De máscaras y armaduras

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Una de las formas tradicionales que existió en el pasado para proteger el rostro y el cuerpo de todo lo externo, de todo lo malo, de todos los peligros de la batalla era el uso de las armaduras y yelmos para aquellos caballeros de los tiempos del medievo. También fue común -y sigue siéndolo- el uso de máscaras y disfraces en el teatro.

De máscaras y armaduras

 

Eulalio López García1 y Manuel Pérez Bailón2

Si te digo todo lo que soy, puede ser que
no te guste, pero es todo lo que tengo
James Powell

Escondiendo cara y cuerpo
Una de las formas tradicionales que existió en el pasado para proteger el rostro y el cuerpo de todo lo externo, de todo lo malo, de todos los peligros de la batalla era el uso de las armaduras y yelmos para aquellos caballeros de los tiempos del medievo. También fue común --y sigue siéndolo-- el uso de máscaras y disfraces en el teatro.

En el teatro antiguo era una forma de esconderse, de jugar con las distintas personalidades que pudiéramos representar. Hoy, en el teatro moderno, sigue siendo una manera de representar algo, de imitar algo, de personificar algo --o a alguien, en los tres casos--, por lo que suena natural en este arte su utilización. A fin de cuentas, es sólo una forma de representación, de entretenimiento, de simulación o una manifestación artística.

"Todos llevamos una máscara (o una armadura)" es una frase muy común en estos tiempos, por lo que pareciera ser que poco ha cambiado desde aquellos años.

Pero reflexionemos un poco. En la antigüedad, efectivamente, era necesario para los nobles caballeros, el uso de la armadura que protegiera sus cuerpos de las armas de sus enemigos durante una batalla. Y el uso del yelmo protegía físicamente su cara. Era su época, era su ambiente, en fin, era la forma más lógica y obvia --en ese tiempo y espacio-- de protegerse físicamente con la armadura y el yelmo. Entonces, si hoy ya no hay combates, como aquéllos, cuerpo a cuerpo, ¿es necesario llevar una armadura? ¿Es real esa armadura? ¿Qué escondemos con ella? ¿Qué tratamos de simular, de personificar, de proteger?

Cuando hoy hablamos de la armadura nos referimos a la personalidad que representamos en cada momento y esas preguntas son difíciles de contestar. Son personales y cada quién tendrá su respuesta, que es suya, que es única, que forma parte de la propia personalidad de la persona.

Si la armadura es la personalidad que reflejamos, podríamos suponer que entonces no es sólo una, sino más bien, una serie de armaduras que utilizamos a nuestro antojo, según sea el ambiente, la necesidad y las personas con las que, de continuo, estamos tratando y viviendo. "Yo soy yo y mis circunstancias", escribió Ortega y Gasset. Y, es cierto; de pronto, adquirimos una especial personalidad en un momento y circunstancia particulares, que cambiamos llegado el momento de adquirir otra apariencia. Utilizamos, unas veces, armaduras brillantes, fuertes y elegantes o en otras ocasiones, armaduras enmohecidas, viejas, pesadas y oxidadas.

Desde un punto de vista psicológico, esas armaduras son lo que cubre nuestro verdadero yo. Nos da vergüenza o temor mostrarnos como verdaderamente somos (porque no nos conocemos), desnudarnos síquicamente; pensamos que si las personas nos conocen completamente no nos aceptarán y eso nos da miedo, nos aterra enfrentarnos a los demás y que nos conozcan.

Sin embargo, al usar esa armadura estamos prefiriendo vivir con la tensión del que oculta algo, del que lleva contrabando y nos condenamos a vivir una falsedad con un gasto enorme de energías porque en el fondo no nos conocemos ni nos aceptamos como somos y suponemos que si los demás nos conocieran bien, tampoco nos aceptarían.

¿Despojarnos de la armadura?
Quitarnos esa armadura y mostrarnos como realmente somos no es nada fácil. Es un proceso de cambio que comienza con la frase socrática "Conócete a ti mismo". Cada una de ellas es para un fin en particular. "De acuerdo al sapo es la pedrada" reza un refrán popular y, nosotros, la mayoría, casi todos, mirando las circunstancias nos probamos, abrillantamos y pulimos nuestras armaduras.

A lo largo de la vida usamos una serie de armaduras que en algún momento se pega tanto a nuestra piel que es casi imposible arrancarla de nosotros y vamos por el mundo simulando, protegiéndonos, mintiéndonos a nosotros mismos sobre nuestra verdadera personalidad.

No es malo llevar una armadura; es más, es necesario. Y es necesario porque somos personas que estamos en contacto con algunas personas en ciertas circunstancias en determinados momentos, lo que en la sociología llaman el rol que jugamos.

Tratando de contestar esa pregunta planteada, creemos que tenemos, al menos, tres alternativas: Primera, continuar llevando esas armaduras a pesar de no ser nosotros mismos. Esto, con toda la pérdida de nuestra verdadera personalidad y todas las consecuencias de ello. Segunda, aprender a usar la armadura correcta en el momento correcto. Esto está relacionado con la adaptación del ser humano a sus circunstancias y con la flexibilidad que tengamos cada uno para adecuarnos al mundo que vivimos. La tercera es ésa en la que poco a poco, tal vez con dolor, vayamos buscando en nosotros mismos nuestra verdadera personalidad y, poco a poco, vayamos despojándonos de esas armaduras.

Las tres son factibles, las tres son válidas. El punto es, pues, ¿qué armaduras quieres llevar? ¿De qué armaduras quieres despojarte?

Notas
1 Especialista en recursos humanos, consejero y asesor en desarrollo personal.
2 Consejero personal en desarrollo humano y profesor universitario.