¿Adicto al carro o adicto a la velocidad?

Un amigo de Addictus nos platicaba: "...he descubierto que mi vecino acaricia más a sus carros que a su mujer e hijos...". Otro más agregaba: "...platicando con el mecánico, concluimos que aproximadamente el 80% de los automovilistas portan consigo un arma para defenderse o atacar, en caso de que alguien los provoque imprudentemente;

¿Adicto al carro o adicto a
la velocidad?

Mario Bejos L. 

Un amigo de Addictus nos platicaba: "...he descubierto que mi vecino acaricia más a sus carros que a su mujer e hijos...". Otro más agregaba: "...platicando con el mecánico, concluimos que aproximadamente el 80% de los automovilistas portan consigo un arma para defenderse o atacar, en caso de que alguien los provoque imprudentemente; estas armas pueden ser pistolas, macanas, mini-bats, armas blancas, sprays paralizantes y hasta perros adiestrados; desarmadores, llaves de tuercas, el gato y hasta el bastón de seguridad para el volante". Incluso un vato que andaba ahí de metiche añadió que llegó a conocer a una señora que traía una víbora... Diría Catón del Reforma: "Colóquense tal peonza en la parte dura, de naturaleza córnea, que nace y crece en las extremidades de los dedos". O sea, échense ese tropo a la uña.

Como puede usted notar, alrededor del automóvil se mueven infinidad de intereses, tanto para el individuo como para la familia y la sociedad. André Gorz, en su Ideología Social del coche, nos dice que la importancia originaria del coche radica en que era un lujo, un placer exclusivo de la minoría burguesa, cuya concepción y naturaleza excluyó, en un principio, el que fuese utilizado por el pueblo. Es decir, que la importancia y la ventaja de su uso consistía en que la masa no disponía de él. Por lo tanto, su destino original era el de un bien suntuario que no tendería a democratizarse.

A más de que el automóvil permitía que algunos circularan mucho más aprisa que el resto, la cosa no terminaba ahí, ya que el chofer --a diferencia del jinete, del carretero o del ciclista-- entró en una dependencia o adicción radical: tuvo que preocuparse de la alimentación energética de la unidad y de la costosa reparación de la más mínima avería; de ahí pasó a depender de los especialistas en carburación, lubricación, instalación eléctrica y cambio de piezas. A diferencia de todos los propietarios de medios de locomoción anteriores, el automovilista estableció una intensa relación usuario-consumidor con el vehículo, y no la de poseedor-dueño, con todo y que fuese, en efecto, el propietario. La cosa es que este mecánico robot-servidor se convirtió en competidor o en estorbo y, después, en una amenaza (¿o no, mi querido Frankenstein?). La máquina se escapó de nuestro control y se nos viene encima, desbordándose más allá del rol para el fue creada.

Actualmente, el automóvil ha ganado terreno en términos de comodidad interna y de mantenimiento, mas sigue estando asociado al tiempo y a la velocidad. Nuestra época se ha caracterizado por la intolerancia: todo aquel que nos estorba es un naco, se agandalla el carril, nos impide estar en el lugar que habíamos elegido ex profeso para nosotros. El tiempo ha sido dotado de un valor distinto: toda tardanza es vivida como una situación torturante y la velocidad se convierte en exigencia y, en esto último, el coche toma el liderazgo dentro de las ciudades, como instrumento que permite anular el espacio para atrapar el tiempo. Es fácil notar el egoísmo agresivo y cruel que brota de nosotros cuando somos conductores; a cada minuto asesinamos simbólicamente al otro o a los demás, mismos a quienes percibimos solamente como molestias y obstáculos para nuestra velocidad y nuestro deseo de estar un poco más allá.

Esta voluntad de superar distancias se relaciona con la esperanza de lograr la felicidad inmediata (de ahí la tolerancia). La impaciencia nace del no poder soportar la dilación porque, en nuestro tiempo interno, sentimos que ya estamos allí junto al objeto, persona o lugar deseado o esperado. Esa intolerancia es la que nos hace poner el pie en el acelerador, mientras que, por otra parte, al esperanza funge como una mágica negación del peligro, un clásico "no hay purrún" o "a mi me vale mi progenitora", que permite creer que nada malo podrá ocurrirnos, mecanismo que aparece, con frecuencia, en los adolescentes, quienes pagan con muertes numerosas consecuencias de dicha negación.

El automóvil se convierte en una extensión de nuestro cuerpo, incluyéndose en el esquema corporal. El querer llegar rápido puede provocarnos sentimientos de omnipotencia, como si llevásemos dentro todos los caballos de fuerza de la máquina. Nomás asómese usted a la forma más dramática de este hecho, las llamadas peseras (o ¿pe-cerdas?). llega a tal grado nuestra identificación con el auto que hasta lo vestimos para diversas experiencias, de modo que refleje nuestro estado de ánimo; como en el caso de las bodas, quince años, los rallys, sepelios, las patrullas, etc. Es más, si existió el hombre increíble, Hulk (léase con letras verdes) ¿por qué no va a existir el auto increíble? Kit es el nombre del robot sofisticado que le dice a su conductor-amo: "Michael, no te agarres ahí" (léase con voz en reververancia de excusado). La incredibilidad del carrito no obedece, solamente, a sus características y ventajas tecnológicas, sino a sus características de inteligencia, superior a la de un caballo bien educado para los panamericanos.

La cosa es que la conducta automovilística sólo puede ser comprendida en términos de esa triple relación cuerpo-espacio-tiempo. El conductor mientras conduce, centra su atención en la unidad cuerpo-coche. Desarrolla entonces una verdadera hipocondría del automóvil que, en ese momento, es vivenciado como un órgano. El conductor se inquieta ante cualquier ruido, el menor roce, hecho por otra unidad o humano, significa una reacción inusitadamente violenta de su parte, de ahí las armas para atacar o defenderse. Pero, curiosamente, el mismo conductor puede ser desproporcio-nadamente tolerante ante la cantidad de humo de su mofle, sin que el preocupen las consecuencias para sí mismo o para los demás, lo mismo que un adicto que, a pesar de las consecuencias de su forma inmoderada y destructiva de consumir sustancias, no asume la necesidad de un grupo de autoayuda u orientación, ajuste o carburación, en su caso. Por lo tanto, este hombre-automóvil tiene aspiraciones depositadas en la máquina. El auto se convierte en su hábitat y envoltura, algo que lo muestra y lo resguarda a la vez.

Aunado a esto, con el auto se intenta probar quién tiene más prisa: "Entre más prisa demuestro a los demás, más importante soy; escucha muchacho, la intolerancia es mi negocio; no me importan las consecuencias que sufra mi organismo, así que quítate rápido, güey. ¡Avanza!". Cada día habrá carros más aerodinámicos que, al desafiar el aire, logren mayor velocidad. Sin embargo, caemos en un timo monumental o, peor todavía, en el sálvese quien pueda. Es la parálisis general por la vía del colapso general.

De pasada preguntamos: ¿Acaso una marcha interrumpe el tráfico o lo interrumpe el burocratismo que no es capaz de resolver el problema administrativo, del cual dependen muchas personas? Porque cuando todo el mundo quiere circular a la velocidad privilegiada, el resultado es que acaba por no circular nadie. A fin de cuentas, el coche termina haciendo perder más tiempo del que economiza y creando más distancias de las que permite salvar.

 

 ¡Llámenos!

(55) 5008 1709


Calle Molinos núm. 20 Int. 8

Colonia Mixcoac
Delegación Benito Juárez. CP 03910
Ciudad de México. México

©2016 Liberaddictus AC

Search