Permisividad y sociedad

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En la evolución social los valores y los principios de conducta determinan las bases de pensar y actuar de la humanidad. Cuando en una sociedad el actuar de sus integrantes cotidianamente va más allá de los valores -o incluso en contra de ellos- hay una afectación a la evolución de la propia sociedad que pone en riesgo su desarrollo y el de sus integrantes.

Permisividad y sociedad

Eulalio López García1 y Manuel Pérez Bailón2

Un acercamiento
En la evolución social los valores y los principios de conducta determinan las bases de pensar y actuar de la humanidad. Cuando en una sociedad el actuar de sus integrantes cotidianamente va más allá de los valores --o incluso en contra de ellos-- hay una afectación a la evolución de la propia sociedad que pone en riesgo su desarrollo y el de sus integrantes.

Cuando los miembros de la sociedad son permisivos (en el sentido de permitir conductas que infrinjan las normas de conductas legales o morales y con esto se afecte a los integrantes del grupo que como sociedad viven en reunión permanente y están de acuerdo en regirse por normas de conducta preestablecidas mediante ordenamientos legales o acuerdos comunitarios y sociales), se ponen en riesgo las reglas existentes de convivencia cotidiana, y como consecuencia se conduce al caos y a la anarquía social si no se pone un alto a esta situación.

En lo individual, los valores y normas de conducta social enmarcan la forma de conducirse de las personas en sus relaciones cotidianas, de esta manera todos los integrantes de la comunidad están obligados a respetarlos. Sin embargo, en la actualidad se observa con mucha frecuencia y en muchos lugares y circunstancias que la conducción y el actuar de algunos integrantes de la comunidad transgreden las normas morales y en ocasiones las legales, creando con ello confusión y pérdida de aplicación de las normas de conducta.

Vemos con tristeza que diferentes actores no respetan las normas conforme a lo establecido y llegamos a observar casos en donde es legal pero no es moral el acto realizado, o casos donde no es legal y tampoco moral realizar dicho acto.

En los niños se presenta una enorme contradicción entre ver, pensar y hacer: ellos observan una conducta en los adultos que puede ser legal pero no moral, oyen que los adultos se expresan en términos de respetar, hacer o no hacer determinados actos o conductas y observan que en la práctica se hace lo contrario, entonces los niños concluyen (en su interpretación del mundo) que se puede decir una cosa y hacer otra y que en la sociedad no pasa nada y esto es visto como algo normal, y como no hay sanción o castigo al respecto, entonces ellos concluyen que las normas se pueden transgredir y no respetarlas.

Ejemplifiquemos con algo sencillo y cotidiano como el respeto a los ordenamientos de tránsito vehicular: el ordenamiento dice que se debe hacer alto total cuando el color de la luz es rojo. Si un adulto no respeta dicha señal, entonces está dando un ejemplo de no respeto a las normas de seguridad y convivencia cotidiana. Consecuentemente, el niño que observa esto aprende que se puede transgredir la norma y nada pasa. De otra forma, si el adulto sólo respeta la luz roja en presencia de un agente de tránsito, el pequeño aprende que se debe respetar sólo en presencia de alguien y que si nadie lo observa puede no respetar la norma.

Vivimos hoy muchos ejemplos como éste porque las personas no están convencidas del respeto a las normas. De ahí se desprende la interrogante que tiene que ver con los hijos: ¿Cómo educar a un pequeño con estos ejemplos? Es difícil inculcar en los pequeños el respeto si en la vida cotidiana ellos observan incoherencia entre el decir y hacer de los adultos.

Desgraciadamente, esto conduce a generar una mayor descomposición social pues esos pequeños testigos de todas esas incoherencias --y a veces no sólo testigos sino agentes principales-- cuando son adolescentes o adultos no conocen o no creen en las fronteras entre las normas de conducta establecidas para la harmoniosa convivencia social y los actos que van en contra de ellas.

Esta reflexión debe sensibilizarnos sobre la necesidad que, como educadores, formadores o padres de niños, tenemos para formarlos de mejor manera. Debemos trabajar profundamente y volver a inculcar y predicar con el ejemplo el respeto a dichas normas. Los adultos de hoy tenemos la obligación de respetar y enseñar a los niños y adolescentes cuál es el límite de las normas de conducta y comportamiento social, volver a enseñar las fronteras entre el bien y el mal, la diferencia entre una conducta adecuada y un comportamiento delictivo, porque lo que está en juego es la supervivencia y el desarrollo individual, familiar y social.

El origen de la permisividad de conductas inadecuadas (que van en contra de la norma de convivencia social) está en el hogar, en la familia, por lo que es en ese lugar donde se debe realizar el primer esfuerzo para lograr que los pequeños identifiquen las normas y conductas de bienestar individual, comunitario y social, con apego y respeto a los valores, normas morales y la legalidad. Sin embargo, no es fácil. Lo primero es convencer a los padres de que deben esforzarse para ser coherentes entre el decir y hacer propios, porque si se dice algo y se actúa en contra los futuros ciudadanos del mundo están recibiendo una formación basada en la incoherencia, entre pensar y decir de un modo, y actuar y hacer de otro totalmente diferente.

Por último, queremos recalcar la necesidad de incorporar dentro de los procesos de formación individual y familiar la parte moral y ética tan descuidadas en estos tiempos, con la importancia y un manejo adecuado y responsable; no se trata de volver a las épocas de represión de las ideas, al contrario, se busca evolucionar y reincorporar elementos de formación personal.

Notas
1 Especialista en recursos humanos, consejero y terapeuta en desarrollo personal.
2 Consejero personal en desarrollo humano y profesor universitario.