelen? ¿Qué tienen que ver los tamales de chivo con la infidelidad? ¿Por qué en el último día de su vida el ser humano tiene que realizar un acto tan banal como el de colgar los tenis? ¿El arte de adivinar está asociado con lo que comes? ¿Cuál casete se te borra cuando pasas de las dosis? ¿Si los mexicanos tomáramos mucho chocolate le pagaríamos lo que le debemos al Fondo Monetario Internacional? ¿O seremos tan humildes que preferimos romper la piñata a tener oro y plata? Por eso nos va como en las olimpiadas.

Con esto alcanzamos un nivel de complejidad que raya en lo mitológico. Al grado que le preguntamos a usted, paciente lector(a) ¿cómo explicaría a un niño la existencia de una tan nombrada Serpiente Emplumada, o bien la de un Dragón o Pegaso?

Es probable que en este momento usted haya llegado a meter la Addictus al boiler. Por otra parte, quizás se encuentre sumamente intrigado(a) por entender lo absurdo y complejo de la mitología. Si nos lo permite, compartiremos una cita de Ronald D. Laing, antipsiquiatra inglés, quien muriera jugando tenis, no colgándolos, y que en su libro Las cosas de la vida decía: "Algunos mitos me hacen pensar seriamente en la posibilidad de que las experiencias que se producen desde la fecundación al embarazo, y los siguientes acontecimientos prenatales, están representadas mitológicamente en imágenes postnatales". Y remata con esto: "La mitología puede ser la clave de la experiencia embriológica".

Este espacio es para que se levante del piso o para que haga la exclamación que se le haya ocurrido. Y si de mitología se trata, nada más piense en seis nombres de pulquerías y verá hasta dónde somos capaces de entender dicha experiencia embriológica: 1. El abrevadero de los Dinosaurios; 2. El Monosabio; 3. La política Alegre; 4. La Paloma Azul; 5. Los recuerdos del Porvenir (de donde Elena Garro se fusiló el título para su novela --no creemos que haya sido al revés--) y 6. Los Villancicos (por aquello de que "beben y beben y vuelven a beber...").

El mito genial de la Familia Burrón
Aprovechando los mitos, uno de los más conocidos es el de la pelirroja Borola Tacuche, personaje femenino de la familia Burrón, con domicilio en el Callejón del Cuajo número chorrocientos, esposa de Regino Burrón, peluquero del "Rizo de Oro" (¿más mitología?), de condición bastante humilde, padres de Macuca y el Tejocote --y un hijo adoptivo llamado Foforito, chícharo de la peluquería-- y no puede faltar Wilson, el pero mascota de los Burrón. Decía Juan Villoro que la Familia Burrón es un tesoro nacional amenazado y que, inclusive, reunir las obras completas de historietas creadas por Don Gabriel Vargas "...enriquecería más nuestra cultura que recuperar el penacho de Moctezuma".

En 1953 la Borola decía: "En tiempos pasados la mujer no tenía derecho a protestar, ni siquiera a pujar, porque el hombre se le iba encima a los topes y guantones. Pero en esta época atómica todo ha cambiado". Durante más de cinco décadas la Borola ha pasado por todas las profesiones imaginadas para sacar adelante a sus tlaconetes. Devota de San Crispín y de San Nabor, aficionada a cualquier aguardiente y a los cigarros de periódico enrollado y con una actitud totalmente visceral, nos muestra a través de su vida cotidiana ña rutina de nuestra ciudad capital y la capacidad para crear una mitología donde los ladrones son amigos de lo ajeno, los policías acólitos del demonio, el carro el patas de hule o huacal con ruedas, los calzones tarzaneras, comer pipirinear, besar practicar el picorete salivón, ojos los de apipizca, cantina emborrachaduría, garganta gargero, estómago caja de las alubias, la guitarra la vihuela, el cráneo la de hueso, etcétera.

Enmarcado esto con personajes como Avelino Pilongano, flojonazo que se escuda en el hecho de ser poeta, solapado pro su madre doña Gamucita; Ruperto Tacuche, rufián y panadero de profesión, tapado eternamente con una bufanda humilde y hermano de Borola; la tía Cristeta, millonaria mujer que vive en Francia; Florito Tinoco, alias El Tractor, junior millonario, bueno para nada, pretendiente de la Macuca.

Otros simpáticos personajes son: Alubia Salpicón, Isidro Cotorrón, Susano Cantarranas, Doña Cipriana Vda. de Tolentino, Lucila Ballenato, Briagoberto Memelas, Doña Pancha Turrubiates de Bejarano e Irina Loreta, amigos y vecinos.

Los caricaturistas Miguel Mejía y Agustín Vargas (Guty) siguen creando la historieta semanal. A Don Gabriel Vargas se le debe toda esta creatividad extraída de la vida urbana más ortodoxa de la vecindad. Don Gabriel acaba de recibir un homenaje y se le puede considerar un trabajólico, debido a su entrega desmedida --desde adolescente-- a la elaboración de trabajo gráfico serio (La vida de Cristo, Sherlock Holmes) lo mismo que cuenta (El zueco rojo). Un hombre abstemio que trabajó para el periódico Novedades y Excélsior. Creó Los superlocos, a Jilemón Metralla y Bomba, diputado trinquetero que se quedó fuera del presupuesto y a quien mantenía Cuataneta, su criada, que vivía de verduras y pollos fiados. El autor de todo esto llegó a elaborar cinco historietas a la semana: Don Jilemón Metralla, El Güen Caperuzo, Los del 12, Pancho López y La Familia Burrón. La proeza le costó un derrame cerebral que le paralizó medio cuerpo.

Con todo esto descubrimos que de la palabra al mito hay una fusión que nos deja con un buen sabor de boca.

Nota
* Se trata de Mario Bejos L.

 

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