El egoísmo como parte fundamental de la felicidad

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De entrada, el título parece una contradicción, o tal vez una paradoja, o quizás una justificación del amor propio.
Puede ser todo eso o nada de ello. Trataremos en esta reflexión de explicar el porqué de este título que a simple vista parece la defensa de ese "excesivo afecto para con uno mismo". ¿Quién no se quiere a sí mismo? ¿Quién no se ama a sí mismo? La respuesta podría parecer obvia, pues parece que todos nos queremos/amamos en cierta medida,

El egoísmo como parte fundamental de la felicidad

 

Eulalio López García1 y Manuel Pérez Bailón2

¿Egoísta yo?
De entrada, el título parece una contradicción, o tal vez una paradoja, o quizás una justificación del amor propio.

Puede ser todo eso o nada de ello. Trataremos en esta reflexión de explicar el porqué de este título que a simple vista parece la defensa de ese "excesivo afecto para con uno mismo". ¿Quién no se quiere a sí mismo? ¿Quién no se ama a sí mismo? La respuesta podría parecer obvia, pues parece que todos nos queremos/amamos en cierta medida, aunque tal vez al exceso se le califica como egoísmo. Vayamos por partes. ¿En verdad somos egoístas?, si es así, ¿de qué tipo? ¿Acaso hay tipos de egoísmo? El egoísmo implica un afecto excesivo por uno mismo. Creemos que hoy, cuando la despersonalización y la transculturización son tan profundas, es necesario rescatar de manera positiva este concepto, por eso diferenciamos dos tipos principales: el egoísmo insano y el egoísmo sano; queremos rescatar la esencia del principio, no su definición.

Egoísmo insano
Hablemos, en primer lugar, sobre ese tipo bien conocido y clasificado, además, por psicólogos y psiquiatras como una exacerbación del sentimiento del amor propio.

Al obedecer las leyes naturales del egoísmo se hace imposible adivinar los errores que se cometen respecto a los otros. A veces, con esa forma de manifestar el egoísmo, nos olvidamos de la pareja, de la familia y de todos los demás; pensamos erróneamente que los demás están por debajo de nosotros en importancia y que sólo nosotros tenemos derecho a ser felices.

No somos capaces de tolerar ni fomentar las buenas relaciones humanas y no podemos ponernos en el caso de los otros; esto provoca, la mayoría de las veces, que alguna actitud en el resto de las personas nos parezca distinta, equivocada y hasta mala cuando la vemos en otro, pero casi sin darnos cuenta nosotros la fomentamos en nuestra persona y, como pasa a menudo, pensamos que los demás están mal y sólo nosotros estamos en lo correcto.

El egoísmo insano no es sino el medio de convertirlo todo en utilidad propia. No pensar más que en uno mismo y en el presente es siempre una fuente de error, porque a pesar de ser seres únicos y especiales nos olvidamos constantemente que vivimos rodeados de seres humanos que también son seres únicos y especiales, como nosotros.

Este tipo de egoísmo, a pesar de que parezca lo contrario, nos debilita el corazón y la apreciación correcta de la belleza existente a nuestro alrededor, sobre todo de las personas que amamos, y esa debilidad manifiesta nos impide inquietarnos por los males de los demás y sólo pensamos en evitarnos penas. Actuamos, entonces, con una actitud hedonista, sin alcanzar a comprender que quien sólo vive para sí, ha muerto para los demás.

Así, es claro pensar que la búsqueda egoísta y materialista de la felicidad nos conduce al fracaso, porque cuando la felicidad egoísta es el único bien de la vida, ésta no tarda en carecer de objetivo (Véase LiberAddictus número 65).

Y aunque ya hemos reflexionado sobre que la verdadera felicidad está dentro de nosotros, también es cierto que no podemos ir solos por el mundo, pues nadie puede estar completamente solo.

Egoísmo sano
Por otro lado, existe también una forma de hacer positivo ese egoísmo --en algunos casos interiorizado tan profundamente en muchos seres humanos-- que se nos aparece con tan profunda constancia y en la mayoría de nuestras acciones y actitudes.

Hay casos en que el egoísmo se convierte en una sublime virtud. En verdad, esta forma de egoísmo puede salvarnos de cometer errores al dejar que los demás decidan por nosotros lo que por derecho nos pertenece y que por obligatoriedad nos corresponde a nosotros solamente. El egoísmo se puede transformar en una virtud cuando, en su manifestación, buscamos protección personal pensando en los demás. Sí, parece contradictorio esto último, lo sabemos, pero es cierto que cada uno de nosotros puede pensar en sí mismo primero, para después (y esto es lo que hace al egoísmo virtuoso) hacer y estar bien con los demás.

Para poder convertir el egoísmo en una virtud es necesario una buena dosis de inteligencia, para tener la claridad suficiente de los objetivos que se pretenden con tal actitud manifestada --en este caso ser egoísta es sólo un medio para conseguir fines nobles--, mientras que el necio la convierte en vicio y vivirá permanentemente con esa actitud.

Para finalizar, diremos que ese egoísmo que llamamos sano, es sólo aceptable cuando procuramos que todos los seres que nos rodean estén bien y esto nos hace sentir mejor. Es, entonces, un círculo virtuoso: "Yo estoy bien, los demás están bien; los demás están bien, yo estoy mejor".

Por tanto, creemos cierto que este egoísmo es como un motor de las acciones humanas, porque si estuviéramos desprovistos de egoísmo seríamos incapaces de vivir y de ser verdaderamente felices. El egoísmo, por definición, ha sido calificado como algo negativo, pero ¡cuidado!, la presente reflexión se propone rescatar la importancia del propio ser como el principio del amor, la solidaridad y la caridad hacia los demás, y no vivir de manera equivocada en un culto excesivo de la propia persona.

Notas
1 Especialista en recursos humanos, consejero y terapeuta en desarrollo personal.
2 Consejero personal en desarrollo humano y profesor universitario.